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2- 3 S 6 LOS SÁBADOS DE Philippe Starck rediseña el dalinismo Philippe Starck, uno de los diseñadores más apreciados del mundo, ha creado para algunos espacios de Le Meurice una atmósfera elegante, surrealista y chic, inspirándose en el provocador genio de Figueras. Con muebles, pinturas y detalles ha redescubierto el alma del hotel, resaltando la belleza y proporciones de este magnífico palacio de 106 habitaciones, que fue morada de reyes, testigo de la historia y observador mudo de los caprichos del amor. Philippe Starck- -señala Franka Holtman, directora general del establecimiento- -ha dado a Le Meurice un toque sublime de modernidad sin romper con el pasado, y lo ha hecho instalándose en el surrealismo de Dalí, desde el respeto y la admiración. Ha logrado un ambiente genial y lleno de humor, porque si elegí a Starck fue precisamente por su punto de humor, imprescindible para un hotel tan formal y clásico como este Los guiños dalinianos de Starck se ven ya en la recepción, con esa mano gigante colgada del techo, en el bar (los taburetes son tronas de niño) pero, sobre todo, en el restaurante Le Dalí (en el antiguo jardín de invierno) en cuya atmósfera parece revolotear el alma del artista que supo montar los happenings más divertidos y provocadores de los años 60 y 70. Philippe Starck ha reinterpretado las butacas tête à tête (en homenaje a la obra Dali- Gala vis- á- vis chair o las angelicales con brazos de alas; las sillas, todas diferentes; las mesas (de tres patas y pies con zapatos con lazada) las lámparas (con zapatos de tacón o cajoncitos) los espejos, la chimenea... son el mejor escenario daliniano. También la hija del diseñador, Ara Starck, ha colaborado, y por primera vez, con su padre, envolviendo el techo con una majestuosa telacuadro que hasta el propio Dalí (parco en hablar de la obra de otros) habría elogiado. Le Meurice se alía con Philippe Starck a ese savoir faire y savoir vivre que, desde siempre, ha caracterizado tanto al espíritu parisino como a sus lujosos hoteles. Juego de pasado y presente de Starck en la entrada del hotel Techo de inspiración daliniana de Le Meurice, de Ara Starck Sofá blanco- plata y mesitas de desayuno suite todas las ovejas que encontrasen en las granjas de los alrededores de París y, una vez organizado y presentado el rebaño en sociedad, cogió una pistola y empezó a disparar a tan ilustres huéspedes. Lo hizo con balas de fogueo, pero la que allí se armó fue comentario del todo París. El genio de Dalí tenía que hacerse notar, por eso, cuando salía del hotel, pedía que los porteros arrojasen monedas bajo las ruedas de su coche para poder pisar el dinero que tanto le gustaba y demostrar así que él estaba forrado Entre los años 50 y 80, Dalí dio vida a ese hotel, como antes se la habían dado otros. Don Alfonso XIII fue uno de los primeros monarcas que se alojó allí durante sus estancias en París, por eso cuando Dalí llegó al hotel quiso hospedarse en la misma suite que había ocupado su admirado Rey y así lo hizo. Después, cambió a otra suite que, años más tarde y durante un tiempo, fue sede de Radio Luxemburgo. También Picasso, cuando se casó con Olga Koklova, allá por 1918, celebró en sus salones el banquete de bodas. Era indudable que Le Meurice tenía vida. Por las tardes, cuando Entrada a uno de los salones del hotel Dalí no pintaba, recibía. Esta tarde vendrán a visitarme físicos, sabios, lesbianas, bailarinas, pederastas, editores o periodistas, porque todos quieren algo de mí, me necesitan. Son auténticos arribistas comentaba el genio a Lluís Llongueras, cuando acudía a atusarle el bigote, a ajustarle las pelucas o a recortarle el pelo a su ami- go, según cuenta en el famoso peluquero en su libro Todo Dalí Y en medio de esa corte de admiradores y secretarios estaba Amanda Lear, su musa favorita. Nunca ha habido tantos hombres ricos en el mundo como hoy. Por tanto, nada extraña que haya muchos que quieran pagar elevadas cifras para hospedarse en esa suite tan emblemática y, a base de talonario, presumir de dalinismo ocupando la suite del pintor y respirando el aire de este emblemático hotel que empezó como albergue, allá por 1771, cuando un avispado cartero de Calais, Charles Meurice, abrió en su pueblo un lugar para hospedar a los ingleses ricos que querían llegar a París, pero sin apartarse de la british way of life En 1818, abrió un segundo hotel, en la rue Saint Honoré de París, y en 1835 (cuando finalizó la construcción de las arcadas de la rue du Rivoli) emprendió la última etapa de su negocio creando, frente a las Tullerías, una mansión real para recibir a la alta sociedad de la época. Apostó fuerte, pero no defraudó porque Le Meurice trata a los clientes como reyes, lo sean o no.