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26 4 08 EN PORTADA El sello de Dalí La nueva vida de Le Meurice (Viene de la página anterior) narca de España, con la asiduidad de quien amaba la ciudad de la luz y la regularidad de quien siempre encontraba excusas para volver. Allí, en aquel Meurice de la época, en pleno corazón de la capital francesa, justo en el arranque de la rue de Rivoli, muy cerca de la Plaza de la Concordia y frente de los maravillosos Jardines de las Tullerías, Don Alfonso XIII primero, y Salvador Dalí después, hicieron del hotel su hogar. El Rey incluso se mandaba traer los muebles de Madrid para sentirse como en casa. A Dalí no le hacía falta que le enviasen nada porque él solito se bastaba y sobraba para entrar en ambiente, casero u hotelero. redecoración. Todo, por el módico precio de 4 millones de euros, más otros 140 millones que ha costado la remodelación del fabuloso edificio cuya terraza tiene vistas de 360 grados sobre París. Le Meurice es uno de esos hoteles románticos que son todo un capricho para los sentidos, aunque también un abuso para el monedero, algo que poco le debía importar a Dalí (no a Gala, que miraba mucho más el dinero) porque se permitió el lujo de pasar allí, y durante 30 años seguidos, todos los meses de diciembre haciendo de las suyas. Todavía hoy trabajan algunos empleados de aquellos años locos del padre del surrealismo. William Oliveri, el barman, fue testigo de sus excentricidades, porque a Dalí no se le ocurría otra cosa que mandar a los valets del hotel a cazar moscas- -a 10 céntimos de franco la pieza- -a los jardines de las Tullerías para después colar los insectos en las mermeladas del desayuno de ilustres huéspedes. Dalí tenía fascinación por las moscas, decía que eran Caprichos y moscas Siempre un lujo Vieja silleta de niño de Le Meurice, para el bar. Mesa con pies Cuenta la hoy directora general del Meurice, Franka Holtmann, que el precio que se pagaba en aquella época por una suite era el equivalente a unos 7.000 euros diarios de hoy. Bien lo valía porque el Meurice ha sido y sigue siendo uno de los grandes clásicos de la hostelería parisina, además del hotel de lujo más vinculado a España, tanto por la presencia del Rey como por la del genio del surrealismo que se propuso a conciencia hacer del hotel el lugar más pintoresco y creativo de París gracias a la presencia de artistas, alumnos de Bellas Artes, literatos y pensadores de aquellas décadas anteriores al mayo del 68, que acudían a ver no sólo la obra del artista (porque Dalí también pintaba por las mañanas en el hotel y Gala vendía) sino a intentar presenciar alguna excentricidad del genio que, con sus ocurrencias, animaba la vida del vetusto establecimiento. Los ilustres huéspedes se fueron para siempre, pero quedó su recuerdo. En el año 2000 el hotel entró en un proceso de remodelación completa. Estuvo cerrado más de año y medio y producía tristeza verlo en obras al pasear bajo las arcadas de la rue de Rivoli. Pero eso es pasado y ahora es una alegría contemplarlo impregnado de la más surrealista de las atmósferas, gracias a la labor de Philippe Starck que, enamorado de ese movimiento artístico, ha sabido dar el toque de glamour que el hotel estaba pidiendo. Y lo ha hecho a base de guiños a la obra de Dalí, en la que se ha inspirado para su Silla de factura surrealista, lo mismo quer la lámpara de cajoncitos venusianos animales muy superiores debido a las 800 facetas que tenían sus ojos. Al contrario que las hormigas, que le resultaban negativas. En cierta ocasión, cuando Dalí vio aparecer a Don Juan de Borbón por el bar del Meurice se dirigió a él como Majestad y ante él se inclinó con una respetuosa reverencia. El Conde de Barcelona quiso invitarle a un dry martini (su cóctel favorito) pero Dalí le respondió que su corazón no tomaba alcohol y prefirió un zumo de frutas. Como todos los genios, Dalí también tenía una mascota que traía loco al servicio, porque- -era un cachorro, pero de jaguar- -el animalito hacía de las suyas afilando sus garras en las alfombras persas o rasgando los cortinones adamascados de seda del bar donde los clientes contemplaban en silencio, y sin haber sacado entrada, ese circo que todos los días protagonizaba el pintor. Ese bar todavía conserva el mismo piano de cola al que se acercaba Dalí para regañar al pianista por no saber ni una sola zarzuela. Le Meurice tiene entre sus muros más de dos siglos de historia y miles de anécdotas, como la protagonizada por el pintor un día que quiso armar la marimorena. Pidió al servicio que le llevasen a su Dos siglos de historia