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ABC JUEVES 24 s 4 s 2008 LA TERCERA 3 DEJACIÓN EN EL ESTRECHO España está renunciando voluntariamente a tener una presencia internacional de cierto peso, incluso en espacios que hemos considerado vitales durante siglos. Dejamos hacer como si no fuera con nosotros y sin querer reconocer que no siempre los intereses de las partes son complementarios. España necesita, después de estos cuatro años de desidia y buenismo, una política exterior... N los años de la Transición nuestras Fuerzas Armadas se vieron en la obligación de adaptarse a un nuevo marco constitucional. Entre los muchos cambios que caracterizaron aquel gran esfuerzo de modernización estuvo la definición de unos nuevos principios estratégicos. Bajo el liderazgo del recordado almirante Liberal se estableció el eje Baleares- Estrecho- Canarias como el espacio de interés prioritario para nuestra seguridad nacional. Desde aquellos días hasta hoy nuestros militares han pasado por circunstancias muy distintas, que han afectado profundamente a aquellos primeros esbozos de una estrategia nacional. El ingreso de España en la Alianza Atlántica nos sacó de un prolongado letargo para situarnos dentro del sistema de seguridad colectivo más importante de la historia. Desde ese momento el Estrecho pasó a ser un escenario más de entre los muchos que debíamos considerar como prioritarios. La Unión Soviética se descompuso poco después de que los alemanes pudieran finalmente derribar el muro levantado para separarles. Una nueva época comenzaba, deparándonos nuevas amenazas. El nacionalismo excluyente provocó la descomposición de Yugoslavia y una sucesión de guerras que llevaron a nuestros hombres a Bosnia y Kosovo. Todavía no sabemos si la crisis balcánica ha tocado fondo o si nos depara alguna desagradable sorpresa. En cualquier caso, los acontecimientos del 11- S en Nueva York y Washington inauguraron una nueva época caracterizada por el auge del islamismo y la amenaza yihadista. De los Balcanes nuestras unidades se desplazaron a Iraq, Afganistán y Líbano. No solamente no estaban en el espacio territorial de la Alianza sino que se proyectaban mucho más allá para defender desde allí nuestra propia seguridad. Sin embargo, los nuevos retos no excluyen los viejos. Entonces, como ahora, el Estrecho de Gibraltar es una zona de valor estratégico para España. Es la puerta de uno de los mares con mayor actividad económica, a la que suma la navegación que une el Atlántico con el Mar Negro y con el Mar Rojo en la ruta hacia el Índico y el Pacífico. Al interés económico se une el militar, resultado tanto de la protección de las rutas comerciales como de la necesidad de mantener la seguridad ante la falta de estabilidad y el auge del islamismo en la región. ntes de que España tomara forma, la Corona de Castilla ya estaba presente en ambas orillas del Estrecho, controlando el tráfico marítimo. El Reino Unido se cuidó de tomar una posición estratégica a nuestra costa como pilar para instaurar la que con el tiempo sería su ruta imperial Desde Gibraltar pudo establecer un punto de apoyo para mantener su hegemonía en el Mediterráneo y su conexión con el Raj, el imperio en la India. En términos navales el Mediterráneo es hoy un espacio patrullado por los navíos norteamericanos en conjunción con distintas arma- E das de la Alianza Atlántica. La presencia de Estados Unidos es posible tanto por la gran autonomía de sus buques como por un conjunto de bases de apoyo, entre las que destaca Rota, también sobre el Estrecho. i durante estas últimas décadas la crisis de Oriente Medio ha sido uno de los temas que más atención ha generado, el auge del islamismo y la aparición de un terrorismo yihadista han aumentado si cabe la preocupación por este área. Para norteamericanos y europeos resulta fundamental impedir que los islamistas desestabilicen regímenes moderados así como forzar a estos gobiernos a asumir un proceso de modernización que pasa por combatir la corrupción e incompetencia que ellos mismos generan, realizar políticas sociales, establecer espacios de libre comercio y avanzar en la democratización. La presencia diplomática y militar norteamericana aumentará, de ahí, por ejemplo, la creación de un Mando para África en el seno del Pentágono, que descargue parte del trabajo que venía desarrollando el Mando Central, encargado de Oriente Medio. Tampoco parece casualidad que estén considerando establecer su sede en la costa atlántica marroquí, a poca distancia de Rota y del Estrecho. Estados Unidos tiene unas antiguas e intensas relaciones con la Monarquía alauita. Durante años consideraron que era difícil entenderse con ellos. Sin embargo, tras el auge islamista han valorado el grado de desarrollo institucional y su firme compromiso en el combate contra el radicalismo. Sus servicios de inteligencia han proporcionado mucha información a la CIA y han ido consolidando la ambición de Hassán II de asentar la presencia internacional de Marruecos sobre dos firmes pilares: Francia y Estados Unidos. España, que gozó de una posición privilegiada en Washington, como se pudo comprobar durante la crisis de S Perejil, ha perdido todo ese activo en favor de nuestro vecino. En pocos años hemos visto cómo el Ministerio de Defensa británico trataba de bloquear las negociaciones con España sobre el futuro de Gibraltar, para defender una base de escaso valor militar pero de mucha importancia en términos de inteligencia, y cómo Estados Unidos considera establecerse en ambas orillas con dos bases militares de extraordinaria envergadura para mostrar bien a las claras su músculo. Marruecos por su parte ha iniciado la construcción de un gran puerto mercante en Tánger, que rivalizará con el de Algeciras. Mientras tanto ¿qué hemos hecho nosotros? El gobierno Zapatero ha sido fiel al principio de rendición preventiva. Allí donde se le ha presionado ha cedido. Los esfuerzos para llegar a un arreglo con los británicos sobre el futuro de Gibraltar de la época Aznar se han convertido en el reconocimiento de los intereses de los llanitos, para alegría del gobierno británico que se ha quitado un problema de encima. En las relaciones con Marruecos hemos abandonado nuestra posición de respeto a la autodeterminación saharaui para apoyar la fórmula autonómica ideada por Mohamed VI, al tiempo que se ha continuado con el giro iniciado por González de abrir una negociación con Rabat sobre el futuro de Ceuta y Melilla. Los rumores sobre cartas y cesiones están ahí, así como las públicas exigencias de Marruecos. Zapatero quiere ganar tiempo y no verse muy expuesto ante la oposición, pero Mohamed VI exige hechos. Los medios de comunicación nos trasladan el malestar existente, tanto en las guarniciones como entre las autoridades de Ceuta y Melilla, por la anunciada reducción de sus unidades. Ante la disposición de Zapatero a ceder, uno puede caer en la tentación de pensar que es otro peón en una jugada condenada al jaque mate. Sin embargo, todo apunta a que es un acto estrictamente militar en el que no han intervenido autoridades políticas. Se trata de concentrar medios humanos en unidades plenamente dotadas. Hasta ahí bien, pero ¿por qué sacarlos de Ceuta y Melilla? ¿No sería más lógico reforzar la presencia en esas dos ciudades, precisamente ahora que tanto norteamericanos como marroquíes están apostando por ampliar sus capacidades en el área del Estrecho? A E spaña está renunciando voluntariamente a tener una presencia internacional de cierto peso, incluso en espacios que hemos considerado vitales durante siglos. Dejamos hacer como si no fuera con nosotros y sin querer reconocer que no siempre los intereses de las partes son complementarios. España necesita, después de estos cuatro años de desidia y buenismo, una política exterior y no debería parecer extraño que empezara afirmando nuestra presencia precisamente en el espacio geográfico más próximo y de mayor interés para nuestra seguridad. FLORENTINO PORTERO Analista del Grupo de Estudios Estratégicos GEES