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ABC MARTES 22 s 4 s 2008 CULTURAyESPECTÁCULOS 83 La agonía del arte El artista alemán Gregor Schneider vuelve a causar revuelo con un proyecto de exposición para cobrar entrada exhibiendo a un moribundo, con su consentimiento y el de sus allegados RAMIRO VILLAPADIERNA CORRESPONSAL BERLÍN. Un artista alemán en boga quiere exponer a un moribundo. Gregor Schneider, pimpante ganador de la Bienal de Venecia en 2001, busca así remover conciencias y romper el último tabú occidental Si al tiempo logra algunos titulares, Schneider también está abierto a un momento circunstancial de fama, aunque lo que quiere es educar a la sociedad. El moribundo sería expuesto con su consentimiento y el de sus allegados especificó, a ser posible en el museo Haus Lange, de Krefeld. Schneider, de 39 años, es del parecer que la agonía y el camino hacia la muerte son desgraciadamente hoy en día un sufrimiento y asegura que el enfrentamiento a ella, tal como yo lo proyecto, puede quitarnos el miedo a ésta. De ahí que, a diferencia de cómo resolvieron el asunto desde Cranach hasta la escuela de Umbría, Schneider quiere exponer físicamente a los ojos de la sociedad a una persona a punto de morir de forma natural, o si no que acabe de fallecer El enfermo agónico habrá de estar de acuerdo, tanto que constituirá el centro de todo el montaje, tomando las decisiones a la hora de llevar a la práctica el proyecto o sea que sería como arte participativo con el tema de la belleza de la agonía y de la muerte Por raro que parezca la sola mención del proyecto ya ha suscitado la polémica. El secretario de Cultura de la región de Renania- Westfalia, Hans- Heinrich Grosse- Brockhoff, donde se encuentra el museo, confirma que la muerte sería un tabú en nuestra sociedad. Pero se pregunta, si puede exponer la muerte real como objeto del arte El político se cuestiona sobre si el arte hace o deshace tabúes, pero frente al resquemor, Schneider responde que el auténtico escándalo estaría en cómo muere hoy la gente en los hospitales CLÁSICA Recitales de Maurizio Pollini, piano. Lugares: Auditorio Nacional y Teatro Real, Madrid. Fechas: 15 y 20 de abril Maurizio Pollini Pollini en estado puro ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE Es posible que, tras escuchar a Maurizio Pollini, alguien se pregunte cuál es la fórmula de su éxito. Porque pasa el tiempo y al pianista italiano se le ve cada vez más ensimismado. Cierto es que nunca fue alguien especialmente efusivo, acostumbrado a salir al escenario y atacar las primeras notas sin apenas saludar. Con razón se dice que Pollini es un pianista de medios descomunales pero de espíritu racional, contenido, sobrio, seco, calculador. Y, sin duda, esa es la base del estilo, un soporte por otra parte fascinante del que en todo momento es posible sacar provecho. Siendo así, no es extraño que Chopin aparezca extrañamente empastado, confundida la melodía entre el acompañamiento, oscuro y sin reposo. O que los estudios de Debussy lo hagan con llaneza, decorados en el color, pero sin aire entre sus notas. Sin embargo, el público le aplaude y mucho. Incluso después de interpretar la segunda sonata de Boulez, a la que Pollini siempre dotará de un sentido afirmativo como pocos pianistas son capaces de hacerlo. Será que el entusiasmo de todos va parejo a la observación del virtuosismo. Porque tampoco es extraño intuir un nerviosismo interior y una cierta aceleración a la que hay que habituarse. Así, el opus 11 de Schoenberg puede sonar armado, robusto, pero sin espacial deleite en el discurso; del mismo modo que la Kreisleriana quizá lo haga con espesura y demasiado realismo. Todo reducido a una esperanza. Pollini. Alguien que siendo de este modo también es capaz de convertirse en genial. Tener la suerte de comprobarlo es una experiencia única. Cuando llega se adivina en la sonrisa, en la comodidad, en ese sonido distinto y exquisito que arranca La tempestad de Beethoven antes llenarla de colores y rotundidad. O que hace de la Appassionata algo grandioso, monumental, casi sinfónico, en previsión de un último movimiento que se come el mundo, bestial, al límite, arrebatador, imposible de imaginar si antes no se ha escuchado. Pero ha sucedido. Todo comenzó en el Auditorio Nacional. Al final, el Teatro Real, puesto en pie, fue testigo. Gregor Schneider, la pasada semana en una exposición de sus obras en Suiza Ya el pasado año Guillermo Vargas Habacuc tomó a un perro abandonado de la calle, lo ató a una cuerda y a la pared de una galería y lo dejó allí durante días para que muriera de hambre y sed ante el fisgoneo general de los amantes del arte. La Bienal Centroamericana de Arte ha decidido con tal motivo invitarlo este año. El juego con cuerpos de difuntos y cadáveres diseccionados ya ha sido globalmente rentabilizado por el médico alemán Gunther von Hagen y su método de plastificación, si bien tiende a llamarlo más bien experimento que arte y apenas ya sólo levanta recelos legales allí donde la legislación sobre profanación de cadáveres y perturbación del descanso de los muertos es aplicado al pie de la letra. Se sabe que en siglos pasados distintos artistas trabajaron en la morgue sobre cadáveres a fin de obtener esbozos para proyectos, pero el alemán Schneider, que ya en Venecia se ganó el calificativo de artista más lúgubre en la prensa internacional, cree que llevar hoy a cabo su idea no me va a ser fácil Asegura que tal idea de trabajar con personas agónicas se le ocurrió en 1996 y sólo espera hallar un museo que acepte llevarla a la práctica. Considerado el más provocador de los alemanes contemporáneos, Schneider creó ya cierta conmoción el pasado año al instalar ante el Pabellón de Arte de Hamburgo un cubo negro de 14 por 13 metros, que recordaba a la piedra sagrada de la Meca, siendo rechazada su exhibición tanto en Venecia como en Berlín. Para su nuevo experimento dice tener ya localizada a una persona que desearía morir de cara al público, al parecer un coleccionista de arte, cuyo nombre no facilita. Schneider reclama en Die Welt EFE Otros experimentos que un artista pueda puede construir lugares humanos para la muerte, donde la gente pueda morir tranquilamente ya que el espacio aporta la dignidad y la protección Se trataría de crear una atmósfera privada con un orden de visitas para los amantes del arte. Tal espacio ya lo ha realizado y está listo para su transporte en su estudio de Mönchengladbach. La muerte, ¿objeto de arte?