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38 INTERNACIONAL LUNES 21 s 4 s 2008 ABC NACIONAL QUE NECESITAMOS EL DEBATE SOBRE SEGURIDAD El mayor reto para la nueva Administración estadounidense será cómo destilar un nuevo orden internacional de las tres revoluciones simultáneas que se producen Afganistán es un ejemplo que viene al caso. A raíz del 11- S, el Consejo del Atlántico Norte, sin ninguna petición de Estados Unidos, invocó el Artículo 5 del Tratado de la OTAN que llama a la ayuda mutua. Pero cuando la OTAN se dispuso a asumir responsabilidades militares, las restricciones internas obligaron a muchos aliados a limitar el número de soldados y a restringir las misiones en las que se pudieran arriesgar vidas. Como consecuencia de ello, la Alianza Atlántica está desarrollando un sistema de dos vertientes, una alianza a la carta cuya capacidad de acción conjunta no coincide con sus obligaciones generales. Con el tiempo, deberán producirse dos adaptaciones: bien una redefinición de las obligaciones generales, o bien una elaboración formal de un sistema de dos vertientes en el que se armonicen las obligaciones políticas y las capacidades militares. Esto podría conseguirse asignando proyectos fuera de zona a una fuerza de reacción europea que, a continuación, crearía una alianza específica de países voluntarios. Mientras que la función tradicional del Estado en Europa está mermada por la elección de sus gobiernos, la disminución del papel del Estado en Oriente Próximo es inherente a la manera en que fue fundado. Los países sucesores del imperio otomano fueron establecidos por las potencias victoriosas al final de la Primera Guerra Mundial. Al contrario que las de los países europeos, sus fronteras no reflejan principios étnicos ni distinciones lingüísticas, sino los equilibrios alcanzados por las potencias europeas en sus luchas fuera de la región. Actualmente, lo que amenaza una estructura estatal ya de por sí frágil es el islamismo radical, a través de una interpretación fundamentalista del Corán como base para una organización política universal. El islamismo radical rechaza las reivindicaciones de soberanía nacional basadas en modelos de Estados laicos, y su alcance se extiende allí donde un número significativo de habitantes profesa la fe musulmana. Dado que, para los islamistas, ni el sistema internacional ni la estructura interna de los países existentes tiene legitimidad, su ideología deja poca cabida a las ideas occidentales de negociación o de equilibrio en una región de interés vital para la seguridad y el bienestar de los países industrializados. Henry A. Kissinger Rivales innatos en Asia l debate sobre política de seguridad nacional vaticinado hace tanto tiempo aún no ha tenido lugar. Cuestiones esencialmente tácticas han eclipsado al reto más importante que la nueva Administración estadounidense deberá afrontar: cómo destilar un nuevo orden internacional de las tres revoluciones simultáneas que se están produciendo en todo el mundo. Dichas revoluciones son: (a) la transformación del sistema tradicional de Estados en Europa; (b) el desafío de los islamistas radicales a las ideas históricas sobre la soberanía; y (c) el cambio del centro de gravedad de los asuntos internacionales del Océano Atlántico al Pacífico y el Índico. La creencia general es que el chasco con el supuesto unilateralismo del presidente Bush es la razón fundamental de las desavenencias entre Europa y Estados Unidos. Pero poco después del cambio de administración quedará claro que la principal diferencia entre ambos lados del Atlántico es que Estados Unidos sigue siendo un Estado nacional tradicional, cuyos ciudadanos responden al llamamiento a hacer sacrificios en nombre de una definición mucho más amplia del interés nacional que la de Europa. Los países de Europa, arruinados por dos Guerras Mundiales, han accedido a transferir aspectos significativos de su soberanía a la Unión Europea. Sin embargo, las lealtades políticas asociadas con el Estado nacional han demostrado que no se transfieren automáticamente. Europa está en transición entre un pasado que intenta superar y un futuro que todavía no ha alcanzado. Por el camino, la naturaleza del Estado europeo se ha transformado. Ahora que la nación no se define por un futuro específico y con la cohesión de la Unión Europea aún sin ponerse a prueba, la capacidad de la mayoría de los gobiernos europeos para pedir sacrificios a sus ciudadanos ha disminuido drásticamente. El desacuerdo respecto al uso de fuerzas de la OTAN en E Una relación hostil entre China y EE. UU. les dejaría como Europa tras dos guerras autodestructivas Ese enfrentamiento es endémico; no tenemos la opción de apartarnos de él. Podemos retirarnos de un lugar como Irak, pero sólo para vernos obligados a resistir desde nuevas posiciones, probablemente con más desventaja. Hasta los partidarios en EE. UU. de la retirada unilateral hablan de mantener fuerzas residuales para impedir un resurgimiento de Al Qaida o del radicalismo. Estas transformaciones se producen con una tercera tendencia como telón de fondo, un cambio en el centro de gravedad de los asuntos internacionales del Océano Atlántico al Pacífico y al Índico. Paradójicamente, esta redistribución del poder se encamina a una parte del mundo en la que la nación sigue poseyendo las características de los Estados europeos tradicionales. Al igual que hacían los participantes en el equilibrio de poder europeo, los grandes países de Asia- -China, Japón, India y, con el tiempo, posiblemente Indonesia- -se consideran rivales innatos, aunque de vez en cuando colaboren en iniciativas de cooperación. En el pasado, dichos cambios de la estructura de poder por lo general desembocaban en guerras, como ocurrió en el caso de la aparición de Alemania a finales del siglo XIX. Actualmente, en muchos comentarios alarmistas, ese papel se asigna al ascenso de China. Qué duda cabe que la relación chino- estadounidense contendrá inevitablemente elementos geopolíticos y competitivos clásicos que no deben pasarse por alto. Pero hay también elementos compensadores. La globalización económica y financiera, los imperativos medioambientales y energéticos, y el poder destructivo de las armas modernas imponen un gran esfuerzo de cooperación internacional, en especial entre Estados Unidos y China. Una relación hostil dejaría a ambos países en la posición de Europa después de las dos guerras mundiales, tras un conflicto autodestructivo, mientras que otras sociedades alcanzarían la supremacía a la que ellos aspiran. Ninguna generación anterior ha tenido que enfrentarse a diferentes revoluciones simultáneas en distintas partes del mundo. La búsqueda de una solución única es quimérica. En Europa, la sociedad civil es congruente con la estructura política de los Estados, pero no- -al menos todavía- -con la estructura política de la UE. En Oriente Próximo, la sociedad civil está siendo moldeada por fuerzas transnacionales opuestas a la estructura interna de muchos países. En la zona atlántica, el reto consiste en crear instituciones que contrarresten la voluntad de sacrificarse por el futuro con las exigencias del orden internacional. En el mundo islámico, los yihadistas están dispuestos a sacrificar todas las nociones de la sociedad civil en su búsqueda de una utopía apocalíptica. Y en Asia, desde el punto de vista de la diplomacia clásica, dos tipos de ajustes definirán la diplomacia del siglo XXI: la relación entre las grandes potencias asiáticas, China, India, Japón y posiblemente Indonesia, y el trato que Estados Unidos y China se den mutuamente. En un mundo en el que la superpotencia defiende las prerrogativas del Estado nación tradicional, en el que Europa está estancada en un régimen jurídico intermedio, en el que Oriente Próximo no encaja en el modelo de Estado nacional y se enfrenta a una revolución de motivaciones religiosas, y en el que los Estados nacionales del sur y el este de Asia siguen practicando el equilibrio de poder, ¿cuál es la naturaleza del orden internacional que puede acomodarse a estas perspectivas diferentes? Éste es el tipo de debate que necesitamos, y no lemas sacados por grupos específicos para los titulares diarios. 2008 Tribune Media Services. Un muchacho afgano, visto a través del visor de un soldado de EE. UU. en una operación antitalibán ayer