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90 CIENCIAyFUTURO www. abc. es cienciayfuturo DOMINGO 20- -4- -2008 ABC Juan José Carmona, coordinador de WWF Adena en Doñana, comprueba el estado de la tierra en una de las parcelas testigo junto al Vado del Quema Una catástrofe anunciada Se avisó, pero las Administraciones miraron para otro lado hasta que la inmensa riada negra de Aznalcóllar lo anegó todo a su paso. Diez años después de que se rompiera la balsa de residuos de la mina, reconstruimos las primeras horas del desastre POR ARACELI ACOSTA FOTO DANIEL G. LÓPEZ AZNALCÓLLAR. A las 3 de la mañana del día 25 de abril de 1998, un vecino llama a la Guardia Civil avisando de haber sentido un ruido imponente en la zona del río Guadiamar. Los malos presagios se cumplían. Mientras dormían las personas que desde muchos años antes habían anunciado la catástrofe, el muro de la balsa de residuos de la mina de Aznalcóllar se rompía literalmente en dos, dejando escapar seis millones de metros cúbicos de agua y lodos tóxicos de pirita. Era la mayor catástrofe ambiental de nuestro país y de todo el continente europeo, sólo superada por Chernobil. Hoy, diez años después, los terrenos por donde avanzó la lengua ácida devorando todo a su paso forman un corredor verde. Pero tras ese color quedan sombras de un día negro para el medio ambiente. Reconstruimos las primeras horas de una catástrofe para la que, pese a ser anunciada, no estábamos preparados. Anunciada porque se produjeron multitud de denuncias advirtiendo de que se estaban realizando vertidos de las minas al río Agrio, y de ahí al Guadiamar, y de que, si no se clausuraba la balsa, se corría el riesgo de provocar un desastre natural de incalculables consecuencias. Unas denuncias que se dirigieron a todas las Administraciones competentes, autonómicas y estatales, y que llegaron a diferentes juzgados y a la Comisión Europea, pero a las que una tras otra se fue dando carpetazo. La más llamativa, sin duda, fue la respuesta dada en agosto de 1997, sólo ocho meses antes de la catástrofe, por la Comisión Europea a la denuncia interpuesta por la Confederación Ecologista Pacifista Andaluza (CEPA) por los vertidos al Agrio y al Guadiamar. Siguiendo lo esgrimido por el Gobierno, entonces del PP, la Comisión Europea aseguró que el Guadiamar no entra en Doñana, y archivó la causa. A pesar de que esta conclusión es pública, la Junta de Andalucía no niega la mayor, y es que el Guadiamar sí entra en Doñana. Y por su cauce bajó imparable la lengua tóxica. Algunos puentes, como uno cercano a Aznalcázar, el municipio con más territorio afectado por el vertido, muestra aún las marcas de la riada negra. Nos las enseña Miguel Ferrer, científico titular de la Estación Biológica de Doñana y en aquel entonces director de este centro del CSIC. Yo me enteré a primera hora de la mañana- -explica- Me llamaron, le dije a mi mujer que había un problema y que volvería en el día, pero no lo hice hasta quince días después Y es que las primeras informaciones fueron confusas y nadie podía imaginar la magnitud de este accidente nada accidental. Cuando llegué al Vado de los Vaqueros hacia las siete de la mañana- -un paso en la parte encauzada del Guadiamar, en la zona conocida como Entremuros- -el agua tenía un Ph de 2,5, casi ácido sulfúrico, los peces saltaban del agua... Era dantesco Ferrer ordenó a la guardería y a técnicos de la Estación Biológica de Doñana que tomaran muestras, con cierto riesgo para ellos porque no sabíamos qué podía haber ahí asegura. En esta zona las concen- Agua como ácido sulfúrico Un año después del vertido la mina volvió a abrir con el permiso de la Junta, cobró 8.000 millones, y luego cerró traciones fueron muy altas porque al ensancharse el río, el agua perdió velocidad y los metales no se precipitaban, explica. Sin embargo, el hecho de que el agua se ralentizara permitió construir un dique doce kilómetros más abajo para evitar que entrara en la marisma. Ahí el agua circulaba a un kilómetro por hora, así que tuvimos 12 horas para levantar un muro Reconoce que se actuó con precipitación, pero las decisiones fueron acertadas Unos minutos antes hemos parado en la Venta El Cruce. Allí se produjo la reunión que les permitió tomar las primeras decisiones. Un bar y sólo tres protagonistas: Javier Cobos, en aquel momento director del Parque Nacional de Doñana; Luis García Garrido, entonces consejero de Medio Ambiente de la Junta, y el propio Ferrer. Puede parecer un detalle sin importancia, pero la presencia de Ferrer, y después de otros 90 colegas del CSIC de todas las especialidades, que dejaron de lado su trabajo para ayudar, empezando por el entonces presidente del CSIC, César Nombela, no sólo fue decisiva para contener el desastre y organizar la limpieza posterior de los terrenos afectados, sino que fue la primera y, desgraciadamente, última vez que