Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
10 OPINIÓN DOMINGO 20 s 4 s 2008 ABC AD LIBITUM CASCOS CONTRA RAJOY ONVIENE aclarar, para que no cunda el desánimo, que en el PP no todo es como parece. Arrumbados en los trasteros de Génova, 13 y en los cuartelillos regionales del partido, hay docenas de personas curtidas en la experiencia, sobradas de talento y devotas del rigor que, con su mera existencia, desautorizan al grupito de jóvenes valores con los que, según parece, Mariano Rajoy quiere perder, en 2012, otras elecciones generales. Tal y como decía Gregorio Marañón en su Antonio Pérez, un sentimiento surge siempre en la conciencia de los vencidos: el de que todo gran fracaso es en el fondo meM. MARTÍN recido Fue merecida la FERRAND derrota popular en 2004 y ha vuelto a serlo en 2008. La cúpula del PP anda ahora enviciada con las escaramuzas de su XVI Congreso. Tan escandaloso y chocante es el caso, en tiempos de crisis y en el arranque de una nueva legislatura, que un veterano del partido, Francisco Álvarez Cascos, se ha visto obligado a salir de su prudente mutismo para advertir del peligro que puede acabar con la más importante formación de la derecha en toda la historia, presente y lejana, de las democracias españolas. En el semanario La Clave, donde José Luis Balbín defiende un bastión de independencia y libertad, ha dicho Álvarez Cascos que el fin del PP es ganar elecciones, no congresos Tan oportuno grito tiene el valor de la síntesis; pero, cabe objetar, ¿Mariano Rajoy y sus enanitos de compañía quieren, verdaderamente, ganar elecciones? Tengo la creciente sensación de que Rajoy, lo que queda de Ángel Acebes, Soraya Sáez de Santamaría, Javier Arenas y todos cuantos- -tan mínimos, tan desorientados- -integran el primer plano del partido están encantados de haberse conocido, felices con el cupo de púrpura que les confiere ser monopolistas de la oposición y prestos a perpetuarse en un fracaso que les da de comer y, de paso, alimenta también su vanidad. Cascos, en la entrevista a la que me refiero, no señala- -supongo que por lealtad- -la responsabilidad de José María Aznar en la lamentable situación del PP; pero pone el dardo en la diana cuando apunta la bisoña escasez de los nuevos nombres del partido y centra su mayor problema en Cataluña, País Vasco, Andalucía, Aragón y Asturias. El despilfarro que Rajoy viene haciendo del talento circundante para reconfortar su ego en la adoración de los próximos, tampoco se le escapa al ex secretario general que aconseja a sus viejos compañeros fácil sintonía con los ciudadanos, sin complejos ante la izquierda, sin hipotecas ante los grupos económicos o mediáticos de presión y el liderazgo de un equipo sólido de personas prestigiosas, serias y eficaces La prédica de Cascos, emitida desde el desinterés de su prematuro retiro político, es el compendio de lo que sienten y piensan diez millones de votantes. Mucha gente para un desaire. C PROVERBIOS MORALES IGUALITARISMOS ENRY Kamen, discutible hispanista, acaba de publicar un ensayito sobre mito histórico e identidad nacional, Imagining Spain, donde se mete con Ortega desde el prefacio. Según Kamen, Ortega habría ayudado a contribuir sustancialmente (helped to contribute substantially) a los mitos sobre el siglo XVI en que se fundamenta la pretensión nacional española. Desde hace ochenta años, todo cuestionamiento de España como nación empieza soltando una coz a Ortega. Por algo será. Cuando uno frecuenta, como es mi caso, las librerías de Belgrado, le llama la atención la relativa abundancia de traducciones de Ortega al serbocroata. Antes de las guerras que terminaron con Yugoslavia, el autor español más traducido a este idioma era Unamuno. Pero Unamuno no ayuda a entender por qué fracasan las naciones. Ortega, sí. Por eso los ex yugoslavos lo leen con avidez. Yo diría que lo leen más que los españoles y, desde luego, más que Kamen (kamen, por cierto, es pedrusco en serbocroata) Si Kamen hubiese leído a Ortega, sabría que éste- -para decirlo con su sintaxis torturada (la de Kamen, no la de Ortega) -no ayudó en nada a contribuir a los mitos del XVI español, siJON glo que le parecía claramente desastroso JUARISTI en su último cuarto, del que arrancaba, a su juicio, el desmantelamiento del imperio. O sea, ese fenómeno que los serbios llaman españolización y que equivale exactamente a lo que llamamos balcanización por estos pagos. Para los historiadores serbios actuales, la disolución de Yugoslavia es un caso típico de españolización Ortega tuvo intuiciones geniales. Frente al nacionalismo demótico de Unamuno y compañía, sostuvo que la nación no es un pacto entre iguales, sino una transacción continua y estable entre gentes diversas que suscriben un proyecto atractivo de vida en común. Lo que define a una verdadera nación no es que sus miembros sean o se sientan iguales, sino que sepan que deben contar con los demás. Que nadie, ningún individuo o grupo es autosuficien- H te. De la necesidad recíproca emana el pacto. Por supuesto, la isonomía, la igualdad de todos ante la ley, parece una condición necesaria en todo proyecto nacional desde las primeras revoluciones políticas de la modernidad. Pero la isonomía no implica igualitarismo, extensión del requisito igualitario a esferas distintas de la jurídico- política. La nación está compuesta por sujetos complementarios, no idénticos. A la nación se opone, en el pensamiento de Ortega, el particularismo. Cada vez que un grupo identifica su interés particular con el interés común, cada vez que un grupo cree representar a la nación entera, el vínculo nacional desaparece, y con él la nación, que no es más que la mutua dependencia de partidos, regiones, clases y estamentos profesionales comprometidos en la realización del proyecto. Ortega descubrió en la España de su tiempo un particularismo socializado que afectaba a todos los grupos e instituciones: al Ejército, a la Iglesia, a la clase obrera, a los gremios e incluso a la Corona. No sólo a los nacionalismos secesionistas, aunque éstos fuesen constitutivamente particularistas. Cabe preguntarse qué habría dicho ante el panorama actual. Probablemente, no habría hablado hoy, como en 1922, de una invertebración absoluta de España, pero sí de un particularismo rampante, para cuya descripción los nacionalismos étnicos le habrían servido sólo, como entonces, de punto de partida. Hablaría, con seguridad, del particularismo de una izquierda que se identifica total y hasta totalitariamente con el pueblo, en la más cutre tradición del nacionalismo demótico, y del particularismo de una derecha que no resiste la tentación de apelar a una retórica de apropiación y monopolio del sentimiento nacional. Hablaría, cómo no, del particularismo feminista, que confunde los derechos de la mujer con los derechos humanos en general, y no se privaría de aludir al particularismo de la juventud, al de la infancia y a los de las minorías culturales y sexuales. Lo que no haría es confundir la nación con la igualdad, y sospecho que se mostraría un tanto irritado ante la sustitución de la política por la estética igualitaria: es decir, ante el ilusionismo ministerial de nuestro presidente, que Dios guarde.