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ABC JUEVES 17 s 4 s 2008 LA TERCERA 3 ¿POR QUÉ A ESTADOS UNIDOS? Viajes a las fuentes originarias de la fe y viajes a las desembocaduras actuales de ella; unos y otros son necesarios. Por eso Benedicto XVI ayer nos condujo al corazón de la fe con su libro sobre Jesús de Nazaret y hoy nos conduce al corazón de las naciones. Con él vamos los millones que formamos la Iglesia y con él quedamos comprometidos a la verdad del pasado en el orden de la fe y a la verdad del presente en el orden de la justicia... dónde se dirigieron los Papas cuando en tiempos recientes decidieron romper el cerco de las murallas vaticanas? Ya lejanos en la memoria colectiva quedan los días en los que Pablo VI se aleja de Roma para ir a las tierras naturales del cristianismo, Nazaret, Belén, Jerusalén, al hombre y lugar concretos de la revelación de Dios en la carne de este mundo, sabiendo, sin embargo, que para captarla hay que trascender el lugar, descubriendo al Eterno como Interno, dentro a la vez que fuera. ¿Por qué ahora a Estados Unidos? Junto a aquellos viajes a las fuentes de la fe, están los viajes a la desembocadura de los grandes ríos en los que esa fe ha cuajado creando iglesias nuevas. Juan Pablo II no dejó rincón del mundo al que no quisiera llegar: islas remotas, tribus minoritarias, pero también las grandes urbes e imperios. Sólo Pekín y Moscú quedaron inaccesibles a su asedio de amor y voluntad de diálogo. Benedicto XVI decidió concentrarse en los núcleos de la fe decisivos para iluminar el presente, y en las tareas de iglesia de las que más depende su futuro. Al viaje a Alemania, ya programado y despedida de su patria, han seguido el viaje al Brasil para asistir a la Conferencia del Episcopado iberoamericano y ahora a Estados Unidos. No es casual. Son dos universos, en cuyas manos está gran parte del futuro humano y de la iglesia católica. Frente a la vieja Europa cansada de ser y de engendrar, ellos son mundos jóvenes, amorosos de la vida y conscientes de sí mismos, dispuestos a asumir su papel de protagonistas de la historia, desde su propia cultura, fe católica y situación geopolítica. La iglesia en Estados Unidos es la más joven entre las iglesias modernas, surgida en una alianza inmediata con las formas modernas de organización social y política. El cristianismo forma parte de sus entresijos, ya que la Biblia ofreció a los inmigrantes ingleses los grandes motivos heroicos en el tiempo de su implantación: la liberación del Egipto europeo que impedía la libertad de pensamiento y de religión, la travesía del desierto, la marcha hacia la tierra prometida y la conquista del far West. Los episodios bíblicos les ofrecieron los ideales con los que los Padres fundadores nutrieron el imaginario colectivo del mundo nuevo, manteniéndose después en otras formas a la hora de asumir el proyecto de instaurar la democracia en el mundo y de ser valedores de los derechos humanos. El lector haría bien en releer las páginas de Tocqueville en su clásico La democracia en América. a experiencia de la libertad en ese mundo nuevo fue decisiva para la Iglesia católica en el Concilio Vaticano II. El jesuita norteamericano J. C. Murray jugó un papel clave en la elaboración del Decreto sobre la libertad religiosa. Frente a los complejos y temores de la vieja Europa prendida de sus inmensas complejidades y complicidades históricas, Murray mostró de manera convincente que la iglesia gana siempre con la libertad, que es lo único que necesita, que a ella se debe y que en este or- ¿A den debía aprender de América, donde el pluralismo y la democracia abren la iglesia a una presencia pública, a una conciencia más clara de sí misma y a un mayor arrojo para cumplir su misión. La Iglesia católica en Estados Unidos vive un momento crítico por tres razones. En primer lugar, porque está a punto de suplantar el papel dirigente que hasta ahora ha cumplido en el espacio social y político la iglesia anglicana de procedencia inglesa en la que los blancos protestantes han tenido el poder y han alejado de él a los negros, los católicos y otras minorías. La Iglesia católica comienza a ser la minoría más numerosa y por ello su orientación es crucial para todo el país. A la vez aparece la ruptura de otro umbral para asumir su propio destino: los hispanos están a punto de ser mayoría dentro de esa Iglesia católica, asumiendo así el liderazgo en una comunidad de procedencia irlandesa, que imprimió a la fe un sesgo diferente a la forma hispánica. Hoy comienza a cambiar y son ya más los obispos, sacerdotes y seglares hispanos que lideran la Iglesia católica; papel y lugar que seguirá incrementándose por la inmigración desde Méjico y por la alta natalidad en esas familias. Finalmente la Iglesia católica en su totalidad está atenazada por la historia reciente de pederastia, que no es cuantitativamente mayor que en otros grupos humanos, pero que es objetivamente muy grave. l discurso de Benedicto XVI a los obispos será trascendental. Sin duda hablará a ellos y a toda la Iglesia estableciendo criterios ante ese problema. Están en juego un hecho moral gravísimo en parte resultado de una evolución posconciliar, una relectura de la moral sexual en la iglesia y una manera de pensar la preparación de los candidatos para el ministerio apostólico o para la vida religiosa, masculina y femenina. Ya antes de ser Papa, desde su cargo decidió zanjar esas cuestiones y sajar E esas pústulas; habló de las inmundicias dentro de la iglesia y con ello dejó claro ante los de dentro y los de fuera que hay órdenes donde cualquier transigencia amenaza la realidad cristiana, la verdad del evangelio y la credibilidad ante el mundo. Delicadísima cuestión es mostrar cómo la exigencia absoluta en el orden de la justicia para con las víctimas se debe conciliar con el perdón y la misericordia en el orden de la gracia para los culpables. Benedicto XVI, Papa de la razón, va al país que ocupa un lugar clave en la dirección del mundo. Liderazgo ante todo en el orden científico y moral, del cual depende el liderazgo económico y político. Ese país supo reconocer a tiempo que la inteligencia es la que rige el mundo y que la ciencia, con su hermana gemela la técnica, deciden el futuro. Una sociedad democrática, que parte de la libertad y defiende los derechos humanos fundamentales, que decide otorgar primacía a la investigación y al pensamiento, se convierte en la primera, con un orgullo nacional que no es nacionalismo. Sólo quien ha vivido allí sabe lo extenso, lo variado, lo dinámico que es; sabe de sus universidades, de sus premios Nobel, de sus logros técnicos y de su generosidad humanitaria. Un país que, a diferencia de Europa, nunca ha encontrado dificultad para concordar religión y sociedad, democracia y pertenencia eclesial; que con sus hombres y sus muertos ha tenido que sacar a Europa de los abismos a los que con sus guerras durante el siglo XX llevó al mundo; guerras que han costado cerca de cien millones de víctimas, A la sombra de las luces es decir de la Ilustración, comenta G. Steiner. País a su vez de crímenes reales, invasiones mortales, guerras por intereses económicos (que son los nuestros aunque hipócritamente no lo queramos reconocer) y que Juan Pablo II explícitamente condenó. Sólo quien tiene grandes ideas, puede realizar grandes empresas en unos casos y cometer grandes errores en otro. En Nueva York hay un lugar símbolo de los ideales de la humanidad contemporánea: la ONU. Frágil y vulnerable, pero necesaria. Es el altozano desde donde mejor se pueden divisar problemas, defender derechos y urgir responsabilidades. Allí preside Francisco de Vitoria, quien, desde Salamanca, reclamó los derechos de las gentes nuevas, los indios. Hoy los indios somos todos. Allí Benedicto XVI hará oír su voz mostrando cómo una fe, fraterna de la razón, puede ensanchar y enriquecer la humanidad. iajes a las fuentes originarias de la fe y viajes a las desembocaduras actuales de ella; unos y otros son necesarios. Por eso Benedicto XVI ayer nos condujo al corazón de la fe con su libro sobre Jesús de Nazaret y hoy nos conduce al corazón de las naciones. Con él vamos los millones que formamos la Iglesia y con él quedamos comprometidos a la verdad del pasado en el orden de la fe y a la verdad del presente en el orden de la justicia. L V OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL