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10 OPINIÓN MIÉRCOLES 16 s 4 s 2008 ABC AD LIBITUM BERLUSCONI Y ZAPATERO LEMANIA, Francia y el Reino Unido son las tres grandes naciones europeas en las que los españoles, a lo largo de los dos siglos que llevamos a rastras de la Historia, solemos tomar como ejemplo y punto de referencia. No es una mala práctica y si nuestros líderes políticos, los unos y los otros, tuvieran más capacidad para el aprendizaje y mayor voluntad de desarrollo y progreso harían bien en fijarse, por la izquierda, en Gordon Brown y, por la derecha, en Angela Merkel o Nicolás Sarkozy. Desgraciadamente, cualquier parecido entre los citados y los aludidos es mera coincidencia y constiM. MARTÍN tuiría calumnia grave el FERRAND establecer paralelismos entre ellos. Aquí y ahora debiéramos fijarnos más en Italia. Italia padece un Estado tan débil como el nuestro y sus gobiernos pueden competir en caos y oportunismo con los que aquí se van sucediendo desde la Transición. Como decía el maestro Indro Montanelli, il bordello è l unica instituzione italiana dove la competenza è premiata e il merito riconosciuto. La traducción del italiano de tan lúcido diagnóstico político convertiría la frase en un localismo castizo en cualquiera de los idiomas del muestrario autonómico español. En lo que nos aventaja Italia, y en ello debiéramos aprender, es en la fortaleza de la sociedad, en su acrecentada independencia de su clase política y en una cívica rebeldía que les permite vivir de espaldas al lamentable espectáculo que ofrecen, unos más que otros, los poderes del Estado. En esa situación, los italianos han vuelto a aplicar la teoría del mal menor y Silvio Berlusconi, con un pie en lo sublime y el otro en el ridículo, regresa al poder. Es el único jefe del Ejecutivo, en todo el Viejo Continente, que puede disputarle a José Luis Rodríguez Zapatero el cetro de lo risible. Ambos utilizan sus respectivas ideologías como abrelatas para acceder al centro de las decisiones y, mientras el italiano ve comunistas por todas partes, el español sólo contempla el paisaje de una derecha troglodita. Les funciona el invento, por falaz que sea, porque, a falta del pan de las ideas y los proyectos sólidos, buenas son las tortas del populismo demagógico. El ya ochentón Eugenio Escalfari, otro de los titanes del periodismo italiano, acaba de escribir que Berlusconi- -contra lo que muchos dicen aquí- -no es un fascista Tampoco es, según el fundador de La Republica, un dictador, un xenófobo o un racista. Es un vendedor. Vendería cualquier cosa. Es un mentiroso convencido de decir siempre la verdad ¿Les suena? Escalfari, autor de un libro que hoy resulta imprescindible, Alla ricerca della morale perduta, le ha cortado un traje al nuevo jefe del Gobierno Italiano que no necesita pruebas ni ajustes para ponérselo a Zapatero. Ya digo, dadas las circunstancias, lo más eficaz es mirar hacia donde nace el sol. El norte está cada día más lejos. A -En Italia gusta Zapatero e igualmente se vota a Berlusconi. ¿Por qué ustedes los españoles no empiezan a pensar que quizás no haya tanta diferencia entre ambos? HAY MOTIVO OTRA VEZ ESPERANZA H ACE diez días ya que doña Esperanza Aguirre se arriesgó a tirar la piedra sin esconder la mano y el cotarro popular, por lo que cuentan los diarios, no se ha repuesto aún del estrés postraumático. Ese No me resigno audaz y algo chulapo, ha sido interpretado, en líneas generales, como una especie de órdago a la grande en un ecosistema, el liberal- conservador, demasiado proclive a las unanimidades. Equiparar la lealtad con la fidelidad perruna y el proyecto común con la adhesión inquebrantable es algo peor que un crimen de lesa democracia. Es un error mayúsculo que, más pronto que tarde, se termina pagando. Cuando un partido deja de ser un medio y se transforma en un fin de mes garantizado, sólo por pura inercia llegará a alguna parte. O a ninguna, que es lo más probable. La dialéctica del chollo y del carguillo, de la ambición tasada y el vuelo gallináceo, ha convertido la actividad política en una desfibrada rutina burocrática donde no medran los lúcidos sino los espabilados. Y donde, a la postre, lo único que cuenta no son las neuronas, sino la pituitaria. Ventear a distancia el rastro del poder, olerse la tostada anTOMÁS tes que nadie, asomar la nariz en la CUESTA olla adecuada. Ahí está la clave. Ni convicciones, ni principios, ni valores, ni gaitas. Hay que ser muy ingenuo, o muy irresponsable, para no darse cuenta de que Rodríguez Zapatero quiere echar los cimientos de aquel mundo feliz que anticipó Aldous Huxley. Vampirizada la izquierda radical a través de un proceso de mimetismo a ultranza, dispuesto a darles gusto a los nacionalistas con las llaves del reino y con las de la caja, el señor Zapatero podrá cumplir su sueño de encaramarse al pedestal del Gran Hermano. Mientras, la oposición sigue sumida en el letargo, profiriendo bostezos, tentándose la ropa y midiendo los pasos. O sea, haciendo el primo: el Gran Primo, en este caso. Los optimistas se han aferrado al pesimismo y aguardan la catástrofe que apun- tillará al desastre realizando un ejercicio de cálculo malsano. Los arúspices que leen el futuro en las entrañas palpitantes del mercado afirman al unísono que el terremoto financiero nos dejará un recado antes de que concluya el año y a ver quién es el guapo que le planta cara. Soplará y soplará, igual que el lobo malo, hasta que a los cerditos, pobres, se les caiga la casa (con la venia de la ministra de Igualdad, el femenino nos lo ahorramos) Sobra decir que, si se cumplen sus pronósticos, Zapatero es posible que se quede en la calle, pero nadie, hoy por hoy, podría asegurarlo. De lo que no cabe duda, sin embargo, es que los españoles del común se quedarán- -de todas, todas- -con el pandero al aire. Pelillos a la mar, víctimas colaterales. ¿Para qué zambullirse en un debate ideológico si tu enemigo lleva plomo en el ala? El guante que arrojó Esperanza Aguirre al negarse a asumir una resignación beata ha conseguido hacer que la derecha se haya visto obligada a retratarse. Y la fotografía, la verdad, es poco estimulante. Más allá de la adscripción de cada cual y de la denominación de origen con la que quiera engalanarse (conservador, liberal, democristiano, centrista, equidistante... Amén, por supuesto, de los que se decantan por un socorrido no sabe no contesta, no sea que se vaya a enterar alguien) más allá de etiquetas, matices y raigambres, lo que ha quedado meridianamente claro es que a la mayoría salirse del guión les produce urticaria. Octavio Paz dictaminó que la longevidad del PRI cabía atribuirla en buena parte a la tendencia irrefrenable de la derecha mexicana a anteponer los intereses a los ideales. Todavía en España no hay un PRI- -el todavía es preciso subrayarlo- -y todavía las ideas son escasas. En cuanto a los intereses, que nos echen un galgo. Lo más preocupante, sin embargo, es que el hecho de hablar de libertad sea el origen de tamaña zaragata. La libertad no se define, se ejerce y santas pascuas. Es una posibilidad- -escribió el propio Paz- -que se actualiza en el momento en el que alguien fustiga con un no a los que mandan Que no se resigna, vamos.