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ABC LUNES 14 s 4 s 2008 Tribuna Abierta AGENDA 59 Jesús Remón Abogado Socio de Uría Menéndez ERA DE INTERNET I usted cree que es capaz de vivir sin escribir, no escriba dijo Rilke. García Márquez confesó en sus memorias que cada cosa, con sólo mirarla, me suscitaba una ansiedad irresistible de escribir para no morir Escribir puede ser, por tanto, una necesidad o una pasión. También es para otros escritores una diversión o una manera de alejarse del mundo hasta acabar convirtiendo las personas en espectros, como cuenta Edna O Brien de Joyce. Pero dejando al margen la suprema experiencia literaria, escribir es también una manera de pensar. Probablemente sea la forma de pensar más familiar para quienes hemos leído. Lo que pasa es que ahora ya casi nadie lee; que poca gente encuentra tiempo para dedicarlo a la lectura. A lo sumo, se ojean periódicos o se miran revistas. La lectura se está convirtiendo en un signo del pasado. El acto de escribir aparece, entonces, como un gesto de una forma de vivir que tal vez esté llegando al final. Hay algo dramático y heroico en este punto de vista o, a lo mejor, mucho de nostalgia y cierta dosis de inquietud. Primero es la nostalgia. En el pequeño mundo del escritor anónimo ya no hay plumas, papiros ni tinteros y, si me apuráis, ni tan siquiera bolígrafos. La escritura se aferra ahora al seco sonido del botón del ordenador. Se dirá que ya llevaba tiempo unida al estridente latigazo de la tecla de las viejas máquinas de escribir. Pero, a poco que se piensa, se descubre que no es lo mismo. La máquina era un artefacto torpe y severo, una continuación mecánica y ruidosa de la pluma. Recuerdo que había que aporrearla con una fuerza que, a veces, traspasaba el papel. No tenía ningún designio distinto al del mecanógrafo y no valía sino en función del ingenio de su usuario. Con la máquina mecánica, la escritura seguía siendo algo físico, que reflejaba la pasión o la desgana del escritor. Bastaba mirar atento al papel para descubrirlo. Cuando salía de la máquina, el folio aparecía impoluto o magullado, como una radiografía del carácter y del ánimo del escritor. Esto no ocurre con las máquinas electrónicas ni, mucho menos, con los ordenadores. Son servidores inteligentes. Su trabajo es siempre perfecto, despersonalizado y sin mácula. El ordenador es un artificio externo al escritor y no la cosificación de su voluntad de escribir, que es lo que eran la pluma y la máquina mecánica. Es una barrera entre el escritor y su obra o, si se prefiere, un intermediario con una voz propia que tiende a la homogeneización del conjunto de los escritores. El ordena- LEER, ESCRIBIR Y PENSAR EN LA S La revolución tecnológica ha transformado nuestra idea del mundo y nos está conduciendo sin pausa hacia una civilización de la imagen En la sociedad construida en torno a internet predominan las formas de comunicación audiovisuales e interactivas. Es un cambio radical dor no es un mero instrumento sino un protagonista al que la revista Time llegó a proclamar personaje del año en 1982 y que se ha terminado destacando, gracias a internet, como el principal agente globalizador del Universo. Hay, pues, muchas razones para la nostalgia. Pero tras la nostalgia se esconden quizá algunos motivos de preocupación. Las cosas están cambiando y los cambios generan incertidumbre. Durante años, el subconsciente colectivo nos condujo al camino de la lectura. Todos éramos más o menos conocedores de que el libro fue el gran descubrimiento para vencer la inevitable atadura del hombre a su tiempo porque nos permite, entre otras muchas cosas, conservar y transmitir al futuro conocimientos, ideas, opiniones o sentimientos. De manera que la transformación de la voz que se consume al instante (la palabra) en un signo permanente (la escritura) supuso una extraordinaria ampliación de nuestro espacio cultural. La palabra se nos iluminó de inmediato como ese poco de aire estremecido que tiene el poder de la creación (Ortega) conversar con el lector. La escritura es por eso una forma de estar de las palabras y no su forma de ser. Como advirtiera Mefistófeles en El Fausto, el ser de las palabras puede ser el engañoso atajo para cruzar seguros la entrada que lleva al templo de la certeza Las palabras valen porque esconden conceptos, imágenes, ideas o sensaciones que se reconstruyen en el lector en función de su formación y valores. Ese es el hechizo que el libro lanza sobre el lector al permitirle decir, como escribiera Quevedo, que vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos El lector reconstruye el mundo que le fue transmitido en el libro y lo integra en su propio círculo de vida, cultura y experiencia. Por eso bien puede decirse que, en cierta medida, somos lo que hemos leído o, saltando a la literatura, que la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre. tirse a la invitación. Al contrario, asumimos con entusiasmo el reto de la lectura, que nos convertía en los dueños del secreto. En los libros comenzamos a conocer pero incluso aprendimos a sentir. A través del libro nos convertimos en miembros de un círculo universal de comunicación. Los libros nos enseñaron a pensar en diálogo con quienes antes habían pensado. En su Poema para ser grabado en un disco de fonógrafo G. Lanuza imagina un diálogo entre la voz y la palabra escrita que, como protagonista, proclama: ¿Sabes que acaso te está hablando un muerto? eco callado soy que resucito Voz que ya nadie dice, luz de un sol extinguido que aún galopa en el tiempo Yo soy la realidad, sombras vosotros, que con ser sólo un aire estremecido, yo he de vivir aún más que quien me dijo Y es que las frases permanecen silenciosas en las baldas de la biblioteca hasta que empiezan a Nohabíaasírazonespararesis- te de una sólida tradición cultural, sostiene que hasta cierta edad la literatura nos prepara para la vida. Canaliza la circulación entre lo real y lo imaginario. Amamanta nuestros tropismos afectivos. Cuando salimos de la infancia, nos ha dotado de alma Dicho de otra forma: los libros constituyen la principal fuente de nuestra cultura. Tengo, sin embargo, la impresión de que esta afirmación, hasta hace poco indiscutible, no es hoy pacífica. El libro ha dejado de formar parte del paisaje cotidiano de los jóvenes. Las generaciones de jóvenes que leyeron con fruición a Sartre y Camus, a Kafka y Hesse, a Brecht o Ionesco se han visto sucedidas por las que recurren a internet como principal fuente de información y diversión. Me parece que el cambio se resume en esta imagen: del libro a internet. ¿Tendrá esta sustitución alguna consecuencia? ¿Hay motivos para la preocupación? La revolución tecnológica ha transformado nuestra idea del mundo y nos está conduciendo sin pausa hacia una civilización de la imagen. En la sociedad construida en torno a internet predominan las formas de comunicación audiovisuales e interactivas. Es un cambio radical. La visión de la realidad depende de nuestros lenguajes, que construyen un escenario de representaciones y metáforas comunes que son el contenido de nuestra cultura. Pasar de una cultura escrita asentada en una serie de referentes constantes y prácticamente comunes en todo el mundo occidental a la más frágil y acelerada literacidad electrónica, que integra varios modos de comunicación (escrito, oral y audiovisual) en una red global inte- EdgarMorin, buenrepresentan- ractiva es, probablemente, un factor muy relevante para analizar los nuevos desarrollos sociales y culturales. En internet predomina la imagen, que no admite negaciones ni ausencias. La imagen se conforma sumiendo en sombras una parte de la escena para proyectar el foco sobre otras y, salvo en el arte conceptual, busca provocar sensaciones antes que reflexiones. Estas notas han llevado a algunos a identificar imagen y trampa. Es la idea presente en algunas de las lecturas del platónico mito de la caverna, que previenen frente a la aceptación como reales de las sombras proyectadas por el fuego para evitar la sumisión al engaño. Internet es también una enorme biblioteca en la que el flujo incesante de información se muestra en imagen cambiante y propensa a una rápida obsolescencia. Como biblioteca se caracteriza por no tener bibliotecarios; es decir, por la ausencia de filtros o marchamos de homologación. Y como producto cultural tiene así la enorme ventaja de ofrecer un casi infinito espacio de libertad. La información fluye en internet a fogonazos de actualidad. Nadie sabe el tiempo que permanecerá en la red y, en muchas ocasiones, no hay manera de identificar las fuentes. Navegar por internet tiene así algo de aventura. Es como sumergirse en las negras aguas de un océano desconocido en cuyos fondos tal vez podamos encontrar algunas cosas de valor. aproximación crítica a los contenidos de internet no es, sin embargo, la más habitual entre los jóvenes, seducidos por la asombrosa facilidad con que nos proporciona contenidos y materiales sobre cualquier asunto. Es, sin duda, más cómodo y rápido utilizar algún buscador para localizar informaciones y datos que investigar entre los libros y revistas de una biblioteca. Pero el cambio de método no es gratuito. La forma de pensar en diálogo reflexivo con el texto a la que induce la lectura no puede naturalmente acomodarse al flujo incesante de imágenes en que se concreta una búsqueda en la red. Por otra parte, pensar es generalizar y abstraer. El empacho de imágenes o informaciones más o menos precarias o anecdóticas que se suceden con rapidez en la selva electrónica tiene el peligro del abarrotado mundo de detalles casi inmediatos en el que vivía Funes el Memorioso quien, como contó Borges, por eso mismo no era capaz de pensar. Desconozco si estos nuevos hábitos pueden asimismo influir en la raíz del carácter, la voluntad, que como vara mágica del deseo es capaz de conseguirlo todo. Pero sí parece evidente que este cambio exige un aprendizaje y que, como escribiera Umberto Ecco, la civilización democrática se salvará únicamente si hace del lenguaje de la imagen una provocación a la reflexión crítica, no una invitación a la hipnosis Esta