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94 CULTURAyESPECTÁCULOS www. abc. es culturayespectaculos DOMINGO 13- -4- -2008 ABC Pinturas de guerra, después de Goya Goya cambió nuestra visión de la guerra. Con motivo de la muestra del Museo del Prado Goya en tiempos de guerra que los Reyes inauguran mañana y que abre sus puertas al público el próximo martes, ABC ofrece a sus lectores una selección de otros pintores asociados a guerras del pasado y el presente, comentada por escritores y críticos de prestigio La angustia y el miedo modernos EL GRITO DE MUNCH POR JUAN MANUEL BONET Ni el París simbolista, ni el Berlín post- nietzscheano y pre- expresionista: El grito es la angustia de un día cualquiera en las afueras de una metrópolis septentrional y periférica como Oslo- -entonces Christiania- la soledad entre muchos bajo un cielo rojo, el pánico a secas, sentido repentinamente por el pintor- caminante, sobre un puente, en un día que en un principio era un día normal. Un cuadro en verdad excepcional: a su vera otros ejemplos más melancólicamente simbolistas del arte urbano munchiano, se quedan pálidos. Un cuadro pintado por alguien que dijo que la enfermedad, la locura y la muerte lo habían acompañado desde la cuna. Un cuadro leído por Robert Rosenblum como inscrito en el horizonte del romanticismo del Norte, de Friedrich a Rothko, pero que va más allá de eso, habiendo sido reivindicado tanto por los expresionistas, como por André Breton- -para quien El grito munchiano se anticipa al de Antonin Artaud- -y los surrealistas. Pocas obras tan centrales a la hora de reflexionar sobre un tiempo de crisis en un continente en aparente armonía. El grito: una angustia y un miedo modernos que muy pronto, con la Primera Guerra Mundial- guerra civil europea según la magistral fórmula de Eugenio d Ors- cobrarían forma apocalíptica: el final de la vieja Europa, el comienzo de verdad del siglo XX. Un siglo XX que muy pronto iría todavía a peor- -Guernica y Coventry y Dresde, los campos de concentración del Tercer Reich, los gulags soviéticos, Hiroshima... y que a la fuerza se habría de contemplar una y otra vez en el espejo de El grito de Munch, como en el de Los fusilamientos del 3 de mayo, del siempre precursor Goya. Tabla central del tríptico La guerra de Otto Dix, 1929- 32 Primera Guerra Mundial DIX, ACTA DEL INFIERNO POR MANUEL FONTÁN DEL JUNCO Como artista, el pintor alemán Otto Dix (1891- 1969) fue acumulativo, visceral y proteico. Transitó por todos los ismos Como hombre (si la disección es posible) a la vida de Dix la atravesó como una cicatriz la convulsa historia de la Alemania del siglo XX. Y, por supuesto, dos guerras mundiales. Se afirma con frecuencia que los dos polos de su pintura fueron la guerra y el retrato, y eso es algo más que el resultado de una privada elección de motivos pictóricos: pues la guerra es uno de los ingredientes esenciales del retrato general del siglo XX. No la guerra en general, sino la guerra moderna, es decir: la agresión modernizada, objetiva, científica y técnicamente planificada. A los veintidós años, en 1914, Dix fue llamado a filas. Tres meses después se presentaría como voluntario al frente. Fue distinguido con la Cruz de Hierro, herido en el cuello. Después de que sus obras fueran declaradas degeneradas por los nazis, fue internado en un campo francés de prisioneros: uno de los cuadros presentes en la retrospectiva que, por primera vez en España, le dedicó la Fundación Juan March en 2006, era un Autorretrato como prisionero de guerra (1947) con los rasgos de un Job exhausto, en contraste con el célebre de 1915, un Autorretrato como Marte- -el dios de la guerra- -en el que aparecía con la cabeza coronada por un casco guerrero. Dix fue, pues, el actor de una guerra y el paciente de otra. Y en su pintura, la terminología militar del arte moderno- -que, como es conocido, pasó de representar la guerra a emprenderla directamente- -se hace descarnadamente literal. El afirmativo Dix escribe que a juzgar por los cuadros bélicos de los antiguos, parece como si sus autores nunca hubieran estado allí Él, que sí estuvo, declara en cambio: yo pinto naturalezas muertas Lejos de la sublimidad de las escenas bélicas de un David o del sereno clasicismo de una crucifixión de Velázquez. La Guerra de Otto Dix es como un estremecido corte longitudinal en el tejido de la guerra moderna. Un altar para levantar, con una expresión del propio Dix, acta del infierno El Grito (en noruego Skrik de Edvard Munch