Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
10 OPINIÓN DOMINGO 13 s 4 s 2008 ABC AD LIBITUM FASCÍCULOS ZAPATERO EN N Gobierno en el que siguen presentes y rampantes Miguel Ángel Moratinos, Mariano Fernández Bermejo, Magdalena Álvarez y Bernat Soria no es un Gobierno nuevo Es una exhibición de contumacia de las muchas a las que nos tiene acostumbrados José Luis Rodríguez Zapatero. Podrían incluirse en esa práctica de castigo al elector nombres como el de Miguel Sebastián; pero, por recién llegados, tienen tregua en el juicio crítico. Los debutantes, aunque les precedan anteriores muestras de incapacidad en otros papeles y funciones, merecen siempre un crédito de confianza. M. MARTÍN El Gobierno que ayer FERRAND anunció el renovado presidente es como Zapatero, pero en fascículos. Dijo el líder- ¡invocando el refranero! -que le gusta predicar con el ejemplo y de ahí el reparto de su nueva compañía. Es evidente que el de León no va para paremiólogo y que le es lo mismo la Biblia que un calefón, como en el tango; pero, puestos a comprender lo que dice y ateniéndonos a lo aparente, la proyección de la ejemplaridad presidencial, ¿debemos buscarla en la manifiesta incapacidad de Moratinos, en la actitud camorrista y altanera de Bermejo, en la cómica inutilidad de Álvarez o en la acreditada impostura de Soria? Presume Zapatero, después de quitarse de encima a Jesús Caldera, su más eficaz ayudante en la conquista del poder, de que este Gobierno que ahora presenta tiene más mujeres que hombres. El andarlas contando para poder establecer la comparanza y subirse al pedestal del mérito fe- minista es más machista que encerrarlas en un serrallo. Mejor sería que pudiera decirnos que en su nuevo Consejo de Ministros hay más personas de mérito y talento, capaces de servir a la Nación y al Estado, que inútiles con manías de grandeza y consecuencia de las cuotas territoriales. Aún en el zapaterismo, tan limitado y escaso, conviene entender la función del Gobierno como una tarea para la inteligencia y el esfuerzo y no para las gónadas y las hormonas. De los nuevos ya hablaremos; de los desaparecidos, parece más piadoso beneficiarles con la bendición del silencio y, entre los reconvertidos, merece especial atención Carme Chacón. No por ser la primera mujer que, en España, ocupa la cartera de Defensa, que eso es sólo una anécdota- ¿morbosa? sino porque su trayectoria, brillante y creciente, llama la atención. Es una demostración de que el talento no debe sexarse y que la perseverancia resulta luminosa. Su campaña catalana ha sido inteligente y no es justo apreciarla por su circunstancial estado de gravidez, algo que- -supongo- -ha conseguido en sus horas libres. Lo de un ministerio de Igualdad clama al cielo. ¿Por qué, en aras de la memoria histórica el principio activo del líder socialista, no dedicarle otro a la Fraternidad y, mejor que a nada, a la Libertad? U PROVERBIOS MORALES CATALÁN sultaba incomprensible a sus propios transmisores, pero de la que él poseía las claves. Fue iniciándonos así, con paciencia y entusiasmo, en un idioma perdido que llegó a ser común a un equipo variopinto donde concurríamos vascos, gallegos, catalanes, castellanos, andaluces, canarios, mejicanos, argentinos. Y portugueses, brasileños, franceses, japoneses y norteamericanos. No hemos tenido otro maestro que se le pueda comparar. Nadie supo enseñarnos con tanta generosidad y rigor, y nadie sino Diego nos devolvió al amor de la lengua. Hoy, cuando casi todos somos más viejos que aquel incipiente cincuentón que nos enroló en nuestras primeras encuestas de campo, seguimos viviendo de las rentas de su magisterio. El Romancero de Tradición Oral Moderna, sin embargo, no fue más que una de las áreas de trabajo en las que Diego se esforzó para dar continuidad a una empresa intelectual identificada con su familia. Prolongó, desde sus cátedras en la Universidad de California y en la Universidad Autónoma de Madrid- -y, sobre todo, desde el Seminario Menéndez Pidal de la Universidad Complutense- -las grandes líneas de investigación emprendidas por sus abuelos (pues no hay que olvidar la labor silenciosa y decisiva de la esposa de Ramón Menéndez Pidal, la vasca María de Goyri) Siguiendo el modelo cooperativo del taller alfonsí sumó a sus laboratorios humanísticos, como le gustaba llamarlos, a una pléyade de colaboradores que se convertirían en excelentes especialistas en lingüística histórica, dialectología y cronística medieval. En el terreno de las literaturas de tradición oral de las lenguas hispánicas (y del eusquera) la mayoría de los investigadores reconocidos hoy son discípulos directos o discípulos de discípulos de Diego Catalán. Paradójicamente, careció de las destrezas políticas necesarias para crear y mantener algo parecido a una escuela. Fue un maestro auténtico, pero un maestro informal, sin estrategias de poder. En otros, la aparente despreocupación por adquirirlas suele constituir, ella misma, una estrategia. Diego las despreciaba sinceramente, lo que compromete la proyección futura de una obra personal que se quiso y fue continuación lograda de la más importante aventura española en las ciencias humanas contemporáneas. N el ensayo introductorio a su edición de Los españoles en la Historia, de Ramón Menéndez Pidal, Diego Catalán definía el pensamiento de su ilustre abuelo como un concepto progresista de la tradición Y es que, en efecto, Menéndez Pidal- -como, antes que él, Unamuno- -se esforzó en superar el antagonismo ideológico entre Tradición y Revolución, que había desgarrado a la España del siglo XIX, soldando dialécticamente ambas nociones. Reducir dicho antagonismo a la pugna natural de tradición e innovación, fuerzas igualmente necesarias para la vida de todo pueblo, constituía, en el sentir de Diego, la contribución fundamental de Menéndez Pidal a la teoría de la nación española, y fue el horizonte utópico que sirvió de referencia a su propia trayectoria vital, que se cerró definitivamente el pasado miércoles. De los años pasados junto a Diego Catalán- Menéndez Pidal, nos queda, a quienes tuvimos el privilegio de formarnos a su sombra, un cúmulo de tiempo vivido que hoy recordamos como ensoñación intemporal. Accedimos, tras sus pasos, a ámbitos donde la modernidad agonizante se cruzaba con una memoria ancesJON tral, congelándose ambas en cristales de JUARISTI intrahistoria: mundos, o jirones de mundos, donde el rey don Pedro de Castilla o los Pares de Francia tenían más realidad que la globalización. Con Diego conocimos una España a la que calificar de profunda sería inexacto y, me temo, demasiado superficial. Pedanías olvidadas hasta en el catastro. Aldeas sumergidas como la Lucerna carolingia. Sansueña, la España dialectal del Romancero. Un país que, aunque parezca un cuento, todavía estaba ahí hace treinta años. No sé cómo contarían hoy su experiencia mis compañeros de aquel grupo de estudiantes y jóvenes profesores que Diego convocó durante los primeros ochenta a una tarea que parecía piadosa aunque absurda, a una arqueología de las mentalidades. Eran los días de la movida madrileña y del Gran Salto hacia delante del felipismo. Y, con todo, Diego conseguía arrastrarnos, lejos de las ciudades, hacia los estratos arcaicos de una literatura oral que ya re- E