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ABC MARTES 8 s 4 s 2008 OPINIÓN 3 LA TERCERA LA INVESTIDURA DE UNA PERSONA (EL PRESIDENTE) O DE UN EQUIPO (EL GOBIERNO) Hay que acertar en la regulación de los momentos esenciales. Uno de ellos es el relativo a la formación del Gobierno. Sería un acierto que el candidato a la Jefatura del Gobierno presentase a las Cortes la lista de sus ministros, antes de ser investido. No lo exige la Constitución pero lo aconseja la práctica democrática. La política depende de quienes- -hombres y mujeres- -están encargados de su aplicación. No es sólo la tarea de un presidente... OTAR en el Parlamento al dirigente de un partido para que éste forme el Gobierno no es lo mismo que otorgar la confianza a un equipo completo de ministros (o Gabinete) que ha de dirigir la política nacional. Puede ocurrir- -e históricamente ha sucedido en diferentes países- -que no todos los ministros designados por el presidente son merecedores de la previa aprobación de los diputados. Lo acontecido en Europa fue lo siguiente: al terminar la II Guerra Mundial, en 1945, se consideró conveniente racionalizar el régimen parlamentario, cuya trayectoria en la época anterior presentaba bastantes deficiencias. Con este propósito renovador se exigió en ciertos sistemas políticos de entonces, como la IV República francesa, que los Parlamentos concediesen la investidura del candidato a presidir el Gobierno como requisito previo al inicio de su mandato. La idea parecía aceptable, pero al ponerse en práctica resultó desvirtuada. Concretamente en la IV República francesa algunos candidatos para presidir el Gobierno prometieron carteras ministeriales a más de uno para el mismo puesto. Los grupos políticos así engañados formularon sus quejas, pero ya era tarde para rectificar. Al aspirante se le había concedido la confianza parlamentaria y su investidura estaba consumada. Otro vicio del sistema se constató al advertirse que los Gobiernos afrontaban en la nueva época una serie amplia y complicada de cuestiones. Desde el fin de la Gran Guerra gobernar era muy difícil, el funcionamiento del Estado social de Derecho es más complicado que la marcha del Estado liberal, y la política no la realizaba en Europa una persona, sino que era concebida y ejecutada por un equipo. Los componentes del Gabinete ministerial podían desfigurar el programa anunciado por el presidente en la sesión de la investidura. fectivamente, los Gobiernos, desde hace años, tienen que intervenir en asuntos sociales y económicos- -anteriormente fuera del quehacer político- -y han de dialogar con los poderes fácticos que brotan en las sociedades contemporáneas. Esta situación puede describirse como la de un Esta- V do invasor, desde una perspectiva, e invadido, desde otro punto de vista. El maestro Vedel nos enseñaba en mis años estudiantiles en París: Dos siglos de historia nos habían conducido, con una marcha acelerada, a la democracia liberal. Pero esta morada, que algunos creyeron definitiva, ya no es más que un albergue de paso. Ante nosotros se abren nuevas rutas y nuevos trabajos Y Vedel indicaba tres fenómenos que dejaron sin vigencia efectiva a los postulados liberales: la concentración industrial, la toma de conciencia de las clases y la organización de los intereses profesionales. a misma consideración de la realidad política, en la segunda mitad del siglo XX, fue difundida por el influyente Club Jean Moulin, como portavoz de funcionarios, periodistas, profesores y sindicalistas: En medio siglo- -era su diagnóstico- -el Estado ha cambiado prácticamente de funciones. Entre el Estado de 1900 y el de 1960 no hay gran cosa común. El primero era un administrador encargado de garantizar la seguridad de los ciudadanos, el mantenimiento de las libertades, la educación y la política exterior. El Estado asume, a par- L tir de 1960, todas esas tareas, pero, al mismo tiempo, es el primer empresario del país y el consumidor mayor. Controla prácticamente toda la vida económica, elige las inversiones a realizar, fija el nivel de salarios, asegura a los ciudadanos contra la ignorancia, la enfermedad, los accidentes del trabajo y el paro. El cambio es tal, que, sin duda, ya no se trata del mismo Estado Con esta amplitud y variedad de cometidos, el equipo del Gobierno ha de estar integrado, necesariamente, por personas competentes en diversas materias. Por ello fue necesario dar otro alcance a la investidura del presidente del Gobierno. Una solución se arbitró en Francia con la ley de 7 de diciembre de 1954. En el futuro la investidura se concedería, o se denegaría, al Gobierno completo, el cual tenía que ser presentado a la Asamblea Nacional por el candidato a presidirlo. Nada de promesas de la misma cartera a unos y a otros. Nada de maquinaciones entre bastidores. El programa y la política- -apuntó con acierto P Coste- Floret en un debate parlamentario- -son lo que son los hombres encargados de su aplicación ste recordatorio de lo sucedido en otros regímenes parlamentarios debería hacernos reflexionar. Los españoles nos encontramos en el momento crítico de la investidura del futuro presidente del Gobierno. Las normas que aquí aplicamos son las que dieron resultados malos al otro lado de los Pirineos. Los sistemas parlamentarios han sido, a veces, fórmulas de buen gobierno y, en otras situaciones, organizaciones de menos valor. No basta con la proclamación constitucional de los postulados esenciales del parlamentarismo. Hay que acertar en la regulación de los momentos esenciales. Uno de ellos es el relativo a la formación del Gobierno. Sería un acierto que el candidato a la Jefatura del Gobierno presentase a las Cortes la lista de sus ministros, antes de ser investido. No lo exige la Constitución pero lo aconseja la práctica democrática. La política depende de quienes- -hombres y mujeres- -están encargados de su aplicación. No es sólo la tarea de un presidente. E E MANUEL JIMÉNEZ DE PARGA de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas