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ABC LUNES 7 s 4 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA ESCOPETA DE BEN HUR IEMPRE salía con algo entre las manos: una espada, un látigo, una vara, unas riendas, un arco, un rifle. El rifle sirvió para que la progresía le ridiculizase como un vejestorio iluminado y cascarrabias, símbolo histriónico de la América ultraconservadora de Bush, pero aquella burda caricatura de Michael Moore no era más que una impía manipulación de un enfermo ya devastado por el alzheimer y contagiado de una enajenación senil por su propio mito. Charlton Heston nunca fue, desde luego, el más liberal de los actores de Hollywood ni tampoco el de registro intelectual IGNACIO más sofisticado, pero jamás CAMACHO encarnó a matones reaccionarios ni a psicópatas envilecidos por la pasión del poder; sus héroes eran tipos de gran limpieza moral, que a menudo se convertían en adalides solitarios de la causa de la libertad. Hasta aquel Cid por el que aún le recuerdan en Peñíscola fue un anacrónico rebelde fiel a los códigos de la decencia y el honor, igual que el íntegro policía mexicano de Sed de mal -quizás el único papel de protagonista que desempeñó vestido de calle- -con el que Orson Welles supo sacarle del primario estereotipo de galán atlético que le consagró en la memoria colectiva del cine. Mucho más versátil de lo que el tópico le recuerda, dueño de una voz profunda y seductora, Heston sufrió, como John Wayne, la maldición de la unilateralidad ideológica, ese estrago de la modernidad que tiende a clasificar la bondad o maldad de un artista según su adecuación personal a los clichés del maniqueísmo político. No lo vieron así gentes como Nicholas Ray, Anthony Mann, William Wyler, King Vidor o SamPeckimpah, a los quemalsepuede encasillar en la cerrazón del ultraconservadurismo. Y si lo vieron les importó un rábano: lo que les interesaba era su honda credibilidad de paladín épico, la limpieza de una mirada de cristal enmarcada en los ángulos de un rostro magnético y rígido que parecía esculpido en el mármoldela atemporalidad histórica. En esesentido tenía un perfil estatuario, de estatua de la galería heroica en la que reposa el mito de la épica. Podía ser Moisés o Marco Antonio, Rodrigo de Vivar o Miguel Ángel Buonarrotti; bien es verdad que para ciertos personajes le faltaba sentido de la ambigüedad y le sobraba hieratismo, pero de algún modo fabricó su arquetipo como una imagen de marca. Y su tirón taquillero permitió que cineastas de rango lo llamaran para construir con él creaciones de inquietante complejidad como el Mayor Dundee de Peckimpah o el superviviente solitario de El último hombre vivo que bastarían para demoler el marbete de fantoche retrógrado con que lo ha etiquetado el sectarismo del pensamiento unívoco. Entodocaso, lafuerza desu trayectoria desbordará siempre ese simple y coyunturalista marchamo ideológico. Cuando se extinga el eco mediático de sus obituarios, la figura de Charlton Heston no permanecerá en la memoria del público como un airado y achacoso carcamal agarrado a una escopeta en defensa de la Segunda Enmienda, sino como el elegante, cabal e intachable Ben- Hur: un gigante del cine épico con el que varias generaciones vivieron el horizonte de grandeza de la aventura, el heroísmo y la leyenda. S EL ÁNGULO OSCURO CHARLTON HESTON E pongo a hacer memoria y creo que pocos actores me han deparado tantos ratos de perdurable felicidad cinéfila como Charlton Heston. Acabo de enterarme de su muerte y acuden en tropel a mi memoria decenas o cientos de secuencias de las películas que protagonizó, siempre rebosantes de una virilidad a veces entreverada de patetismo trágico, a veces de una suerte de estoica fiereza. Sospecho que sus cualidades nunca fueron apreciadas en su justa medida; y, desde luego, los prejuicios ideológicos progres han contribuido a mermar su estatura interpretativa. Pero Charlton Heston era un actorazo que llenaba la pantalla antes incluso de ponerse a hablar, con una mirada que podía ser farruca o atribulada según conviniese, con un rostro poblado de angulosidades que podía registrar mejor que ninguno la rabia contenida, la concupiscencia desatada, el dolor compungido y el dolor ebrio de venganza. Y tenía, desde luego, un cuerpazo de animal cinematográfico que provocaba mareos. Casi todo el mundo sabe que Charlton Heston era un señor muy de derechas. Pocos saben, en cambio, que gracias a su empeño personal vieron la luz algunas JUAN MANUEL de las películas más grandiosas de la hisDE PRADA toria del séptimo arte. Como, por ejemplo, El señor de la guerra de Franklin J. Schaffner, una aproximación áspera y a un tiempo poética a la Edad Media que encandiló a Juan Eduardo Cirlot. Como, por ejemplo, Sed de mal que para quien esto firma es la obra maestra de Orson Welles y tal vez la más soberbia película de cine negro jamás filmada. Charlton Heston, que durante muchos años fue el actor más cotizado de Hollywood, pudo haberse limitado a participar en superproducciones de éxito asegurado; pero amaba su oficio, creía en el talento artístico más allá de las imposiciones comerciales y consiguió que proyectos sin financiación se rodaran, a veces apoquinando su propio peculio. Lo recordamos, sobre todo, por su composición de Judá Ben- Hur en la celebérrima película de William Wyler: lo recordamos bebiendo sediento el agua que le tiende M un Nazareno que no aparece en pantalla; lo recordamos bogando en galeras, mientras lanza una mirada arrogante a Jack Hawkins; lo recordamos enzarzado en un duelo agónico con Stephen Boyd, en la que quizá sea la secuencia más divulgada de la historia del cine. Charlton Heston encarnaba en aquella película las pasiones humanas más nobles y también las más ensañadas y destructivas con un vigor que desbordaba la pantalla: cuando odiaba, un nido de víboras enardecidas se enredaba en su pecho; cuando amaba, lo hacía de una forma desaforada, ciclópea, que cortaba el resuello. Esta fisicidad que lograba transmitir a las pasiones más tumultuosas no le impedía sin embargo componer personajes agrietados por el sentimiento de pérdida y la derrota; de su mano aprendimos que también en la pérdida y en la derrota anidaba la épica. Trato de invocar todas las películas de Charlton Heston que me hicieron feliz, allá en la infancia atónita, allá en la adolescencia exaltada y confusa: Cuando ruge la marabunta Pasión bajo la niebla Los diez mandamientos El Cid Horizontes de grandeza Mayor Dundee El planeta de los simios El último hombre vivo Y sé que me dejo muchos títulos entre los jirones del olvido. Lo que nunca podré olvidar es cómo besaba Charlton Heston a las actrices con las que compartía estrellato: las besaba como si las estuviese estrujando, las besaba como si deseara arrebatarles el último depósito de aire de los pulmones, las besaba como si quisiera inmiscuirse en cada célula de su cuerpo, como si quisiera arrancarles el alma a dentelladas. Yo veía besar a Charlton Heston y me quedaba tiritando: de gozo, de admiración, de miedo, de estremecida lujuria, de puritita envidia. Nadie, con la salvedad de John Wayne en El hombre tranquilo ha besado de esa manera ruda, agónica, salvajemente viril. Las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan estarán de acuerdo conmigo; y conmigo llorarán en homenaje a aquel pedazo de animal cinematográfico que nos ha dejado. Cuando me lo encuentre en el cielo, le pediré que me enseñe a besar de ese modo arrebatado: los ángeles y las ángelas se enterarán entonces de lo que vale un peine. www. juanmanueldeprada. com