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ABC DOMINGO 6- -4- -2008 95 Los toreros no somos matarifes aunque nos llamen matadores de toros. Nuestra voluntad es otra: hacer belleza dijo el maestro la masa de la sangre, ese sentido de la brevedad al que se aferra para hacer suave lo que parece violento esa armonía que me salía más del alma que del cuerpo Así que en la hora de la espada culminó su faena más anhelada: Entiendo que esta distinción no es a mi persona, ni incluso a mi forma de entender el toreo dijo con demoledora humildad para postular que su ingreso en la Academia no es más que una sinécdoque de la entrada de la Tauromaquia en el seno oficial de las Bellas Artes. Y la ovación fue tan cerrada que incluso pedía la ruptura del protocolo. Le contestó, no obstante, el catedrático de Historia y vicepresidente de la Academia Juan Miguel González Gómez, que necesitó muchos más lances para encontrar su esencia. Curro Romero no tiene partidarios, ni siquiera seguidores, tiene creyentes Él es uno de los dioses de un arte que ayer fue desagraviado por el mundo académico. Es, como recogió González en su discurso, una deidad a la que Vicente Zabala definió como el hombre que paró los relojes Es eterno porque trasciende las modas y los ismos Y, sobre todo, es imagen de culto para quienes ahora que él pisa la alfombra roja han de seguir pisando el albero. Cayetano Rivera lo definió como un maestro único Ortega Cano se sintió muy orgulloso de que el toreo entre en las Bellas Artes gracias a él Antoñete se reclinó al saludarlo. Emilio Muñoz sentenció que Curro es punto y aparte Y José Tomás prefirió venerarlo en silencio. Ese silencio de Sevilla. El silencio del Arenal que se coló en el bullicio del patio de la Casa de los Pinelo mientras la bailaora Matilde Coral alzaba sus brazos para posar ante el escultor Luis Álvarez Duarte. Ese silencio que guardó toda la ciudad mientras Curro hablaba. Silencio de cantaores como José de la Tomasa y Pansequito, de políticos, de empresarios, escritores, pintores y familiares. El silencio litúrgico de la vuelta del Faraón, que ayer plantó sus manoletinas sobre la alfombra roja de su viejo anhelo: torear es un arte. Y su toreo, una obra maestra. Curro tiene creyentes Miguel Ángel Perera, en un pase cambiado por la espalda al sexto toro, al que cortó dos orejas EFE Se impone la profundidad de Perera (con permiso de El Juli y Manzanares) FERIA DE ABRIL Real Maestranza. Sábado, 5 de abril de 2008. Novena corrida. No hay billetes Toros de El Ventorrillo, desiguales de presencia y juego, notas de mansedumbre y un buen 3 el 6 también puntuó. El Juli, de azul marino y oro. Estoconazo hasta la bola (oreja) En el cuarto, estocada pasada (saludos) José María Manzanares, de grana y oro. Estocada muy trasera y tendida (oreja) En el quinto, estocada levemente desprendida (saludos) Miguel Ángel Perera, de verde manzana y oro. Estocada desprendida y descabello. Aviso (saludos) En el sexto, estocada pasada (dos orejas) Salió a hombros por la puerta de cuadrillas. ZABALA DE LA SERNA SEVILLA. Había entrado la tarde en barrena, después de un arranque fuerte, que hacía bueno el dicho de que los gitanos no quieren alegres principios. Pero Miguel Ángel Perera se empeñó en tirar por tierra el refrán arrastrando su poderosa muleta por el albero. Pocos hubiéramos apostado por el sexto toro, que en capotes apenas nada había hecho en positivo aparte de puntearlos; Pere- ra, sin embargo, lo vio clarísimo. Brindó al público en serio y se clavó en el platillo en dos pases cambiados por la espalda de ¡huy! El recital arrancó en tromba, y por abajo la mano derecha del extremeño cuajó tres series en redondo de tersos, tensos por intensos e inacabables y ligados muletazos. Monumental el sitio actual de Perera. Si aquello levantó oles, algarabía y la música, los naturales estremecieron por su lentitud y su profundidad; uno, de una decena o así, duró una eternidad, desde allí hasta allá, donde la cintura cruje y la gente ruge. Alboroto gordo. Tocaba el pasodoble a final y todavía apuró en circulares diversos, y en una de éstas en que el toro se quiso llevar la muleta por delante- -en cuanto se le levantaba mínimamente el sometimiento volvía a puntear- -el torero casi acaba a lomos, por no soltar. El espadazo, pelín trasero, le entregó las orejas. Sí señor, chapó; sólo un matiz o una pregunta, apreciación o duda personal, ¿el compás de su toreo, la pierna de salida, se podría adelantar un poquito más o perdería en profundidad? Ya había maravillado el imán de su muleta con el mansito tercero, que en cuanto descolgó puntuó a la baja en presencia la presentación irregular de la corrida de El Ventorrillo. El prólogo de ayudados por alto, barriendo el lomo- -qué carga de belleza tiene el toreo a dos manos y cuán poco se practica- despertó una faena que contuvo la magia de nunca dejarse ir la embestida de un toro que se quería ir. Hay un algo de aquel dominio ojedista en su concepto; les hace y deshace los nudos en ocho a los toros- -inmensos los obligados de pecho- -con enorme facilidad. Le sobró una serie y le faltó una muerte pronta. El mando de El Juli en la plaza es de un conocimiento lidiador excepcional. Al toráncano primero de basta hondura dirán que le cortó- -arrancó más bien- -la oreja por el arrimón y la fabulosa estocada. Y es cierto. Pero cómo mantuvo el orden en el ruedo, cómo ahorró capotazos, cómo ordenó el mínimo castigo al picador de turno para un enemigo lastrado por su tonelaje, son cuestiones mayores que no pueden pasar desapercibidas. Los naturales que extrajo, con un bruto, bruto de verdad, que le alcanzaba el pecho con su alzada, sólo caben en la mente y los redaños de Julián López. José María Manzanares dispuso del toro más bravo y con fondo mayor. La estética y su em- paque con la mano derecha fueron carteles de viejas ferias de abril. Una trinchera, un ayudado que se convirtió en una especie de barroco kikiriquí, el aire macizo y el aroma. La izquierda no encontró el punto. Un pequeño tirón y un gran natural. El toro no tuvo final y se rajó para morir en chiqueros. Oreja de ley. Entre el premio y la apoteosis de Perera vino un bache de mansedumbre y genio que dejaron a Juli y Manzanares sin poder redondear. Qué eficacia, por cierto, estoqueadora la de ayer.