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ABC DOMINGO 6 s 4 s 2008 OPINIÓN 3 LA TERCERA BIPARTIDISMO POR VOCACIÓN Todos sabemos dónde está el núcleo intangible de la soberanía nacional que los ciudadanos quieren preservar al votar en bloque a las dos opciones que sustentan la estabilidad del sistema. A partir de ahí, ancha es la política, amplio el espacio para los negocios entre portavoces y bienvenida la libre búsqueda de apoyos. Tal vez la mayoría natural ha cambiado de sitio. Ya sabrán dónde buscarla los estrategas de los partidos... ONSULTA con los especialistas en sistemas de partidos. Los veteranos como Duverger, Sartori o von Beyme coinciden con los autores más recientes: con el porcentaje de votos y escaños obtenido por PSOE y PP en las últimas elecciones, el caso español encaja limpiamente en el modelo bipartidista, acaso matizado por los calificativos de imperfecto o moderado Ceden terreno las restantes formaciones de ámbito nacional y los partidos nacionalistas. Escaños concentrados al máximo en el Congreso de los Diputados: 323 sobre 350. Siempre decimos que la Cámara de los Comunes es fiel reflejo del régimen bipartidista. Aquí tienen los datos: en el Reino Unido, laboristas y conservadores suman 545 seats -352 y 193, respectivamente- -sobre un total de 646. Hay nada menos que 63 liberal- demócratas, más escoceses, unionistas irlandeses e independientes varios, así como el speaker y sus adjuntos, que no votan usually según aclara con prudencia la propia página web de Westminster. Sin duda, tenía razón Carl J. Friedrich al hablar de un sistema de dos partidos y medio ¿Hacen falta más pruebas? Por cierto, nuestra realidad parlamentaria responde a una preferencia inequívoca de los ciudadanos, porque la ley d Hondt constituye una fórmula proporcional que invita al pluralismo, aunque- -como saben los expertos- -se sitúa en el grado más próximo al mayoritario en la escala de la proporcionalidad. Somos, pues, bipartidistas por vocación. Eso significa muchas cosas, aparte de complicar la vida al gremio de sociólogos y politólogos. Veamos cuáles. a Constitución tiene letra y tiene música: una norma jurídica más un espíritu que inspira su aplicación. Los griegos lo llamaban politeia algo así como el alma o seña de identidad de la polis La cultura del consenso universal, vieja añoranza de la Transición, responde al diseño multipartidista que era propio de la etapa constituyente. Dos grandes y muchos pequeños, que dan y quitan razones, dirimen las controversias ajenas y suman sus votos a quien conviene en cada caso, casi siempre en el mismo sentido, como es notorio. Hablan los portavoces, dentro o fuera del Parlamento, y parece que una mayoría abrumadora aplasta a una voz aislada y discrepante. Si se cuentan votos y escaños, las cosas son muy diferentes. En esta legislatura, consumada la querencia bipartidista, se acabó el todos contra uno Las dos opciones para gobernar España configuran una mayoría aplastante y deben ser protagonistas en el debate político. Al menos, a escala nacional, esto es, en la cámara baja. Como ventaja adicional, el Senado podría dar su auténtica medida para la representación territorial y los subsistemas autonómicos reforzarían su propia personalidad. Ya sé que a los nacionalistas les gusta influir en el Congreso de los Diputados, faltaría más, pero eso se consigue con votos, y esta vez andan un poco escasos. La democracia es así. Si hemos pasado del multipartidismo modera- C do al bipartidismo imperfecto, los consensos básicos deben surgir entre socialistas y populares, los únicos capaces de proponer proyectos alternativos. Esto ha sido siempre igual, pero ahora se nota más que nunca y tiene que producir consecuencias en el comportamiento de los actores. No es el caso, pero el argumento se refuerza con el ejemplo alemán. Allí cabe incluso la Gran Coalición, pero no sólo en circunstancias de emergencia histórica, porque aquí parece que hablamos del estado de sitio o la debacle universal. En Alemania es otra cosa. Fue en su momento, y lo es a día de hoy, una fórmula conveniente y eficaz para solventar una coyuntura concreta. Por eso no conviene exagerar: Merkel preside un gobierno de coalición ordinaria y no un gabinete de salvación nacional. Lo mejor es, siempre que sea posible, mantener el juego natural de gobierno y oposición, a cuyo efecto hay que otorgar primacía a las relaciones entre los dos grandes partidos y despejar la cámara baja de la presión minoritaria sobre los acuerdos básicos para vertebrar el Estado. Cambio, pues, de mentalidad: les hemos dejado solos es un mérito más que discutible para quien lo invoca. Otra cosa es, por supuesto, la búsqueda de apoyos concretos para configurar mayorías coyunturales. Todos nos conocemos: una cosa es cambiar el poder constituyente material nosotros más los nacionalistas, y vosotros fuera) y otra muy distinta completar los votos que faltan para sacar adelante un proyecto de ley o acaso para dar el susto a un ejecutivo confiado en su posición ventajosa. cen su funcionamiento. Hablamos aquí del valor político que cabe otorgar a sus discursos y tomas de posición. La costumbre de nuestra clase política y de los medios de comunicación está forjada sobre un modelo tendencialmente multipartidista que los electores han desechado en las urnas: en el ámbito nacional, insisto, a diferencia de lo que sucede en unas cuantas cámaras autonómicas. La fórmula electoral forma parte del consenso constitucional y sería preciso un acuerdo de fondo para modificarla. Como es natural, los dos grandes no están por la labor, porque el sistema- -más o menos integrador- -resulta eficaz para la formación de gobiernos estables. Volviendo a la metáfora, el problema no está en la letra sino en la música. Los españoles en proporción abrumadora votan al PSOE y al PP y el mecanismo, igual para todos, selecciona mayorías razonables en perjuicio de partidos relevantes, sean de escala nacional o autonómica, pero que gozan de mucha menos confianza por parte del único titular legítimo de la soberanía. Así pues, el debate no debe girar sobre el sistema electoral sino sobre la forma de hacer política en un país que se muestra porfiado y tenaz en votar siempre a los mismos. as buenas prácticas llevan a la virtud; las malas, al vicio sentencia el Sócrates platónico con su exquisitez habitual. En democracia, la oposición es tan importante como el gobierno a efectos de proclamar la voluntad del pueblo. Ganar o perder las elecciones es un éxito o un fracaso coyuntural. En cambio, destruir los cimientos del Estado significa dejar de existir a medio plazo. La gente quiere bipartidismo, y exige ahora que funcione este two- party system con todos los matices que sean precisos. La exigencia afecta, cómo no, a las materias de alcance constitucional en el sentido fuerte del término. Por supuesto, no es necesaria su regulación formal en la ley de leyes. Reformar un estatuto de autonomía es hacer Constitución. Modificar el impuesto sobre la cerveza es asunto de legislación ordinaria, aunque aparezca citado de forma expresa en la ley fundamental alemana. El régimen parlamentario funciona a base de valores entendidos y en la sociedad española sobra la retórica: todos sabemos dónde está el núcleo intangible de la soberanía nacional que los ciudadanos quieren preservar al votar en bloque a las dos opciones que sustentan la estabilidad del sistema. A partir de ahí, ancha es la política, amplio el espacio para los negocios entre portavoces y bienvenida la libre búsqueda de apoyos. Tal vez la mayoría natural ha cambiado de sitio. Ya sabrán dónde buscarla los estrategas de los partidos. De momento, tenemos un hemiciclo bipolar que somete a los líderes a una ley inapelable: a lo largo de la historia, sólo sobreviven quienes entienden el mensaje del pueblo. L L D e ese cambio de mentalidad depende en último término el enfoque político de la nueva legislatura. En un Parlamento sanamente constituido, nadie discute el derecho de los grupos minoritarios a la intervención eficaz en los debates y al acceso a los recursos materiales que garanti- BENIGNO PENDÁS Profesor de Historia de las Ideas Políticas