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ABC VIERNES 4- -4- -2008 CULTURAyESPECTÁCULOS 81 Knopfler: sultanes sin swing El popular cantante, guitarrista y compositor escocés actuó anoche en un abarrotado Palacio de los Deportes, en un concierto desangelado y de escaso riesgo, que sólo remontó ligeramente el vuelo cuando interpretó sus piezas históricas y emblemáticas POR MANUEL DE LA FUENTE FOTO: IGNACIO GIL MADRID. Son ya más de tres décadas las que lleva el escocés Mark Knopfler templando las gaitas del pop mundial. Por el camino, tanto en solitario como al frente de los Dire Straits (grupo supravalorado en la escala del rock and roll) ha dejado un puñado de piezas imprescindibles (sin excederse) que perviven honrada y honrosamente en la discoteca de casa, resistiendo moderada y casi plácidamente los arañazos del tiempo y la monotonía del hilo musical de los ascensores, de los hipermercados y de las compañías aéreas. En ese mismo camino, el cantante, compositor y guitarrista ha probado de los elixires del éxito en abundancia, del rock de masas y de estadios, del rock para adultos, y también ha catado las copas del country y, últimamente, del folk, con estilo, pero sin pasión, sin la explosiva catarsis personal y multitudinaria de Springsteen (por hablar de un caso reciente) en las magistrales sesiones dedicadas a Pete Seeger, un incendiario ejemplo de cómo hacer hervir el caldero del cancionero tradicional. Sin estruendos, sin demasiada pirotecnia (a pesar de su querencia por el virtuosismo guitarrero, casi nunca justo y pocas veces necesario en la música popular) con exquisitos compañeros de viaje a veces (Mano Lenta Clapton, la Vieja Dama del Country, Emmylou Harris) en una carrera sin dientes de sierra, bonancible, serena y, tras su paso ayer por un abarrotado Palacio de los Deportes madrileño, y tal como auguraban desde Barcelona donde actuó el miércoles, casi podría decirse que una carrera entregada al quietismo, a una versión edulcorada de sí mismo y de su música, un sucedáneo que no logró apasionar ni a los incondicionales, sin casi chicha, sin apenas limoná, y con apenas un único guiño al pueblo cuando la banda acompañó el oe, oe, de todos los conciertos, más bien para ponerle punto final, que por darse una corriente de buenas vibraciones entre escenario y gradas. Tal vez, el músico ha querido optar en esta nueva etapa de su carrera por el minimalismo (porque la calva viene de antiguo, que si no era para pensar que a Mark le ha dado por el zen) por un cierto aire intelectualoide (malas compañías ambas en el tren de la música pop) distante, frío, rutinario, sin riesgo, sin apenas curso narrativo, sino tan sólo una sucesión de canciones, las unas con pena, muy pocas con gloria. Anoche, en el coliseo madrileño apenas hubo rock, apenas pop, una taza de caldo céltico, Cannibals para abrir boca (aunque luego volviera a abrirse por otros motivos) que sí, que más nos habría valido, visto lo visto y oído lo que oímos (a veces tan sólo era un susurro) estar toda la noche bailando una jiga escocesa. Pero el camino elegido por Mark se antoja tan insondable, que ni siquiera él parece disfrutar con lo que hace, que es el primer y más grave pecado (y no venial, por cierto) en el que jamás debe caer un cantor. Quién sabe, tal vez la procesión va por dentro, pero cuesta creer que tonadas de calado, bellas, hermosas, como True love will never fade se retuerzan angustiadas en busca del final sin el suficiente feeling. Desde el escenario, Sailing to Philadelphia y Hilll farmers blues llegan a los espectadores como un par de melopeas, pero en versiones nada embriagadoras, y The fish and the bird otra tonada de crepuscular aire céltico, brumosa, melancólica, llega al público como una auténtica cogorza de falso misticismo celta (si le pillan sus paisanos escoceses de Runrig, o Sean Connery, sin ir más lejos, le dan lo suyo) pero sin hoguera y sin druida, sin poción mágica y sin el necesario regusto a whiskey, el agua de los dioses. Otra joya como Romeo y Julieta ayer resistió mejor (al igual que al final del concierto Telegraph road y So far away y aunque Sultanes del Swing tuvo un comienzo desleído como un aspirina en un vaso de agua, remontó el vuelo y por fin (pero sin excesos) consiguió el entusiasmo del pueblo, siempre soberano, y que había acudido en masa (tirando a curtidita) en busca, sin duda de una auténtica celebración de música popular. Pero, para el viaje de un par de riffs de guitarra, y para pensar que en casa con una birra en la mano, en el cd, todo lo que ayer se escuchó suena mejor (y lo que es peor, suena más vivo) no hacían falta las alforjas de los euros gastados y las colas de la entrada. Quién sabe, tal vez Knopfler ha decidido hacerle justicia al dicho (cosa de ingleses, claro) de que los escoceses inventaron el golf para guardarse la bola. Quién sabe. Tal vez se lo pasó como un pachá. Pero (al menos anoche) parecía tan sólo un sultán. Un sultán sin swing. CLÁSICA Bruckner: Sinfonía núm. 5 Int. Orquesta Joven Gustav Mahler. Dir. Herbert Blomstedt. Lugar: Auditorio Nacional. Madrid Ibermúsica Un tesoro ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE El actual interés que suscitan las orquestas de jóvenes, y al que tanto debe la repercusión en los medios del crack formado por la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar y Gustavo Dudamel, tiene cierta solera y categoría. Aquí cerca se ha escrito mucho sobre el reciente nacimiento de la Orquesta Sinfónica Freixenet y ya es habitual la importante labor de una orquesta como la Jonde, a la que convendría escuchar con más frecuencia para no olvidar que también tiene burbuja. Hay otras, por supuesto, y en muchos lugares. Entre las grandes, está la Gustav Mahler Jugendorchester, creada por Claudio Abbado en 1986, en esa vieja Viena, que es tanto como decir en la cuna de muchas músicas. El detalle es importante, pues tocar bien puede ser hoy más fácil que ayer, pero no lo es tanto respirar adecuadamente. Se ve ante obras sólidas, hiperbólicas en la configuración y comprometidas en el mensaje. Tal es el caso de la quinta sinfonía de Bruckner, ahora escuchada en Madrid. Es necesario establecer un puente entre quienes ahora se comen el mundo y aquellos que lo guisaron. De los primeros surge la voluntad y el perfeccionismo, de los otros, el orden y la sabiduría. Así, con Herbert Blomstedt al frente de la Gustav Mahler, Bruckner adquiere la extraña impresión de lo que se recompone como un puzzle, de aquello que toma forma mediante la sucesión de poderoso instantes. Y tomar forma es construir lo inmenso. Incluso a pesar de que la más teológica de las sinfonías de Bruckner gane, a través de Blomstedt, en ambición formal y contundencia arquitectónica más que en retórica de púlpito iluminado por el misticismo y la fe. El Easter Tour 2008 de la Gustav Mahler Jugendorchester ha traído esta sinfonía hasta el ciclo Ibermúsica. Inmediatamente ha presentado en el de Juventudes Musicales un programa dedicado a Berg y Sibelius. Claudio Abbado y su hermana pequeña, la Mahler Chamber Orchestra, tienen previsto actuar en el Teatro Real, a mediados de abril. En concierto, ofrecerán varias obras sinfónicas de Beethoven y, en escena, Fidelio Vista y oído. Pecado mortal Orden y sabiduría Mark Knopfler, anoche en el Palacio de los Deportes