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ABC JUEVES 3 s 4 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA JOVEN GUARDIA H EXTERIOR OBAMA Y SU RAZA L pasado no está muerto ni enterrado: de hecho, ni siquiera es el pasado. Esto nos recuerda la cita de William Faulkner. He decidido aspirar a la presidencia porque creo que sólo unidos podremos hacer frente a los desafíos a los que se enfrenta América repetía Barak Obama el 18 de marzo. El aspirante ha evitado durante meses hablar de su color, pero al final la raza ha acabado por pasar, con la economía, Irak, el sistema sanitario o el calentamiento del planeta, a la primera fila. He sido educado por un abuelo blanco que, después de sobrevivir a la Gran Depresión, sirvió a las órdenes de Patton en la Segunda Guerra mundial. Gracias a mi abuela, he estudiado en las mejores escuelas de América y vivido en los países más pobres del mundo. Estoy casado con una americana que lleva en su sangre los genes de los esclavos, también los de los propietarios de esclavos. Esta es la herencia que transmitiremos a nuestras hijas Once años después de la guerra abierta en 1776 contra Inglaterra, las Trece Colonias promulgaban su constitución. En ella se reconocían los derechos de cada ciudadano, se promulgaba la estructura del estado y se establecían la diviDARIO sión de poderes y las reglas de la federaVALCÁRCEL ción. En aquel final de siglo faltaban aún muchos años para la abolición de la esclavitud; las mujeres no tenían derecho a votar; la vida valía poco, la pena de muerte se dictaba deprisa. La guerra civil llegó 80 años más tarde, con la raza en el centro del conflicto. Han pasado más de 221 años desde el nacimiento de la constitución de Filadelfia. A partir del Renacimiento, occidente ha avanzado, interrumpido, por paréntesis trágicos, Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot... Pero el avance ha sido casi continuo. América se convirtió en el siglo XX en la primera nación del mundo no sólo por su riqueza material, sino por su benignidad y humanidad, rota sólo a comienzos del siglo XXI. No entraremos hoy en ello. En todo el sur, desde Missouri a Virginia, prevaleció durante dos siglos la segregación, nacida del odio, del desprecio al negro. En ese sentido Barak Obama es un re- E vulsivo. Desde Roosevelt, Eisenhower, Kennedy y Johnson, el abolicionismo se extendió: sueño imposible de realizar al menos en cien años. Pero convendría empezar ya la segunda etapa. Lean las páginas 227 y siguientes de The Audacity of Hope. Obama relata el funeral de Rosa Parks, una mujer de pelo gris y piel negra, muerta poco después de que el huracán Katrina arrasara Nueva Orleans. Bill Clinton y decenas de senadores, representantes, gobernadores y hombres de empresa despedían a Parks, junto a millares de asistentes anónimos, sobre todo negros, dentro y fuera de aquella iglesia. Bill Clinton habló de reconciliación, de perdón y de las cicatrices que, desde 1776, había dejado la pugna racial en la piel de América. Un día de invierno de 1955, aquella muchacha de color se había negado, con prudencia y dignidad, a levantarse de su asiento en el autobús colegial. Pesa la historia: los primeros esclavos llegaron desde el golfo de Guinea en 1498, encadenados por traficantes portugueses; no defendemos su ejecutoria, nos limitamos a recordar la fecha. Pesa la circunstancia personal: Obama, hijo de un médico de Kenia y de una maestra blanca, no procede del esclavismo. Pesa la geografía: el norte del país abolicionista (antes de la guerra civil la esclavitud era ilegal en Boston, pero legal en Atlanta) Y pesa sobre todo el derecho, sangre de la civilización. La enmienda XIII, de 1865, abolía la esclavitud al terminar la guerra civil; la XIV de 1868, reconocía a cada ciudadano la protección de la ley, igual para todos. (Ningún estado podrá privar a persona alguna de la vida, la libertad o la propiedad sin el correspondiente proceso judicial. Cien años después, la enmienda XXIV prohibía coartar el derecho al sufragio de todo ciudadano de la Unión) Sus partidarios creen que Obama unificará al país y le devolverá la dignidad perdida. Por eso no conviene excluir la posibilidad del atentado. El problema es que esto lo piensan, cada vez más, incontables demócratas y republicanos, en principio inclinados hacia McCain o Hillary, hoy seguidores del senador de Illinois. Tomorrow will soon be here, cantan los negros del norte. Esta será, cómo dudarlo, una larga marcha. El mañana llegará pronto. AY un viejo adagio de la política que sentencia que el poder desgasta, pero mucho más desgasta no tenerlo. Así, cada día que pasa se pone más de manifiesto el daño que la derrota electoral ha causado al PP, seriamente afligido bajo el aparente maquillaje de sus aceptables resultados. Envuelta en querellas internas y pulsos de influencia, con el liderazgo de Rajoy cuestionado desde dentro y desde fuera del partido, la derecha española presenta una importante avería estructural que ha hecho crisis en una batalla fulanista producto de IGNACIO la frustración de unas exCAMACHO pectativas sobrevaloradas de su trabajo de oposición. El Gobierno sufrió una importante erosión en cuatro años demenciales, pero salió vivo del trance frente a un adversario mucho más quemado, que ahora debe afrontar todas las facturas del fracaso. Con la particularidad de que algunos acreedores son los propios responsables de la estrategia derrotada. Al día siguiente de las elecciones, Rajoy tenía dos caminos: dimitir y propiciar una catarsis o quedarse y auspiciar una renovación pendiente desde 2004. Al optar por la segunda vía, se enfrenta a una contradicción casi irreversible, que es la de cómo sostener que todo se renueve menos el propio liderazgo. Las renovaciones, como las revoluciones, empiezan de una manera y acaban de otra; ni siquiera el Gatopardo lampedusiano pudo evitar con cambios aparenciales la irrupción de un orden nuevo. El presidente del PP quiere provocar en el partido un salto generacional sin que le afecte a él mismo, y eso, aunque no imposible, parece la cuadratura del círculo. Se trata de un momento interesante, en el que crujen las viejas estructuras sin que acaben de emerger las nuevas, en medio de conspiraciones de pretorianos y lamentos de ambiciones insatisfechas. El símbolo de ese salto al vacío es la joven Soraya Sáenz de Santamaría, sometida a un feroz escrutinio preventivo que no es más que un ejercicio de tanteo y medición de fuerzas. SSS y su nuevo equipo representan a la generación que no estuvo en el núcleo de poder del aznarismo y no ejerció tampoco el primer plano de una oposición fracasada en la primera legislatura de Zapatero. La partida bisoña de los jóvenes lobos, la amenaza del big- bang sobre la vieja guardia de piel achicharrada y surcada de costurones. Rajoy les ha dado galones en una maniobra táctica casi maoísta: pretende que sean ellos los jóvenes guardias (no rojos, desde luego) que ejecuten el proceso de renovación en su propio beneficio. Es decir, utilizarlos para liquidar el antiguo orden sin inmolarse a sí mismo. El problema es que esa clase de procesos requieren dos condiciones inexcusables: un instinto asesino frío, despiadado, y un poder sin cortapisas para ejercerlo como arma homicida. El poder del PP se reduce ahora mismo a unos pocos despachos en el Parlamento y en la calle Génova; y en cuanto al instinto asesino, habrá que ver si los ejecutores tienen al menos tanto como sus presuntas víctimas.