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82 CULTURAyESPECTÁCULOS MARTES 1 s 4 s 2008 ABC Serie negra: despertar del sueño eterno Nunca murió, pero pareció dormida durante un tiempo. Pasados los días en que los polis eran los más malos de la película, la novela negra vuelve a disparar con fuerza en los estantes de nuestras librerías. Un género que otra vez nos regala su cosecha roja MANUEL DE LA FUENTE MADRID. No es de ahora, ni siquiera del siglo pasado, que muchas obras literarias vengan con un cadáver dentro. Así ha sido, y será. Si me apuran, hasta en el Tenorio: Los muertos que vos matáis gozan de buena salud Y, si me siguen apurando, hasta en la Biblia, con aquel despliegue de armas de destrucción masiva que fueron Sodoma y Gomorra. Pero si hay títulos rebosantes de sangre, frases enjutas, respuestas afiladas, muertos que van y vienen, ajustes de cuentas, vasos de whisky (o tazas de café) pocos estilos como el de las novelas de polis y detectives o, como se empezó a llamarla desde Hammett y Chandler, novela negra. Antes de estos dos hombres ya hubo género más o menos negro, desde Edgar Allan Poe y sus Crímenes de la calle Morgue a las andanzas de Sherlock Holmes, algo elemental, querido lector. Pero Chandler y Hammett dotaron al género de sustancia social más allá del misterio y los tiroteos. Con sus máquinas de escribir hurgaron en las penumbras y zonas abisales de la sociedad de su tiempo. A ellos se le puede añadir una larga lista en la que sin querer hacer a nadie de menos (esta gente se las gasta muy tiesas) se puede y debe mencionar a William Irish; Chester Himes (el ángel negro de Harlem) Agatha Christie (con sus criaturitas Hércules Poirot y Miss Marple) Patricia Highsmith, madre del amoral y estafador Tom Ripley; James Ellroy; George Simenon... Un caso singular es el de Boris Vian, que como Vernon Sullivan le echó carnaza al fuego negro con Escupiré sobre vuestras tumbas Todos los muertos tienen la misma piel Con las mujeres no hay manera y Que se mueran los feos En España, el género tardó en implantarse, debido a la censura y a que los cuerpos de seguridad eran intocables. Por supuesto hubo excepciones. Como la del curioso Plinio de García Pavón. Y cómo olvidar al Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán. También hay que recordar al maestro Francisco González Ledesma, autor de títulos como Expediente Barcelona en la que nació su comisario Méndez. González Ledesma acaba de estrenar su último título: Una novela de barrio (Ed. RBA) También hay que citar, ya más recientemente, a Juan Madrid y su detective Toni Romano. Y a Andreu Martín, Lorenzo Silva (con su pareja de la Benemérita) y Paco Ignacio Taibo II, por no hacer de los ejemplos otra historia interminable. Y un caso más y muy curioso. El caso (abierto) de Jorge Luis Borges y su amigo Adolfo Bioy Casares, quienes bajo el seudónimo H. Bustos Domecq firmaron varios relatos policiacos protagonizados por Isidro Parodi. Hoy, el lector encontrará en las librerías una larguísima serie de títulos, porque las editoriales se han lanzado al asalto de la serie negra, aunque alguna, como Ediciones B, con su colección La trama acabe de cumplir veinte años. Pasemos revista a algunas de las últimas perlas que han llegado a las estanterías. Perlas, sí, pero no olviden que son perlas ensangrentadas. Uno de los nombres más impactantes es el de la parisina Fred Vargas, cuya última entrega es La tercera virgen (Siruela) que esta vez coloca al sagaz comisario Adamsberg ante un enigma que arranca tras la pista del fantasma de una monja asesina del siglo XVIII. Destaca por su original ambiente El perfume de Adán (Ed. B) de Jean- Christophe Rufin, que viaja al territorio inquietante de un thriller ecológico, basado en su propia experiencia como político y director de Médicos Sin Fronteras. Robert Crais hace que en El desconocido (Ed. B) su detective Elvis Cole tire de los hilos de su propio pasado al ponerle tras los pasos de su padre, un hombre al que nunca conoció, y que mientras no se demuestre lo contrario, aparece muerto en un callejón con el nombre de su hijo en los labios. También hay sitio para el humor dentro del género. Es el caso de Alexander McCall Smith y su peculiar investigadora privada Precious Ramotswe, miembro de esa extraña cofradía que es la Primera Agencia de Mujeres Detectives. Alegres y en compañía (Ed. Suma) cobija sus peripecias en el corazón de África. Añadamos un título que resulta espectacular por su calidad, y por el paisaje donde transcurre, Palestina: El maestro de Belén (Ed. B) Su autor es Matt Beynon Rees, corresponsal de Time en Oriente Próximo y de quien ya se dice que es el Dashiell Hammett de Palestina Peter Harris, autor de El enigma Vivaldi vuelve a hacer historia, intriga histórica, con La serpiente roja (Mondadori) mientras que Philip Kerr prefiere que su detective Bernhard Gunther se dedique a cazar nazis en Unos por otros (RBA) No deja de ser curioso también el caso de Anne Holt, la novelista que surgió del frío. autora de Conspiración en Oslo (Roca) Holt, que fue ministra de Justicia noruega viene a poner en entredicho la supuesta (bueno, presunta) idea de que Humor negro, negrísimo Reyes Calderón, autora de Los crímenes del número primo ABC Crimen en Leyre, un éxito como un templo Más de veinte mil lectores han viajado ya hasta el navarro Monasterio de Leyre, donde transcurre Los crímenes del número primo (RBA) de Reyes Calderón, uno de los fenómenos editoriales de los últimos meses, y un camino a seguir por su minuciosidad y su poderío narrativo dentro la novelística policiaca española. Personajes verosímiles, misterio y un marco histórico y social rabiosamente actual son los ejes sobre los que giran los rodamientos de esta poderosa novela. Un esfuerzo descomunal y brillante de Calderón, que nos lleva a otro misterio más insondable si cabe que el asesinato de un abad benedictino: de dónde saca el tiempo su autora (doctora en Economía y Filosofía, vicedecana de Económicas y Empresariales de la Universidad de Navarra, conferenciante y experta en cuestiones de corrupción) para crear una obra tan meticulosa y ambiciosa. Sobre todo, cuando te ronda una familia con nueve hijos. Perlas ensangrentadas Crimen y castigo en el tocadiscos DAVID MORÁN BARCELONA. La voz de Sarah Vaughan colándose por las rendijas de Fever el lamento crepuscular de Billie Holiday inflamando un nutrido catálogo de (bajas) pasiones, el frenesí hardbop de Art Bakley, el saxo de Lester Young licuando la atmósfera y sosteniendo la tensión... Entre humo, cigarrillos mal apagados y bombillas condenadas a vivir en la penumbra, el jazz se ha convertido en el mejor hilo musical para darle ritmo a la novela negra. La culpa es de Hollywood, que casi siempre ha recurrido al jazz para musicar adaptaciones cinematográficas. Existe, sin embargo, otro tipo de música, más cercana a las progresivas mutaciones del folk que, además de ayudar a entender la fascinación literaria por el crimen, se instala en la médula espinal del asesinato para cambiar el punto de vista y sentar las bases de una nueva banda sonora que no tendría problemas en darle volumen al boom que atraviesa el género negro. Desde Pshycokiller (Talking Heads) a Nebraska (Springsteen) pasando por Bonnie Clyde (Gainsbourg) y Midnight Rambler (los Stones) existen miles de canciones que condensan en tres minutos lo que un thriller se entretiene en relatar durante cientos de páginas. Algunas de las mejores están reunidas en Murder Ballads colección de baladas mortíferas firmadas por Nick Cave. Pero hay más. Muchas más. Ahí están Ballad Of Hollis Brown (Dylan) Country Death Song (Violent Femmes) Frankie s Man Johny (Johnny Cash) Revolution Blues (Neil Young) canciones que, igual que la novela negra, se entretienen en iluminar los rincones más oscuros del alma colocando bajo el microscopio todo tipo de crímenes y asesinatos. De muerte. Hammett y Chandler hurgaron con sus libros en las penumbras y zonas abisales de la sociedad de su tiempo