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Lunes 31 de Marzo de 2008 Editado por Diario ABC, S. L. Juan Ignacio Luca de Tena 7. 28027 Madrid. Teléfono: 913399000. Publicidad: 902334556. Suscripciones: 901334554. Atención al cliente: 902334555 Diario ABC, S. L. Madrid 2007. Prohibida la reproducción total o parcial sin el permiso previo y expreso de la sociedad editora. Número 33.707. Depósito Legal: M- 13- 58. Apartado de Correos 43, Madrid Precios de ABC en el extranjero. Alemania: 2,05 Bélgica: 2,00 Estados Unidos: 2,50 USD. Francia: 2,05 Irlanda: 2,10 Italia: 1,75 Holanda: 2,00 Portugal: 1,35 Reino Unido: 1,20 LE. Suiza: 3.40 CHF. Marruecos. 16 Dh. EN EL AIRE Mónica FernándezAceytuno LOS ATUNES o es raro que una orca pegue un bocado a un atún y cobrar el pescador sólo su cabeza. Dice Antonio Padilla Fuentes, marinero que durante años fue a pescar a Larache el atún rojo con anzuelo, que todos los días le tocaba a cinco o seis barcos cobrar la cabeza sola del atún porque una orca se había adelantado a la captura. Estas orcas no suelen verse en el Mediterráneo, pero sí en el Atlántico, en las proximidades del estrecho, esperando cada primavera el paso de los atunes rojos, como espera el halcón de Eleonor el paso de las golondrinas. Antonio los pescaba con anzuelo, y entonces iban tres o cuatro en el barco y cada uno podía estar durante horas con un solo ejemplar de atún, tirando y soltando lienza. En ocasiones, hasta quinientos metros de lienza se lleva en unos segundos el atún cuando ha mordido el anzuelo, en el que casi siempre ponen una caballa entera. Un atún, no puede nadie hacerse una idea de lo que es hasta que lo ha visto subir al buque y nota sobre sí la mirada del atún, como si te fuera a comer. Los ojos siempre abiertos, muy grandes, y mirando muy fijo, asegura Antonio. Pesa un atún cuatrocientos kilos. También las gaviotas participan en la pesca, y a su vez los atunes sacan a la superficie a las sardinas y a los jureles y a los boquerones, y el mar parece que está ardiendo de peces, y el cielo de aves. Al menos para los pescadores de Roquetas de Mar, mañana termina esta pesca del atún con anzuelo, por paro biológico. Porque empiezan a entrar los atunes rojos para desovar en el Mediterráneo. Puede que al campo no haya quien le ponga puertas, pero las del mar, se han abierto. www monicafernandez- aceytuno. com N Pran, con su esposa tras huir del infierno camboyano. En la imagen pequeña, una imagen reciente del fotógrafo REUTERS La muerte del silencio El fotógrafo Dith Pran, superviviente del genocidio camboyano instaurado por los Jemeres Rojos de Pol Pot e inspirador de la película Los gritos del silencio falleció ayer en Nueva Jersey a los 65 años POR FEDERICO MARÍN BELLÓN gas sufrieron una cicatriz indeleble en sus conciencias cuando los Jemeres Rojos retuvieron al heroico traductor y fotógrafo. El hombre que los salvó de una muerte segura debió sufrir cuatro años de hambre y torturas en los campos de la muerte, The killing fields que inmortalizara el cineasta Roland Joffé en 1984 y que aquí algún aspirante a poeta tituló como Los gritos del silencio La locura de Pol Pot, que pretendía abolir la educación y construir un estado agrario- la letra con sangre sale debía de ser su lema- no pudo con la tenacidad de su más distinguido prisionero. Después de sobrevivir cuatro eternos años a una dieta de una cucharada de arroz al día, completada con ayuda de las ratas e insectos que podría atrapar y de la carne todavía caliente de algún otro prisionero con menos suerte, Pran pudo escapar hacia Tailandia, donde Schanberg voló a su encuentro. El fotógrafo dejaba atrás a cincuenta familiares asesinados y los rumores de que él mismo había servido de alimento a los cocodrilos, como en verdad le ocurrió a uno de sus hermanos. El periodista americano limpió un poco aquella cicatriz mal curada y pudo compartir por fin el premio Pulitzer que en 1976 había aceptado en nombre de ambos. Una vez en los Estados Unidos, Dith Pran emprendía una carrera como fotógrafo en el diario neoyorquino, lo que simultaneó con una cruzada personal para que el mundo entero conociera el infierno que había sufrido el pueblo camboyano, en una ingenua lucha por conseguir que la historia no se repita más. Era el final menos infeliz posible para un hombre que sólo había empezado a utilizar una cámara como complemento a su trabajo como traductor, primero para el Ejército, luego para el turismo y, cuando la locura maoísta acabó con éste, para los periodistas que acudieron a retratar los horrores del régimen. En la película sobre la primera mitad de su vida, el doctor Haing S. Ngor, actor improvisado que aceptó interpretar a Dith Pran e incluso ganó un Oscar a su costa, dice algo así: El viento susurra miedo y odio. La guerra ha matado el amor Aquí, sólo el silencio sobrevive Descanse en paz el silencio. L a escena cumbre en la vida (y obra) de Dith Gran sobreviene en 1975, cuando, armado de valor e ingenio, convence a un grupo de soldados sedientos de sangre de que los tres occidentales que lo acompañan son periodistas franceses neutrales. Los reporteros se salvaron de una ejecución que apenas habría significado nada en medio de un genocidio que acabó con casi un tercio de la población de Camboya, pero el corresponsal de The New York Times Sydney Schanberg y sus cole-