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ABC SÁBADO 29- -3- -2008 El Catálogo Razonado de José Guerrero perfila una nueva imagen del pintor 69 Este libro demuestra que la Academia Sueca estaba informada del extraordinario valor de la obra última del poeta de Moguer Alfonso Alegre destaca que en España esa obra era muy mal conocida, cuando no hundida en el desprecio y el olvido, salvo excepciones Imagen tomada del frontispicio de Animal de fondo (1949) FOTOS: ABC Premio no me lo debieron haber concedido a mí, sino a Juan Ramón Jiménez, que se lo merece mucho más. Sí, sí, todos somos discípulos suyos La Academia Sueca pide en 1952 al catedrático de Oxford C. M. Bowra propuestas para el Nobel, en una consulta común en aquella época. Desde entonces será el primer valedor de Juan Ramón. Sus informes, publicados en este libro por primera vez, tuvieron efecto inmediato. Desde 1952 competía con un Menéndez Pidal apoyado desde la RAE y otras instituciones el poeta de Moguer, con los únicos valedores de Bowra y algún académico sueco como Hjalmar Gullberg. Aquel año, Pemán, Benavente y Gerardo Diego proponían a Concha Espina. Y ganó Mauriac. En el informe de la Academia se valora la calidad de Juan Ramón, y se duda de la idoneidad de Pidal para el galardón, por no ser creador, aunque se considera que sus grandes apoyos supondrían un homenaje a las letras hispanas. En 1953 hubo 25 candidatos. Pidal y Concha Espina siguen en la liza, con apoyos nacionales. Juan Ramón sólo con el del académico Gullberg. En el informe final, se tilda su poesía de elitista, un sambenito que pesará en años siguentes sobre su persona. La concesión del Nobel a Churchill en 1953 provocó una gran polvareda. En 1954 se repite el esquema, pero Juan Ramón es presentado por otro académico, Harry Martinson. Paradójicamente, Platero y yo tiene poca trascendencia para los académicos que dan el premio a Hemingway. En 1954, Juan Ramón entra en crisis psíquica. Pero sus poemas se publican en Suecia y su estela crece, gracias en parte al empeño de Arne Häggqvist. El poeta llega a la terna final. Sólo le faltaba el apoyo de instituciones, algo que sí que ocurrió en 1956, gracias a Graciela Palau, que activó la energía necesaria para que la Universidad de Maryland propusiese la candidatura de Juan Ramón al año siguiente. Así, en 1956, y tras un informe decisivo de la ex alumna de la Institución Libre de Enseñanza Matica Goulard, el poeta llega a la final. Borges, Alfonso Reyes y Neruda aparecen en las listas y vuelve a proponerse a Pidal desde muchas instancias, incluso desde la Universidad de Puerto Rico. Pero sí se sabe por el fallo ahora accesible que Pidal quedó finalista. El poeta recibe el premio entre lágrimas por la inminente muerte de Zenobia. Ezra Pound escribía: Felicitaciones de corazón para Juan Ramón. Pero la mala noticia que viene con ello, le quita el gozo, palabras, palabras. Ningún comité puede cambiar el tono de una vocal ni alterar el peso de una sílaba Un Nobel por algo más que Platero y yo J. G. C. MADRID. Esta Crónica de un premio Nobel resulta imprescindible para conocer los vericuetos que llevaron a la concesión del Nobel a Juan Ramón Jiménez. Su interés aumenta por los numerosos textos (cartas, cablegramas, informes, felicitaciones, etc. que aporta y que permanecían inéditos. Además de la felicitación que le envió el gran poeta norteamericano Ezra Pound, destacan las suscritas por Alfonso Reyes, Ernesto Dethorey, Eugenio Florit, las familias de Juan Guerrero y Elisa Ramonet, la revista cubana Orígenes (Lezama Lima, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Eliseo Diego, Ángel Gaztelu, Julián Orbón, Lorenzo García y Octavio Smith, a quienes se sumaron José María Chacón, Dulce María Loynaz, Max Enriquez Ureña, Gastón Baquero y, entre otros ilustres escritores y artistas cubanos, Roberto Fernández Retamar) Germán Arciniegas, Eduardo y Helena Mallea, Laura de los Ríos y Francisco, Concha e Isabel García Lorca, además de doña Vicenta, Joaquín Ruiz Jiménez, Pierre Seghers, Rafael y Aitana Alberti junto con María Teresa León, Jaime Salinas, José María Pemán, la Revista de Occidente de los hermanos Ortega Spottorno, Francisco Ayala, Jorge Guillén y por hacer la lista corta, nada menos que don Indalecio Prieto. Entre la documentación, se aporta, asimismo, la carta en la que la Universidad de Maryland presentaba su candidatura, pues no fue la de Puerto Rico, donde residía y que se había movilizado, aunque fuera de plazo, por Menéndez Pidal (con el apoyo de Juan Ramón) Por último, entre las joyas que incluye este volumen editado por Alfonso Alegre destaca el informe que Matilde Goulard de Westberg realizó para la Academia Sueca y que fue fundamental para la concesión del premio. Y destaca porque, seguramente por malevolencia política (nunca quiso Juan Ramón volver a la España de Franco) se cimentó la idea de que le habían dado el premio sólo, casi, por Platero y yo, cuando los académicos decidieron con verdadero conocimiento de causa.