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ABC VIERNES 28 s 3 s 2008 CULTURAyESPECTÁCULOS 77 La indetenible quietud vuelve a unir a Clara Janés y Eduardo Chillida Se reedita, ampliado y para el gran público, este libro diez años después de ver la luz TRINIDAD DE LEÓN- SOTELO MADRID. Diecinueve años tardó en pasar del deseo a la realidad La indetenible quietud (Siruela) un libro que fue siendo sueño en el disfrute de dos seres creativos: Eduardo Chillida y Clara Janés. Ella firma el que ahora trata de llevar al común de los lectores, una obra de la que en 1998 se editaron sólo cien ejemplares de precio elevado- -se presentó en el Reina Sofía en el mes de octubre- amén de otra edición bilingüe en Zúrich, que no alcanzó una difusión nacional. Pasados diez años, Janés ha querido que los poemas que escribió para reflejar en palabras grabados del escultor sean asequibles al gran público. Dado que los poemas sólo eran 32, ha dotado al libro de una segunda parte- Sondas al infinito (En torno a Eduardo Chillida) -en la que figuran una entrevista al artista, poemas a él dedicados, artículos también sobre el escultor aparecidos en este periódico y dos cartas que él envió a la escritora y que son una muestra del espíritu exquisito- -poético podría decirse en el caso de estas epístolas- del hombre cuya labor algunos reducirían al trato, aunque artístico, con la materia. Evoca Clara que conoció a Chillida en una exposición, circunstancia que forjó una amistad en la que a su vez se gestó un libro, cuya realización, como queda dicho, tardó en producirse. Fue en 1992, cuando el escultor le anunció que era hora de poner en marcha el soñado proyecto, si bien no iba a cumplirse el deseo de Chillida de que al abrir el libro se escuchara la voz femenina en versos. Esta idea le había gustado al artista a través de Kampa II poemas que Janés dedicó a Vladimir Holan. Lo preparó en manuscrito, acompañado de un casete, dentro de una tapa en cartón que ella hizo y forró de un delicadísimo algodón indio. No sólo lo conoció así el poeta checo, sino también Chillida, que por eso tenía interés en que al abrir el libro común lo perfecto sería que se oyera la voz de Clara. El caso es que la autora se puso a la tarea de escribir sin Gustavo Martín Garzo con su última novela, ayer en Valladolid R. SUÁREZ El mito es ese espacio de libertad donde todo es posible Gustavo Martín Garzo publica El jardín dorado donde la figura del minotauro es el reflejo de todos nosotros FÉLIX IGLESIAS VALLADOLID. Dice que es el libro en el que más libre se ha sentido mientras escribía. Hasta tal extremo que también es el que más ha tenido que cortar porque su gozo en la escritura le llevaba a extender las historias como las bungavillas y las madreselvas que se ramifican sin fin. El jardín dorado (Lumen) es la nueva novela del escritor Gustavo Martín Garzo, donde, como confiesa, ha vuelto en cierto modo a El lenguaje de las fuentes aunque esta vez es un mito griego, y no unas figuras bíblicas, el que sostiene sobre su espalda el cuerpo de la obra. Para la ocasión, la tragedia del minotauro, el hilo infinito de Ariadna o el laberinto son algunos de los protagonistas de esta novela. De algún modo nuestra vida se enfrenta a un laberinto y nuestro corazón es tan intrincado como éste, pues el hombre no acaba de saber a dónde va indica el premio Nacional de Literatura 1994, quien ha trasladado a la narración los requiebros del laberinto. Y lo hace desde la figura del mito, ese espacio de libertad, donde todo es posible, donde todo está abierto, en el que el hombre estaba en contacto con todo, con la naturaleza, con sus deseos apunta el escritor vallisoletano. Y, precisamente, en El jardín dorado Martín Garzo ha hecho un trabajo meticuloso cual orfebre, para embriagar a los lectores con los aromas, sonidos y tactos del paraíso perdido. Bruno, que así se llama el minotauro, porta la inocencia en un cuerpo distorsionado, brutal en su fuerza, pero tan huérfano de amor como los humanos que le rehúyen. Y es que esa búsqueda del amor, impulsado por el deseo, es hablar de la vida, pues vivimos en la medida que deseamos Aunque, claro, ese impulso irrefrenable nos lleva a los límites, al conflicto el mismo que sacude a los personajes de El jardín dorado donde el lado trágico los devasta cuando intentan acceder ciegamente al cumplimiento de los sueños y los deseos, enfrentándose sin aviso a las lindes de sus anhelos. Sin embargo, esta novela es un canto a ese momento mítico en el que el ser humano formaba parte de su entorno, tan inocente como para no ser consciente de sus límites, donde el amor parece infinito y la brutalidad no es fruto de la maldad. Y el minotauro es ese ser de fábula, ese monstruo que es el reflejo de nosotros, donde lo inconfesable también existe, arrebatado por la pasión Lejos de pretender vindicar la función del mito, Gustavo Martín Garzo subraya que siempre he escrito, de algún modo, en torno a los mitos, que son esas historias que siempre han acompañado al hombre por contar cosas esenciales de nuestra condición Una vez más la mujer, en este caso su voz, vuelve a enhebrar las páginas de una novela de Martín Garzo. Ariadna cose con su palabra las historias que riegan las páginas de El jardín dorado En su opinión, el lenguaje es un don de la madre. Desde antes de nacer ya nos habla. De algún modo, sus palabras son como lo latidos del corazón. Nos da la palabra, el gran don que nos hace hombres advierte el escritor. Clara Janés ABC Hasta los límites El mito El lenguaje es un don de la madre. Nos da la palabra, el gran don que nos hace hombres dice el autor conocer aún los grabados que figurarían en la obra. Para su asombro, Chillida al leer los poemas y contemplar sus grabados se emocionaba: Mira, este verso está a quí y este allí Quizá la explicación esté en que los 19 años de relación artística y amistosa le permitierón a Janés ir conociendo más y mejor la obra y el sentir del artista. La espera me demostró que no hay mal que por bien no venga. Por otra parte, me satisfacía tanto su atención hacia mí que llegué a olvidarme del proyecto dice convencida. ¿Tenían ambos puntos en común? La esencialidad, no entretenerse en la anécdota. No me siento protagonista, intento ver qué es lo que ese verso que me llega quiere llegar a ser. Chillida hablaba del aroma refiriéndose al momento en el que el artista intuye la obra, pero aún no sabe qué ni cómo es ¿Cómo recuerda a Chillida? Como persona destacaría su enorme naturalidad, no creaba ninguna barrera; como artista no era nada engolado, sino sencillo. En realidad creo que ambas vertientes van bastante unidas. Cuando le conté a Antonio López cómo me trataba Chillida, siendo yo muy joven, me respondió que esa es la manera del Dios bueno