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ABC VIERNES 28 s 3 s 2008 OPINIÓN 3 LA TERCERA RECORDANDO 1808 Todos, españoles, franceses e ingleses hemos superado inquinas seculares para encontrarnos pacíficamente en la casa común europea y nadie debería resucitar querellas viejas o recuerdos ensangrentados. Pero en ese benemérito empeño nada ayuda maquillar la historia o retorcer su significado. Una adecuada comprensión de lo que ocurrió es el mejor y más noble acicate para la reconciliación y el perdón... ASÁNDOSE en una novela de Stefan Zeromski, uno de los mejores exponentes, a principios del siglo XX, de la novela épica polaca, Andrzej Wajda realizó en el año 1965 la película Cenizas dedicada a narrar la historia de los soldados polacos que lucharon y murieron como miembros de la Grande Armée durante las campañas napoleónicas. Los protagonistas, dos oficiales de la entonces inexistente Polonia, recorren la Europa destrozada por la ambición del corso y en su peripecia, que incluye la carga de la caballería polaca contra las fuerzas españolas en Somosierra en el momento en que Napoleón se dirige hacia Madrid, participan en los sitios de Zaragoza. Allí, en la capital aragonesa, cuando después de varios intentos los franceses entran en la ciudad, convertida en despojo humeante y ruinoso, los dos polacos resumen el cansancio del empeño en una amarga reflexión: ¿Qué hacemos aquí, luchando contra la libertad de los españoles cuando lo que tendríamos que hacer es batallar para obtener la nuestra, la de Polonia, la de todos nuestros compatriotas? Doscientos años después, no es ocioso que, al aire de la conmemoración y en el reguero de interés que el aniversario afortunadamente ha despertado, los españoles aprovecháramos el momento para recordar lo que pasó y adjudicáramos para coletos propios y extraños las notas y las lecciones que el evento suscita. No somos los primeros en hacerlo y será bueno recordar la abundante bibliografía que la Guerra de la Independencia ha producido desde el mismo momento en que tuvo lugar. A lo mejor es este el momento de recuperar a don Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales o de releer los análisis históricos de Jover, o de Pabón, o de Almagro. Información ciertamente no falta. Quizá falte, sin embargo, un compendio para uso de contemporáneos sobre los datos del conflicto, las emociones que suscitó y las consecuencias que para España trajo. Cuestiones todas ellas para ser tenidas en cuenta e interiorizadas en el almario de los españoles y al margen de todas las manifestaciones bien intencionadas que bajo formas diversas- -seminarios, coloquios, mesas redondas, talleres, exposiciones- -procurarán reunir en el mismo lugar a los contendientes de antaño. a Guerra de la Independencia fue una terrible tragedia impuesta por el Imperio francés sobre nuestros destinos. Cierto es que la España de comienzos del XIX, enmarcada por la penosa gobernación de Carlos IV y de Fernando VII, distaba ya mucho de la que había conocido el poder y la gloria dos siglos antes. Cierto es que los españoles de entonces y de ahora encontraban y encuentran poco consuelo en aquel país venido a menos, empobrecido, anulado y sometido a los caprichos de las camarillas palaciegas. Pero la francesada -como todavía es recordada en muchos rincones de España- -aceleró innecesariamente el estallido de la pústula y en nada colaboró a la solución de nuestros problemas. El recuerdo de la Constitución de 1812 como efecto positivo de la guerra- -aun sin tener en cuenta que B tarde o temprano, con guerra o sin ella, la misma Constitución habría visto a la luz- -no basta para compensar el sufrimiento, la devastación, la muerte que las tropas francesas trajeron a nuestros pagos. La Guerra de la Independencia es el conflicto en donde, en términos relativos, más españoles perdieron la vida. La destrucción material, los saqueos, la rapiña del invasor dejaron huellas de larga duración y profundo impacto en nuestra economía y en nuestro patrimonio. La pérdida del Imperio español, inducida y acelerada por la invasión, tuvo lugar en las peores condiciones para nuestros intereses nacionales. Y los ideales ilustrados de la Revolución- -ya compartidos por muchos españoles antes de que el caporal se proclamara Emperador- -quedaron atascados y rechazados en la brutalidad de los violadores de nuestra soberanía. yudaron los ingleses en términos significativos y Wellington es para algunos el paradigma de lo que hubiera debido ser una historia más anglo- española que hispano- francesa. Lo hicieron, cabe recordarlo sin mengua en absoluto de la importancia de su aportación, porque Napoleón estaba por aquí, no porque estimaran digna de ser atendida la causa del sojuzgado solar español. Para ellos la guerra fue Peninsular nunca la de la Independencia y jamás ocultaron la reducida consideración que sentían por los españoles. Léanse los despachos del general británico para comprobarlo. No tuvieron los ingleses ningún empacho en destruir o saquear cuando las necesidades bélicas lo aconsejaban o cuando la soldadesca se mostraba levantisca y Béjar y sus paños o el Buen Retiro y sus porcelanas figuran en la lista de los destrozos ocurridos en la estela de las tropas del duque. Cuyo afán coleccionista según algunos historiadores, era similar al de Soult, Murat o José I. Y cuando llegó el Congreso de Viena y se diseñó la reconstrucción continental tras la derrota del A Emperador de los franceses, la dolorida y destrozada España no fue tenida en cuenta en el reparto de los despojos o en reconocimiento debido a la gesta de sus habitantes. Porque en verdad fueron estos, los españoles, los que sacando fuerza de flaqueza y encontrando una causa nacional en la que unir sus desvelos- -la lucha contra el invasor- -los primeros en intentar oponer coto a los diseños napoleónicos. Y allí se encontraron reunidos los liberales y los conservadores, los curas y los parroquianos, los hombres, las mujeres y los niños, los militares y los civiles, los nobles y los arrieros, los ilustrados y los analfabetos, los catalanes y los castellanos, los vascos y los valencianos, los murcianos y los extremeños, los andaluces y los navarros. Durante la guerra, y en la perspectiva histórica que el tiempo nos ofrece, resulta impresionante y conmovedora la contemplación de un pueblo que a impulsos de su propia dignidad y sólo con los líderes que él mismo pudo generar en momentos de terminal orfanato supo hacer frente al invasor sin más armas que las proporcionadas por los cuchillos para desventrar los caballos de los mamelucos. ¿No es esa acaso una buena historia para recordar? ¿Será excesivo afirmar que nos debieron, y no pagaron, mucho más de lo que nunca nosotros les adeudamos? Napoleón está en los Inválidos y Wellington en la catedral de San Pablo y todos, españoles, franceses e ingleses hemos superado inquinas seculares para encontrarnos pacíficamente en la casa común europea y nadie debería resucitar querellas viejas o recuerdos ensangrentados. Pero en ese benemérito empeño nada ayuda maquillar la historia o retorcer su significado. Una adecuada comprensión de lo que ocurrió es el mejor y más noble acicate para la reconciliación y el perdón. La memoria de las lágrimas merece la soledad de los que las vertieron. La gloria y la tragedia fueron en exclusiva nuestras. ace años el que entonces era embajador polaco en España, el excelente hispanista y buen amigo Jan Kieniewicz, organizó unas jornadas de confraternización hispano- polacas en recuerdo de la carga de la caballería polaca en Somosierra y me invitó a participar en las mismas. Decliné el ofrecimiento recordándole las palabras de los oficiales polacos en Cenizas y negándome a participar en un acto que evocaba la memoria de los invasores. Creí entonces, y creo ahora, que la historia de la Guerra española de la Independencia contra el invasor francés es demasiado seria, importante y trágica como para diluirla en amabilidades corporativas o en juegos florales académicos. Pasó lo que pasó. Y nos salvó nuestro propio coraje. Porque como gemía Bernardo López García en las décimas que inflamaron nuestra infancia do quiera la mente mía sus alas rápidas lleva no hay un puñado de tierra sin una tumba española H L JAVIER RUPÉREZ Embajador de España