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ABC JUEVES 27 s 3 s 2008 Tribuna Abierta AGENDA 61 Joaquín Albaicín Escritor ABOCADOS AL TEATRO UANJO Alonso Millán, con quien coincidimos la otra noche en Mayte Commodore, nos invitó a dejarnos caer por el Muñoz Seca, cuyo escenario acoge su más reciente trabajo de dirección, Usted tiene ojos de mujer fatal... y- -perennes admiradores de Jardiel, el hombre que osara reconocer que escribía para grandes masas, pero encefálicas- -raudos le tomamos la palabra. No era cosa de faltar a la cita con el inmortal autor de títulos tan solemnes y clarividentes como Espérame en Siberia, vida mía o Como mejor están las rubias es con patatas. Un Jardiel es siempre un Jardiel, y más aún al cuidado de un comediógrafo y director adscrito a su misma genealogía intelectual y artística... Y con decorados de Mingote, navegante también de idéntica línea de flotación por los mares de la risa. onstituyó todo un placer aplaudir a Rosa Valenty, uno de los puntales de la escena desde hace tantas temporadas y que, aunque rubia de Jardiel, luce muy bien así, sin patatas. No la veíamos desde La otra orilla, de López Rubio, cuyo estreno en el Maravillas organizara Gonzalo Presa, con asistencia de Sus Majestades los Reyes, hace ya unas cuantas lluvias. Y es que nos encanta el teatro, pero la verdad es que nunca- -por falta de tiempo, que es lo que queda bien decir- -hemos sido asiduos de sus butacas. Nos congratulamos de tocar las palmas asimismo a una Lara Dibildos inédita hasta entonces como actriz para nosotros, y que nos satisfizo plenamente. A Fabio León en el papel de mayordomo, sin duda columna vertebral del libreto. Y a Antonio Espigares dando vida a Sergio Hernán, un alter ego del Carlo Monte protagonista de otra comedia famosa de Jardiel. A toda la compañía, en fin, de esta obra escrita y representada a compás de fox- trot. Transeúnte por la vida de J Jardiel fue un crítico amable, pero sumamente certero, del pijerío de su tiempo. Le gustaba burlarse de la Cercedilla, el San Sebastián y el París prendidos en la boquita de piñón de las marquesas oriundas de la Mancha, y habría caricaturizado hoy al hombre en bermudas uno en plenos años treinta y, llegado el descanso, haya de salir a fumar a la calle, habiendo un vestíbulo tan confortable en el que, mientras echa humo, puede uno entretenerse escrutando las fotos, colgadas en sus paredes, de Enrique Cornejo con Enrique Ponce, Espartaco, Curro Romero... La culpa, claro, no es de la gente de la farándula. Es, simplemente, un síntoma de lo mal que va el país. Y, cuando, ya en la rúe, constata uno que sobre sus adoquines hay sólo una colilla de negro por cada diez de rubio, ve que no es que esto vaya mal, sino peor. n regocijo siempre, ver un Jardiel sobre las tablas. Hay quien continúa sermoneando con eso de que el teatro está en decadencia. En realidad, el vídeo y los canales digitales apenas han dejado títere con cabeza, y son los cines los que parecen en vías de extinción. En la Gran Vía, de la que fueron indiscutibles reyes, quedarán dos o tres. Y es que están siendo trasladados desde su espacio natural- -la urbe- -hasta esos centros comerciales de los extrarradios y más allá, donde ir al cine es sólo una prestación más de un paquete que incluye atracón de comida basura y compra de un par de chancletas o un chubasquero, según la estación. Tan memorable película como El buen pastor es la que más tiempo hemos visto últimamente sostenerse en la cartelera madrileña propiamente dicha, y debió aguantar cosa de un mes, lo que ya nos pareció muchísimo tratándose de una película sólo para masas encefálicas, que hoy escasean en general... En tanto los teatros no sólo no cierran, sino que, como el Muñoz Seca, cuelgan en taquilla el cartel de No hay billetes para las dos funciones y hasta reabren sus puertas, como hace poco el Pavón de la mano de José Maya. Ante la poda, siega y barrido de salas de cine a que asistimos, uno juraría no sólo que el arte de Esquilo no se acaba, sino que- -es más- -estamos abocados a él. U C cocktail en los días en que las aristócratas fumaban en pipa de vampiresa y los niños de papá gastaban pajarita al cuello y calcetines a rombos asomando por el bombacho, Jardiel fue un crítico amable, pero sumamente certero, del pijerío de su tiempo. Le gustaba burlarse de la Cercedilla, el San Sebastián y el París prendidos en la boquita de piñón de las marquesas oriundas de la Mancha, y habría caricaturizado hoy al hombre en bermudas- -léase pantaloncito corto- -con idéntica sutileza que ayer al de los bombachos y los rombos, del que son incontestables herederos los Borjamari y Pocholo de Santiago Segura. La Cercedilla, el San Sebastián, el Montecarlo y el París de Jardiel son como la Damasco y la Bagdad de las maravillosas películas de María Montez: un absoluto disparate, pero un disparate absolutamente creíble a poco que se tenga imaginación o, lo que es lo mismo, a poco que se esté bien de la cabeza. Sólo los acomplejados no se ríen con Jardiel. er cualquier obra suya es retornar a aquella gran década de los años treinta, aunque, por descontado, traducida al montenegrino por la mirada irónica de tan inspirado escri- V tor de café. Es magnífico poder regresar, siquiera sea durante un par de horas, a los días en que las muletas de Cagancho, Garza y El Soldado hechizaban en los redondeles ante toros de Coquilla a la par que Ronald Colman ponía de moda los Himalayas con Horizontes perdidos. A los días en que, allá en el remanso donde Alcalá va ya a desembocar en Sol, abrían sus puertas el Lyon D Or, Fornos, el Suizo- -donde antaño desayunara cada mañana Joselito El Gallo- -y el Regina, donde se enteró Clarito de su muerte en Talavera, y que es el único de aquellos cuatro ases de la hostelería con solera que aún medio subsiste. A los días, en fin, en que todavía se daba al coronel Percy Fawcett por desaparecido en las insondables espesuras del Matto Grosso cuando trataba de descubrir- -y, a buen seguro, descubrió- -una civilización perdida. Para eso, al fin y al cabo, se va uno en busca de civilizaciones perdidas: para perderse en ellas. Muy perdida o, como mínimo, floja de brújula vemos, en otro sentido, últimamente a España. Y es que, por deleitoso que resulte ser conducidos de mano de Alonso Millán hasta los años treinta, hay aquí algo que no pega. Me refiero a lo tremendo de que esté Santiago Tena Escritor PADRES aniela, ¿cómo te lo cuento? ¿Que somos buenos padres? Supongo que sí, lo somos, pero también te cuento que como padres lidiamos con nosotros mismos, que a ciegas luchamos casi más con nosotros mismos que con los niños, y en esto tú eres como yo, todos somos en algún punto iguales: humanos, terriblemente humanos, y a menudo como padres quisiéramos ser dioses, quisiéramos nunca equivo- D Hay algo muy vivo en la magia de la vida que se te abre al hacerte padre carnos, y no hay manera, y un error detrás de otro, y de acuerdo: aciertos y amor y cariño y reírnos con ellos y momentos buenos, sí, de acuerdo, pero también errores, enfados a destiempo, distracciones, faltas nuestras de respeto a ellos por pensar que como padres tenemos derecho, y no: no lo tenemos. No sé si tienes la misma fantasía acaso real que yo tengo: yo pienso que desde el momen- to en que te haces padre o madre, algo cambia en ti, hay algo muy vivo en la magia de la vida que se te abre al hacerte padre; ¿cómo explicarte? Quizá tú como yo tienes fe en que hay algo más, ni siquiera es necesario ponerle nombre ni hablar de religión ni de filosofía, no: te hablo de la vida, de nuestra vida de todos los días, de las cosas que no entendemos, de las casualidades así llamadas y que nosotros sabemos que no son azar, de las pequeñas cosas inexplicables que nos hacen sentir esperanza en que todo esto tenga sentido: pues bien, en ese ámbito, yo sí noto en mí la magia de ser padre, el poder de ser padre, poder y magia entendidos como algo que va más allá de lo material y de lo racional, y creo con toda firmeza que mi noción del sentido de la existencia es mucho más clara desde que nació mi hija, mi fe firme en la verdad de que el espíritu es lo que lo forma todo y en la verdad de que la materia siempre es vencible y solo un sueño que nosotros soñamos y formamos, es más firme aún desde que soy padre. Y en eso sí somos un poco Dios. Y amor.