Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MIÉRCOLES 26- -3- -2008 Bob Dylan, artista elegido para cerrar el próximo 6 de julio Rock in Río- Madrid 73 La escopeta nacional (1978) Director: Luis G. Berlanga Belle Epoque (1992) Director: Fernando Trueba La niña de tus ojos (1998) Director: Fernando Trueba La lengua de las mariposas (1999) Director: José Luis Cuerda Los girasoles ciegos (2008) ABC E. R. Director: José Luis Cuerda Oti Rodríguez Marchante ENTRE LAS RAMAS EL GENIO D iscreto y al tiempo atrevido como sólo lo puede ser un lunar, Rafael Azcona ha tenido la discreción y el atrevimiento de querer morirse en secreto, lo que viene a asentar esa idea que siempre se ha tenido de él: la de un hombre que juega al escondite. En un mundo donde el que puede (y hasta el que no puede) vive de y por la cara, Rafael Azcona se la birló siempre a la luz y a las cámaras. Su trabajo era su propia fisonomía. Antes se dejaba dar un guantazo que un homenaje, y prefería recoger un aviso de multa que un premio. Un tipo raro. O sea, inteligente. Y a pesar de esto, de no dar la cara, sino exclusivamente el talento de su trabajo, Rafael Azcona ha sido el gran rostro del cine español durante algunas décadas al final del siglo pasado. Sí, el gran rostro: los ojos, los oídos, el olfato y ese regusto ácido para saborear el cuerpo y el alma de una sociedad como la de la España de los cincuenta, sesenta y setenta, su montón de vicios y su media docena de virtudes... y supurárselo todo ello con gracia cordial pero también tóxica y llena de plutonio y escarnio a algunos de los grandes directores para que lo corroboraran en imágenes, especialmente a Ferreri, o mejor, especialmente a Berlanga, pero también a Saura, Forqué, Fernán- Gómez... y luego a Olea, Masó, Trueba, García Sánchez. Pero, en fin, aunque muy pocos le ponían cara, todo el mundo sabía lo que era el rostro Azcona por películas como Plácido El verdugo El cochecito o El pisito y así consiguió Azcona con los años y con la esponja y la retranca alcanzar esa cumbre a la que sólo aspiran los más sabios de entre los grandes genios: ser sin la necesidad y el engorro de tener que estar. Su trabajo, en este sentido, acaba de llegar a la perfección: ya sólo será. S. ESPINOSA región más grande de España, ¿por qué no vamos y nos la comemos? Nos poníamos a comer sardinas, y nos la zampábamos todas En tres palabras explicaba cómo toreaba a la censura: Porque escribíamos sainetes Se resistía a creer que la censura aguzara el ingenio. Lo consideraba una falacia: La censura es como el hambre: te reduce a la nada. Si lo de avivar fuera verdad, ahora que no hay censura gubernativa, pero queda la de la Iglesia, pues todos los escritores y autores harían cola delante de la venta- nilla para ponerse esa dificultad. Y en esa cola no hay ni teólogos advertía. Soñaba con rellenar una Primitiva y que le tocara el gordo confesaba a ABC en su última entrevista. Eso lo consideraría como una congrua y jugosa jubilación, porque Azcona no se podía permitir el lujo de retirarse, aunque trabajar cansa Durante muchísimo tiempo nadie cotizó por él. Una vez acudió a una ventanilla de la Seguridad Social a preguntar Su sueño, la Primitiva cómo se cotizaba, y le respondieron que Azcona valía unas cuarenta mil pesetas. Porca miseria para el talento. No se quejaba, ni se maliciaba. Si hubiera sido contable ya se habría jubilado, pero los números le producían migrañas. Y pensó que a lo mejor con las letras podía ganarse la vida, y por mimetismo comenzó a escribir. Lo primero que hizo fue dirigir unos poemas a una chica que no le correspondió. Desasosegado, trató de trascender en esos versos, y lo logró en cine. No se fiaba Azcona de la manipulación de los sentimientos: Que alguien se emocione oyendo Suspiros de España (o Paquito el chocolatero no le da derecho a nadie a mandar a ese alguien a morir por la Patria, pongamos por ejemplo tragicómico. Las prohibiciones en materia genésica de sexo lo que producen son perversiones en los sentimientos apostillaba. Autodidacta por fuerza de la escuela del guión y de la vida, no pasó por el Bachillerato, y su regla de oro se cifraba en 21 palabras: Procurar no escribir lo primero que se te ocurre, porque es muy posible que ya se le haya ocurrido a otro Lo primero es vivir Algunos años después Marco Ferreri le llevó a conocer el hielo del cine. El realizador italiano le descubrió en La Codorniz -donde Azcona creó al repelente niño Vicente y tras leer Los muertos no se tocan, nene le llama y le dice que quiere hacer una película sobre eso: Y me lleva al cine, porque nadie me había habla- Ferreri le metió en el cine, y junto a Berlanga triunfó con Plácido El verdugo La vaquilla do de cine, ni yo estaba interesado por el cine Azcona deshiela la larga posguerra con El pisito y aprende de Ferreri que lo primero es vivir Aunque trató de escaquearse, en España se nos educaba para morir bien, de una manera edificante despidiéndose de todo el mundo, y diciendo nos veremos en el cielo Era una especie de formación para la muerte. Pero cuando Ferreri me lleva a Italia, en el año 61, compruebo que allí, debajo de la Cúpula de San Pedro, a la sombra, la gente lo que quiere ¡es vivir! no morirse Érase un cine español a las manos de un genio pegado. Érase un guión superlativo. Érase unos ojos tiernos, tímidos, que nos enseñaron a ver. ¿Se dejaría clonar, señor Azcona, por el bien de la Humanidad de sesión doble, dos para la tres, palomitas, y zarzaparrilla? -Venga, no exageremos. Además, ¿no hemos quedado en que no me voy a morir?