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70 TOROS www. abc. es toros LUNES 24- -3- -2008 ABC El Cid cortó la única oreja de la tarde al mejor toro del descastado sexteto de Fernando Domecq REUTERS Sólo El Cid templó Sevilla con su zurda MAESTRANZA Real Maestranza de Sevilla. Domingo de Resurrección, 23 de marzo de 2008. Lleno de no hay billetes Toros de Zalduendo, desiguales, justos de presencia y fuerza; mansos y rajados; destacó el noble 2 Enrique Ponce, de grana y oro. Estocada caída (silencio) En el cuarto, media estocada arriba (silencio) El Cid, de azul marino y oro. Estoconazo mínimamente atravesado (oreja) En el quinto, estocada desprendida (saludos) Alejandro Talavante, de grana y oro. Estocada corta, trasera y tendida y tres descabellos (silencio) En el sexto, pinchazo, estocada muy atravesada que escupe y dos descabellos (silencio) ZABALA DE LA SERNA SEVILLA. La fría tarde de este madrugador Domingo de Resurrección no se calentó nunca en Sevilla ni en el ruedo ni en los apretados tendidos. Sólo El Cid templó el ambiente con su izquierda. Un Cid iluminado en el escenario de la Maestranza, serena madurez, otro estar y otra luz y apostura distintos a los de Valencia, donde la suerte no le sonrió como ayer. Una sonrisa tibia, pero generosa en proporción a cómo salió el resto de la mansa y rajada corrida de Zalduendo. El lote fue el suyo, dentro de un orden. Un toro descolgado, largo y estirado de carnes, justo de fuerza, fue lidiado con esmero y medido con milimétricas dosis por El Boni, que lo administró a la perfección: ni un capotazo necesitó para colocarlo en el primer par, andándole por la cara. Cid se abrió con él a los medios con un buen principio, pase de la firma rubricado con buen aire y una trinchera muy torera. La zurda pronto toreó muy en largo, suave y ligado; embarcadas por derecho y por delante, las embestidas se prolongaban quizá un tanto en línea para ayudar, que el zalduendo guardaba la casta justa para emplearse por abajo. Cuando el diestro de Salteras se la echó al hocico y arrastró las telas mediada la faena, templadísimo y por abajo, el toro lo acusó. Y, de hecho, terminó rajadito, no sin antes obligar a El Cid a recolocarse para provocarle algo más al pitón contrario. Todavía lo apuró en dere- chazos en el momento exacto en que el noble domecq volvía ya grupas. Un espadazo por arriba y una oreja de justicia para compensar los únicos oles que se escucharon con sinceridad en la tarde, dedicados a su toreo al natural. Bien voló el capote El Cid a la verónica en el saludo al quinto, cogido por alfileres y escogido con mimo por su poca cara. No sería el único. Rafael Perea El Boni se gustó con las banderillas, y si llega a rematar el torero planteamiento del segundo par, suena la música, seguro. Manuel Jesús Cid fue todo mimo con su bondad. Curvó más el trazo en una tanda de naturales a la cadera, pero el torete perdía gas a marchas forzadas y no pudo haber más. Sobrado el torero, se puso ojedista, por aquí y por allá, pelín abusón, con la llama apagada de la bravura. Salió airoso con una faena que sacó el jugo entero, que fue escaso, de aquel amigo. Enrique Ponce, que venía lanzado como un cohete de Fallas, se frenó en seco con el pobre material con que se encontró. Enmorrillado y sin cuello, el primero se distraía, no quería caballo y se salía sueltecito del capote del maestro, que se empleó en encelarlo y conducirlo al peto. El silencio de la Maestranza empataba en baja temperatura con el clima; las voces que dirigían la brega sonaban por momentos a plaza cerrada, un eco de tentadero lejano de Salamanca. Ponce uso las fórmulas de taparle mucho la querencia, con la muleta puesta a su altura, que no era precisamente humillada. En redondo parecía que aquello iba a levantar el vuelo, pero al final cantaba siempre la gallina: mansedumbre. Nada para la que lució el cuarto desde que pisó el albero, un feo toro silleto, hecho en escalones y sin seriedad por delante. José María Tejero se ha convertido en un tercero eficaz que asa con potencia a los toros con los palos. Evidentemente, el motivo de que el de Zalduen- La mansa y rajada corrida de Zalduendo empató a la baja con la fría temperatura reinante en la tarde do se rajase no fue ése. ¿Quién dijo zalcuento No hubo ni por dónde meterle mano. Lo más bello de la lidia fueron unos delantales, llamado también por los viejos revisteros el quite del mandil, que Ponce selló con una revolera garbosa. El garbo que no halló por ninguna parte Alejandro Talavante. Qué malamente anduvo. Sus avíos responden a la talla XXL, y encima no los maneja con soltura; del capote mejor ni hablar. El castañito y engatillado tercero tuvo su motor de empuje en principio, se arrancaba con brío y empujó en el caballo en los dos puyazos. Falsas apariencias: buscó tablas nada más arrancar la faena. Y allí, donde el toro quiso, se fue Talavante, telonazo va y telonazo viene. De mitad de viaje en adelante, el toro tiraba un tornillazo que no se sabe aún a estas horas si justifica tantísimos enganchones en su (mal) trato y pésima brega. Al mugidor sexto, el de mayor presencia, ni lo picaron. Y ni por ésas. Menos mal que ahora en Sevilla las corridas se compran a pares, y así don Fernando Domecq tendrá la oportunidad de desquitarse en abril...