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ABC LUNES 24 s 3 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA APORÍA DE LAS BOMBAS N uno de los momentos más tensos de la última legislatura, Rajoy encerró a Zapatero en una feroz aporía: si no negocia le ponen bombas, y si no se las ponen es que está negociando Se olvidó de un tercer supuesto, más atroz pero no menos real: que negociase mientras le ponían bombas, como en efecto ocurrió tras el atentado de la T- 4. Por eso el presidente ha generado un problema de credibilidad antiterrorista, que desde luego no le ha impedido ganar las elecciones, pero sí nubla la confianza en su palabra, incluso en medio de un escenario tan inquieIGNACIO tante como el retorno de CAMACHO ETA a su siniestra normalidad sangrienta. Estos días seha sabido, por boca de un funcionario indiscreto, que Tony Blair, consejero áulico de ZP en el fracasado proceso negociador, se sentó él mismo a hablar con los jefes del IRA para desbloquear el colapso de los acuerdos de Stormont. El precedente resulta de lo más alarmante si se considera el pragmatismo relativista de nuestro presidente, capaz de saltar sobre los principios como un funambulista suicida. Tomando la cuestión por el lado más benévolo, ese ejemplo demencial ya habría sido utilizado como modelo para proseguir las conversaciones después del bombazo de Barajas. Pero queda la posibilidad pesimista: que Zapatero se reserve un salto al vacío como pirueta estelar de sus ejercicios de ingeniería política. De todos modos, el peligro de la cuestión no consiste en lo que pensemos los ciudadanos, sino en lo que puedan elucubrar, en su delirio, los terroristas. Mientras Zapatero se niegue a zanjar de forma expeditiva el debate sobre una vuelta a la negociación, mientras se refugie al respecto en casuismos y ambigüedades, ETA podrá pensar que los atentados y los contactos no son incompatibles, y alentará alguna clase de expectativa. La única vía capaz de cerrar esa alucinación desvariada es el retorno al Pacto Antiterrorista, donde está escrito que el Estado no negociará, no pactará y no cederá bajo ninguna circunstancia y en ningún supuesto a otorgar al terrorismo una sola concesión política. Con la firma del presidente, que fue por cierto el autor de la iniciativa. El problema consiste en que Zapatero ha dado muestras sobradas y explícitas de que ya no cree en ese método. Que para él, el horizonte final pasa por una foto una mesa, un acuerdo, aunque las condiciones ya no puedan ser las que ensoñó en el quimérico autismo del mandato anterior. Es ahí donde está el punto de quiebra de la unidad y del consenso. En la falta de claridad, en la indeterminación sobre los principios que sustentan la cohesión del Estado. En la ausencia de un concepto común sobre la solución final de un terrorismo que, aunque acorralado y exangüe, conserva notable capacidad de daño. Alrededor del dolor de las víctimas siempre habrá consenso; lo difícil, lo improbable, es volver a lograrlo, después de tantas mentiras, sobre la confianza esencial de que no habrá más procesos, ni más citas, ni más cabriolas sobre el alambre de un desvarío. Y de que, con o sin bombas, la trágica aporía de la negociación será lo que siempre debe ser: un ilógico sinsentido. E RESUCITAR EN SEVILLA EL ÁNGULO OSCURO E NTRA por mi ventana, en la mañana del Domingo, la exultación del bronce, todas las campanas de Sevilla anunciando que Cristo ha resucitado. En Sevilla la Semana Santa no es triste porque, como explicaba Antonio Burgos en su prodigioso pregón de este año, hemos visto muchas veces esta película, siglos la llevamos viendo. Y sabemos que termina bien. Vamos, divinamente, porque es cosa de Dios. Sabemos que, aunque lo pase muy malamente, al final el bueno, el Muchacho, el hijo de la Señora Guapa, gana y se sale con la suya, que es morir para salvarnos. Y que después, además, resucita el Domingo Y esta alegría presentida de la Resurrección, que es el Evangelio popular de Sevilla, es la que uno encuentra en cada esquina, la que asoma a los balcones engalanados, la que guía los pasos de los costaleros, la que trepa hasta las nubes, suplicando que no llueva. El hombre no puede caminar sin apoyarse en algo; y ese apoyo se lo brinda la fe. Cuando esa fe se agosta, el hombre cae en la desesperación, una desesperación que empieza por dominar los espíritus más escépticos, para acabar anegando a la sociedad entera, haciéndola no sólo impotente al esfuerzo vital, sino JUAN MANUEL también poseída de una sorda sed de desDE PRADA trucción. Esa desesperación pagana fue la causa del derrumbe del Imperio Romano; y en nuestra época neopagana la desesperación vuelve a hincar su garra en el alma humana, vuelve a invadir con su lúgubre grito las cámaras del corazón. Y esta nueva desesperación que nos ataca es, como sostiene el gran Leonardo Castellani, mil veces más acre y sacrílega actualmente que en el paganismo precristiano, pues entre éstos y aquéllos ha pasado nada menos por el mundo la Esperanza hecha Carne; y, voto al cielo, no ha pasado en vano Que no ha pasado en vano lo certifica este forastero en Sevilla. En la noche de Jueves Santo, como nos anuncia el pregonero Antonio Burgos, Sevilla hace público juramento de fe y credo, sacando a la calle su portento de religiosidad popular La desesperación pagana flaquea y retrocede ante la imagen de ese Cristo del Gran Poder, veci- no de San Lorenzo, que sale a la noche con la Cruz a cuestas, a hombros de los costaleros que imprimen a su avance un andar casi humano de tan sobrehumano. Se hace un silencio encogido, y a los rostros de los circunstantes asoma una lágrima, que es el agua lustral que lava las legañas de la desesperación, un agua brotada del manantial más profundo de nuestra genealogía, allá donde el hombre se reconoce al contemplarse en el rostro de ese Nazareno que tiene por oficio salvar el mundo. Lo sigue su Madre bajo palio, envuelta en un olor de incienso y colmena derretida, escoltada de cirios que son un llanto trémulo y una promesa de luz. Y, de repente, rasgando las tinieblas, como un puñal purísimo, suena una saeta que es una oración en carne viva en la que cabe el innumerable dolor del mundo; y a lo lejos, en la penumbra de una casa, detrás de una reja, una anciana se santigua, porque Dios pasa por su calle. La otra noche, mientras contemplaba el paso de una procesión desde el florido balcón de la casa donde me hospedo- -la Giralda al fondo, apuntando a las estrellas- reparé en una hermosa mujer rubia que avanzaba entre la multitud, como Ingrid Bergman en aquella película de Rossellini. Había en su avance algo de locura sagrada, una voluntad más firme que su mera envoltura carnal; había en su mirada una determinación que la incendiaba por dentro, tornándola ascua de una fe milenaria. Y, como si esa determinación contagiara de un sentimiento reverencial a quienes la rodeaban, la multitud se retrajo para que aquella mujer pudiera alcanzar el paso de la Virgen. Y vi a la mujer aferrarse al paso de la Virgen, la vi llorar sigilosamente y rezar una plegaria elemental, aprendida seguramente en la infancia, la vi perderse entre la comitiva, como prendida al manto de la Virgen. Y, mientras veía alejarse a esa mujer santa o pecadora por las calles de Sevilla, ensimismada en su oración, hermoseada por la llama rubia de su fe, pensé que acababa de pasar ante mis ojos la Esperanza hecha Carne; y, voto al cielo, también pensé que no había pasado en vano. Aún es posible resucitar en Sevilla; aún la desesperación no ha ganado la batalla. www. juanmanueldeprada. com