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ABC MIÉRCOLES 19 s 3 s 2008 OPINIÓN 3 LA TERCERA REFLEXIONES INTEMPESTIVAS Se ha derrotado a la derecha- -ahora y antes: la dificultad histórica del PP para rebasar los diez millones de votos ofrece también un lado misterioso- -gracias, sobre todo, a la retórica. Se ha embutido a la derecha en un cerco de lugares comunes que despiertan la ira automática de un porcentaje considerable de la población. La mejora de la derecha habrá de llegar, por consiguiente, por un cambio de estilo, más que de mensajes. ¿Fácil? No, dificilísimo. Aun siendo eso, dificilísimo, existen errores gratuitos... OS hechos sepultan a los hechos. En este instante, interesa más conocer cómo armará Zapatero la próxima mayoría de gobierno, que aclararse sobre los motivos que le dieron la victoria el nueve de marzo. Ocurre lo mismo en la orilla opuesta. El personal está pendiente de lo que hará Rajoy para consolidarse- -o no- -al frente de la formación que ha sido derrotada. Por qué ha terminado viéndose en ésas, y no en la tarea más grata de poner ojos y nariz a las carteras ministeriales, es asunto que se delega en los expertos, quienes cotejarán datos, porcentajes de participación y series históricas, antes de transmitir su diagnóstico a los apparatchik de los partidos o publicar sus conclusiones en revistas especializadas. El pasado carecería de importancia, si perdiera actividad por la sola circunstancia de ser pasado. Pero nada sería lo que es en ausencia de sus causas remotas, y entonces el pasado importa. De modo que seguiré con el rostro vuelto hacia atrás. Dos son las cuestiones que más me apremian en relación con lo sucedido en las elecciones. La primera se puede formular en un santiamén: ¿por qué no ha pagado Zapatero un precio mayor por su aventura etarra? No me refiero, ¡cuidado! al naufragio de las negociaciones, sino a que éstas fueran políticas, y se escondieran, por más señas, a la opinión. l análisis de los sufragios sugiere una respuesta contundente: en el País Vasco se ha premiado en dosis masivas eso que llaman darle una oportunidad a la paz en tanto que en el resto de España se ha entendido que la iniciativa, sin ser estupenda, tampoco estaba mal traída. Se comprueba, a trasmano, que la apropiación de las víctimas por el PP, y su uso como ariete electoral, ha constituido un error estratégico, amén de moral. Pero éste es otro tema. Lo peculiar del caso, lo que se investiga aquí, es que no se han registrado en su dimensión auténtica imprudencias y ocultaciones incompatibles con los mínimos que deberíamos exigir a la representación democrática. La no percepción de estas transgresiones gravísimas revela que los españoles no son enteramente conscientes de lo que un gobernante está autorizado a hacer. Y lo último, a su vez, trae origen de falta de atención, o falta de formación, o ambas cosas al tiempo. En un informe reciente del CIS, en efecto, el setenta por ciento de los encuestados admitía que la política no entraba en el menú de sus preocupaciones principales. Se trata, me temo, de un eufemismo. El porcentaje auténtico de quienes estiman que la política es algo aburrido y prolijo a lo que dedican sus afanes unos señores ubicuos y pelmazos que se sientan en el hemiciclo del Congreso, y que dicen cosas cuya conexión con las vidas y haciendas es tenue o inexistente, roza, sospecho, el noventa por ciento. De resultas, no se pondera bien la evidencia, que queda en borrón, difusa y sin perfiles. No creo que el achaque sea específicamente es- L E pañol. ¿Descalifica ello a la democracia? No. Pero hay que saber distinguir lo que es la democracia, de lo que el pensamiento piadoso nos inclina a desear que fuera. Conforme al pensamiento piadoso, el pueblo compara programas o actuaciones y procede en consecuencia. Esto es una superchería, porque nadie compara los programas o se concentra en las actuaciones. La conclusión obvia, por rara o escandalosa que parezca, es que la democracia sólo funcionará si la oferta es razonablemente sensata, esto es, no incluye disparates. Esta constatación desplaza el acento, decisivamente, hacia las oligarquías políticas. Son ellas las que controlan la hoja de ruta, y sobre ellas reposa, por ende, la responsabilidad de que la democracia no se desvirtúe. Si las oligarquías proponen tonterías, saldrán tonterías. Si las oligarquías se desmandan y rompen las reglas de juego, tampoco las restablecerá el votante, cuya misión es cantar el nombre del ganador en una suerte de certamen deportivo, no determinar los modos en que éste habría de desarrollarse. No es bueno, en fin, que pesen interrogantes agónicos sobre el hombre que volverá a gobernarnos. Las instituciones en sentido lato- -partidos, medios de comunicación, autoridades con dimensión pública- -deberían haber hecho los deberes. No los han hecho. El fallo ha sido sistémico, y se hará notar en el medio y largo plazo. a segunda cuestión levanta una intriga de índole sicológica. La acumulación de apoyos a Zapatero en los márgenes radicales, que se han quedado vacíos de sustancia, lo mismo que la jícara de chocolate cuando en ella se sumerge un mojicón, induce a pensar que no ha sido tanto el presidente como el temor a que pudiera ganar el PP, lo L que ha movido el voto en beneficio de aquél. Ha triunfado, en el momento clave, el estereotipo del dóberman: el PP es feroz; el PP muerde; el PP integra un peligro para la democracia y la paz civil. Estos miedos son fantásticos, a la luz de lo realmente ocurrido. No sólo han sido los políticos populares objeto de agresión en universidades y recintos que deberían servir a mejores fines, sino que la condena desde medios oficiales ha resultado insuficiente o no ha llegado a producirse. La asimetría en la interpretación de las cosas queda evidenciada por el impacto desigual de dos acontecimientos todavía recientes. Al declinar del año, los obispos organizaron una manifestación contra el Gobierno, en el curso de la cual monseñor García- Gasco incurrió en la simpleza de afirmar que la política social del PSOE integraba un peligro para la democracia. Mes y pico más tarde, el portavoz de los artistas agrupados bajo las siglas de PAZ- Plataforma de Apoyo a Zapatero -sostuvo, sin distinguir entre políticos profesionales y votantes, que los populares son una turba de imbéciles violentos. No son afirmaciones intercambiables. Ni lo son los contextos. La manifestación de los obispos no había sido promovida por el PP, ni los prelados bajaron a la calle en representación del partido, sino de la doctrina vaticana en materia de moral y buenas costumbres. Los artistas, por el contrario, se reunieron expresamente para defender la candidatura del presidente. El contraste, repito, es dramático, lo que no impidió que se invirtieran las respuestas. El exceso del obispo produjo un hervor gigantesco en territorios de izquierda no especialmente adictos al PSOE. La atrocidad de José Luis Cuerda sólo indignó a los votantes del PP. ómo se explica que las reacciones no guarden proporción alguna con los estímulos? Abordaré el misterio, no a través de la sociología sino de la estética, que es más profunda y que tampoco está reñida con la primera. Se ha derrotado a la derecha- -ahora y antes: la dificultad histórica del PP para rebasar los diez millones de votos ofrece también un lado misterioso- -gracias, sobre todo, a la retórica. Se ha embutido a la derecha en un cerco de lugares comunes que despiertan la ira automática de un porcentaje considerable de la población. La mejora de la derecha habrá de llegar, por consiguiente, por un cambio de estilo, más que de mensajes. ¿Fácil? No, dificilísimo. Aun siendo eso, dificilísimo, existen errores gratuitos. A Rajoy, en sus confrontaciones con el presidente, le ha faltado ductilidad, y ante todo, sentido del humor. Ha estado bronco y áspero en el tono, y ha dicho lo que ha dicho de la manera más desagradable que cabía. No esperaban mejor ocasión quienes saben dónde hay que apretar para que salte el muñeco de resorte. ¿C ÁLVARO DELGADO- GAL