Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 17 s 3 s 2008 INTERNACIONAL 33 LAS ELECCIONES HAN AGUDIZADO LA CRISIS EN PAKISTÁN El país podría perder el control del arma nuclear si sus instituciones se radicalizan o llegan a un punto muerto como consecuencia del conflicto interno dios prácticos, sobre todo a corto plazo. El reto para los políticos surge cuando los objetivos vitales de la seguridad nacional se ven amenazados y no existe un marco democrático viable. El panorama al que se enfrentó EE. UU. en Pakistán tras el 11- S era que Musharraf había subido al poder hacía poco menos de dos años y que los dos principales líderes políticos, Benazir Bhutto y Nawaz Sharif, ambos depuestos del cargo de primer ministro, se encontraban en el exilio. En un mundo ideal, las metas políticas y de seguridad discurrirían por trayectos paralelos, pero en muchos casos reales, los trayectos, aunque sean paralelos, puede que se rijan por ritmos diferentes. Con el populismo como método dominante (y en caso necesario, tintado con un sentimiento antiestadounidense) la tentación de utilizar a los movimientos islamistas radicales siempre estaba presente. En la década de los noventa, los gobiernos de Bhutto y Sharif colaboraron con los talibanes fundamentalistas en Afganistán y con grupos yihadistas en Cachemira. El servicio de espionaje militar hizo uso de métodos similares cuando el Ejército controlaba el Gobierno. Una red privada tolerada por el Gobierno facilitó la proliferación nuclear en una serie de estados rebeldes. En un ambiente así, la relación entre las tres organizaciones de tipo feudal de Pakistán- -el Ejército y los dos partidos políticos más importantes- -tiene el carácter de las ciudades- Estado italianas durante el Renacimiento que describió Maquiavelo. Alguna que otra vez han forjado alianzas provisionales- -como parece que están haciendo ahora- -con fines tácticos, pero éstas siempre han acabado siendo preludios de nuevos enfrentamientos en los que el Ejército termina actuando de juez. La diferencia entre los líderes feudales que llevan uniforme y los que se visten de civiles se encuentra en su electora- Henry A. Kissinger as elecciones en Pakistán no han mitigado la crisis política, sino todo lo contrario: han inaugurado una nueva fase de dicha crisis, y el mundo se juega muchísimo en su desenlace. Pakistán se encuentra en primera línea de los ataques del radicalismo islamista a los elementos moderados dentro del mundo musulmán y a las instituciones occidentales. Pero no está nada claro lo firme que es esa línea, ni siquiera en qué dirección va a mirar en última instancia. Pakistán es aliado de Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo, pero una parte importante de su pueblo se opone a esa guerra. Pakistán ayudó a luchar contra Al Qaida en Afganistán, pero parte de su frontera occidental está ocupada por ellos y por los talibanes. Las elecciones de Pakistán tendrán repercusiones considerables para los 160 millones de musulmanes que viven en India, así como para las perspectivas de paz en el subcontinente, en el que ya se ha desatado una guerra a toda escala en tres ocasiones. Y la cuestión aún más importante es que Pakistán es una potencia nuclear. El país, en medio de una encrucijada estratégica y en posesión de armas nucleares, podría perder el control de ambos si sus instituciones se radicalizan o llegan a un punto muerto como consecuencia de un conflicto interno. Lo que está en juego lo sabe casi todo el mundo, pero el remedio se muestra escurridizo. La política de EE. UU. ha sido instar al presidente Pervez Musharraf a que formara un Gobierno de coalición con uno o más partidos civiles, el cual proseguiría la guerra contra los fundamentalistas de una forma más decidida y coherente. Ése es el desenlace que tendrían que haber tenido las elecciones. La meta era loable, pero los resultados de las elecciones, al igual que en Gaza, reflejan que las preconcepciones teóricas no tienen por qué ofrecer reme- L El futuro de Pervez Musharraf es crucial para el país do, no en su compromiso con un proceso pluralista como lo entendemos nosotros. Una alianza entre Bhutto, cuyo padre fue ejecutado por el Ejército, y Musharraf, que odiaba a la familia Bhutto, estaba abocada a ser precaria y el asesinato de Bhutto puso fin al diseño original. Llegados a este punto, cualquier intento de manipular el proceso político que hemos alentado es probable que salga mal. La estructura interna de la política paquistaní se encuentra fuera del control estadounidense. La construcción de una coalición centrista es un objetivo encomiable, pero las condiciones para que se dé sólo pueden surgir de las fuerzas políticas paquistaníes. El futuro del presidente Musharraf pasará sin duda alguna a ser una cuestión crucial cuando los socios de la po- AP Trayecto internacional Consecuencias cruciales En el plano internacional, Pakistán se alió con EE. UU. durante la Guerra Fría, aunque lo hiciera con una perspectiva especial. Recibía armas estadounidenses como parte del conflicto geopolítico con la URSS, aunque a su vez consideraba a India su principal preocupación en lo referente a la seguridad. Pakistán resultó ser de gran ayuda al facilitar la apertura de las relaciones entre EE. UU. y China, pero lo hizo más bien con el fin de que EE. UU. contrajera una deuda más y no tanto el de diseñar una estrategia global común. Aunque se celebraban elecciones periódicas, éstas solían reflejar las fidelidades regionales y populistas. Al estar gobernados por principios feudales, los partidos se organizaban para contiendas políticas en las que todo valía. Los gobiernos civiles y militares se sucedían unos a otros y no ha habido un solo Gobierno electo que haya finalizado su mandato. Entre las agrupaciones principales, el partido de Bhutto representaba a los grandes latifundistas de la provincia de Sindh cerca de Karachi y el de Sharif, a las clases comerciales de Punjab. Ambos partidos practicaban un populismo evidente: Bhutto se inclinaba hacia el laicismo de izquierdas y Shariff confiaba más en atraer a los fundamentalistas musulmanes. La organización feudal de los partidos se demuestra por el hecho de que, 48 horas después del asesinato de Bhutto, su marido, en exilio en Dubái tras 8 años de presidio, fuera designado jefe de facto de su partido. sible coalición persigan su cese. El enfrentarse a las consecuencias de las elecciones es tarea suya como presidente, y no la nuestra. A nosotros nos corresponde recordar el valeroso apoyo que Musharraf prestó a los planes militares de EE. UU. en Afganistán después del 11- S y su enfrentamiento con los yihadistas fundamentalistas en su país. Al tratar con el líder en ciernes de Pakistán, la política estadounidense tendría que centrarse en los objetivos de seguridad nacional (control del armamento nuclear, cooperación contra el terrorismo y resistencia al radicalismo islamista) Deberíamos transmitir de forma clara nuestros principios democráticos, pero la evolución del proceso político está fuera de nuestro alcance. Las estrategias en cuanto a la seguridad han de ser comunes, incluido el fin de la ambigüedad ante los enclaves terroristas. Durante gran parte de su historia, los líderes paquistaníes, ya fueran civiles o militares, han actuado según el principio de que las buenas relaciones con EE. UU. beneficiaban el interés nacional. Sigue siendo imperativo que haya un consenso estratégico. Si este esfuerzo fracasa, muchos países se verán afectados. No tenemos que elegir entre la seguridad nacional o la evolución democrática. Ambos son objetivos importantes, pero sólo se pueden alcanzar a ritmos distintos. 2008 Tribune Media Services. Objetivos de seguridad Tanto el Ejército como los dos partidos políticos más importantes tienen una estructura feudal