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ABC DOMINGO 16 s 3 s 2008 ESPAÑA 23 LA ESPAÑA DE TODOS No hay dos Españas, sino una sola, desgarrada una y otra vez por fundamentalismos insensatos de uno y otro signo realidad, con la proclamación de su mayoría de edad: porque Rey lo era desde su nacimiento- con tal motivo los alcaldes de España proyectaban un homenaje que el Monarca derivaría a la financiación de una ciudad universitaria en la Moncloa- -y que es hoy su mejor memoria- La pareja real recorría el Protectorado marroquí, ahora en brillante despliegue de progreso, su viaje, iniciado en Tetuán, culminaba en una exultante Melilla, imagen, por si sola, de lo que había significado la presencia de España al otro lado del Estrecho, desde los días de Fernando e Isabel... Sí, 1927 fue un año feliz para una España que, por otra parte, vivía uno de sus momentos de plenitud intelectual, en el que coincidían tres generaciones preclaras: la llamada generación de los poetas o del 27 -la de Lorca, Alberti, Guillén, Cernuda... -y las que alcanzaban a ésta todavía en plenitud: la del 98- -esto es, la de los grandes pensadores sobre los males de la patria- -Azorín, Machado, Valle, Unamuno... la de los universitarios- -o del 14 proyectistas de una patria abierta plenamente a Europa- -Ortega, Zubiri, Marañón... -Y sin embargo, en el seno de aquella alegría social, de aquella plenitud cultural, de aquel progreso en todos los frentes de desarrollo- -se estaba forjando el repudio del régimen que lo había hecho posible, en Miembro de la Academia de la Historia Carlos Seco Serrano ace ochenta años- -1927- -vivía España uno de los momentos más felices del siglo que se nos acaba de ir. Habían quedado atrás las interminables campañas de Marruecos, por fin estábamos en paz: derrotado y prisionero- -de los franceses- -el sanguinario Abd- el Krim, desarmadas las cabilas rifeñas, en marcha ascendente el protectorado evidentes los progresos en economía, en obras públicas, en logros culturales, registrados bajo la paternal dictadura- -mas bien, dictablanda -del marqués de Estella, se vivía en nuestro país- -sobre todo en Madrid- -lo que Julián Marías definió alguna vez como una exultante alegría social. Alfonso XIII celebraba ese año sus bodas de plata con el trono en H Las dos Españas de hoy no tienen otra opción que la del encuentro civilizado, la de la síntesis positiva, tal como la simboliza, con providencial eficacia, nuestro Rey El tiempo en que vivimos no es ya proclive a enfrentamientos nombre de una soñada experiencia republicana que, apenas iniciada en 1931, descalificaría Ortega con aquella irritante frase: No es esto, no es esto... Y digo irritante porque su desengaño tardío no podía ya salvar lo irremediable; y a lo irremediable nos habían empujado eficazmente él y su grupo. Unamuno, con su perspicacia habitual, definió muy a tiempo lo que nos aguardaba, señalando al hombre que en 1931 encarnaba la utopía republicana: Cuidado con Azaña. Es un escritor sin lectores. Sería capaz de hacer la revolución para que lo leyeran Y, en efecto, lo que, concretado en la II República, daría cauce a los anhelos de las tres generaciones en que se había desplegado el esplendor intelectual del reinado de Alfonso XIII desembarcaría muy pronto en aquel desastre sin paliativos que fue nuestra guerra incivil Hoy, los que somos tan viejos como para dar testimonio- -doloroso- -de lo que por desgracia nos tocó vivir: -una ilusión de libertad ahogada en los incendios de mayo; un anhelo de progreso naufragado en la insensata revolución social programada por Largo Caballero y en la cruzada inmisericorde que le dio réplica: la gue- rra entre hermanos, la criminalidad sin paliativos desatada en una y otra zona- -subrayo, en una y otra zona- -quisiéramos ser muro de contención entre los dos frentes en que el cainismo consustancial con nuestra raza empieza a insinuarse de nuevo: de una parte, el redentorismo laico del presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero; de otro, la presunta identificación con la España eterna de nuestro peculiarísimo aprendiz de brujo, Mariano Rajoy. Por fortuna, el tiempo en que vivimos no es ya proclive a enfrentamientos cainitas, a rupturas a muerte, según la gloriosa tradición de nuestras guerras civiles. No hay- -no ha habido nunca- -dos Españas, sino una sola, desgarrada una y otra vez por fundamentalismos insensatos de uno y otro signo. Las dos Españas de hoy no tienen otra opción que la del encuentro civilizado, la de la síntesis positiva, tal como la simboliza, con providencial eficacia, nuestro Rey Juan Carlos. Desde estas modestas columnas, apelo a un hecho que debe prevalecer sobre el riesgo de nuevos desgarramientos cainitas. Hay que valorar en positivo nuestras desgracias y nuestros maximalismos. Precisamente en ellos se ha definido siempre la España de todos.