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ABC SÁBADO 15- -3- -2008 La adaptación al cine del último libro de Harry Potter se estrenará en dos partes 73 Las élites ya no fijan el canon Siempre hubo tensión entre lo culto y lo popular. Pero hasta la revolución mediática y la era de internet fueron las élites culturales y los propietarios de los medios quienes fijaban el canon del gusto popular TULIO DEMICHELI MADRID. La tensión entre lo culto y lo popular, entre lo vulgar y lo exquisito ha existido siempre. Ya decía Berceo al oponer su canon de versos alejandrinos de rima consonante a la métrica irregular y asonantada de coplas y romances: Mester traigo fermoso non es de juglaría mester es sin pecado, ca es de clerecía, fablar curso rimado por la cuaderna vía a sílabas cunctadas, ca es grant maestría Sin embargo, es una tensión que no tiene por qué presentarse como una irreductible oposición de fuerzas excluyentes. Así, Alfonso X escribirá algunos de sus tratados en latín, pero sus cantigas y loores las creará en galaico- portugués, que era lengua popular de culto, como su Historia y los libros de ocio los verterá en la romance castellana. El Arcipreste de Hita hace visible en su Libro de Buen Amor lo que el buen gusto y la moral cortesanos ocultaban- -el gusto del vulgo- -como así lo hacían el Decameron o Los cuentos de Canterbury en Inglaterra e Italia, con gran éxito entre todas las clases, las que los creaban y recreaban oralmente y las que los difundían por escrito. Por su parte, el Aretino lindaba la pornografía en sus poemas lujuriosos siendo, al mismo tiempo, un refinado espíritu renacentista que además producía literatura moralizante. Como en nuestro Siglo de Oro, pues da igual, fuere conceptista o culterano, el poeta aborda lo grueso, lo puteril y lo excrementicio, lo satírico y lo grotesco; llámense Góngora o Quevedo, y en sus otros vértices, Cervantes o Lope, todos a su manera estilizan la sabiduría y el canto del pueblo, tomando así lo bonito como lo feo. Porque esa tensión también se resuelve en el culto a lo popular pues no siempre lo exquisito y lo vulgar aluden sólo al buen o al mal gusto de las gentes o sus élites... Y éste es un culto al que el romanticismo alemán concederá una dimensión de orden nacionalista. Pues, el espíritu del pueblo que conforma la nación no sólo se asienta en una lengua, una fe o una historia, sino que tiene mitología (casi siempre medieval) música, arte... folclore. Ese culto romántico se desprende de su impronta nacionalista y llega a nosotros, vía Heine, quizá a las rimas, pero sobre todo a las leyendas de Bécquer con su claro regusto al medioevo. Culto a lo popular- -como expresión culta- -que ya en pleno siglo XX alentará entre poetas tan señeros de la generación del 27, como Lorca o Alberti. Y que asumen, también, las nuevas aportaciones que vienen de fuera gracias al fonógrafo, la radio y el cinematógrafo, como el jazz, sin ir más lejos. Este culto a lo popular hallará su apoteosis pasado el ecuador del siglo con la irrupción de los jóvenes, la literatura beat, los blues, el rock y el folk, toda suerte de cantautores (nuevos juglares) y el arte pop. Así, hasta nuestra Movida, todo va ocurriendo en sintonía con la gran revolución de los medios de comunicación. Y esto resulta determinante porque, poco a poco, varía no sólo dónde (antes por escrito, ya por radio, cine y televisión) sino quién da visibilidad a lo popular fuera de su propio ámbito (el pueblo, el barrio... Hasta la aparición de internet, la mediación de esa visibilidad la habían ido administrando las élites cultas y los propietarios de imprentas, radios, cines, televisiones, de acuerdo con su gusto y el mercado. Y su fijación también quedaba en las manos del tiempo. No todos los romances ni todas las canciones sobreviven en el romancero o el cancionero. Hasta eso tenía un canon. Pero internet no es de nadie y es de todos. Y en ese sentido, ahora todos somos los mediadores de lo popular. Y los administradores de nuestra vulgaridad. Por eso, ya la llevamos abiertamente a un festival. Frida Kahlo y El grito de Munch, de peluche, no se asustan de nada en la tienda de CaixaForum con Picasso, y también con Botticelli y con Modigliani. Dylan, mester de juglaría. ¿Sólo? Ni juglaría, ni clerecía, mester de rockerío. Una fuerza de la naturaleaza cultural, un tipo enjuto que tomó el testigo de los beatniks (adoradores del jazz) de los existencialistas (izquierda divina, sí, pero que le cogió el gustillo a los tebeos y al neorrealismo) de los intelectuales que le tomaron el pulso y la púa a cabaretes y cantatrices en los años 20, y si nos apuran hasta a los que en nombre de Góngora y Argote (otro punkie: ande yo caliente... se echaron un pis en la fachada de la RAE. Tipos cultos como Kurt Weill y Bertolt Brecht, cancionetistas de un macarra: Mack The Knife Mack El Cuchillo Sabias ratas de biblioteca (llevaba dos veces la de Alejandría en la cabeza) como Borges, memorioso erudito de tango, milonga y esquinas rosadas. Estetas que alucinaron (entre otras cosas) con Charlie Parker. Poetas de la posguerra y la derrota que elevaron la morcilla de su pueblo a categoría moral como Ángel González. Dalí y Gala, loquitos por la butifarra. Diego Rivera y Frida, por las rancheras. Picasso y Buñuel, más de pueblo que las amapolas. Gabo García Márquez, puro vallenato. Camus y el balompié: Lo que más sé, a la larga, acerca de moral v de las obliagaciones de los homserie más tonta de la tele Coherencia de alguien para quien lo que se da llamar alta cultura y baja cultura hoy día están absolutamente fusionadas. Es imposible crear algo en lo que no esté esa fusión, salvo si uno se dedica a los anacronismos Cansado del fútbol (dichoso catenaccio) el académico tira del mando a distancia como Harry Eastwood El Sucio de su magnum y hace girar en el DVD Zelig una de las pocas películas de Woody Allen que están a la altura de su delirante Cómo acabar de una vez por todas con la cultura Recuerda entonces que al día siguiente visita con su hija el Thyssen madrileño. ¿Querrá unas láminas de Van Gogh? ¿Unas postales de Modigliani? ¿Tal vez un kimono de Gauguin? ¿La mujer en el baño en bolsa de papel de Roy Lichtenstein? En la tele, mientras el profesor se echa una cabezadita, Rodolfo Chikilicuatre vuelve a sentar cátedra: El Chiki Chiki mola mogollón. Lo bailan en la China y también en Alcorcón. Dale Chiki Chiki a esta morenita que el Chiki Chiki la pone muy tontita Y al filólogo de prestigio, catedrático y académico de número de La Española se le aparece su hija en sueños: No, papi, lo que quiero es el peluche con El grito de Munch A eso se le llama cultura general. Alta y baja cultura están absolutamente fusionadas. Crear hoy sin fusión es hacer anacronismos La apoteosis de los años 60 Una cabezadita bres, se lo debo al fútbol El filólogo de prestigio, catedrático y académico de número de La Española no ha tenido suficiente con la pizza. Abre un paquete de sopa (no, no es Campbell) se lo zampa y conecta (milagro de las parabólicas, la imprenta de las telecomunicaciones) con el estadio de San Siro, en Milán: los ultras rossoneros lanzan su canción de guerra: el Va pensiero del Nabucco de Verdi. Si las cosas van bien, seguirán con la marcha triunfal de Aida Montserrat Caballé y Freddie Mercury, amigos para siempre. William Faulkner, un Nobel en la corte de Hollywood. GrandeMarlaska, un juez togado, que da su nombre a un luminoso grupo de pop. Otros, con una educación sentimental desolada como un escenario de Mad Max lo tienen tan claro como Agustín Fernández Mallo, cabecilla de la llamada generación Nocilla, que asegura que disfruta por igual con Cioran y su sentimiento trágico (y tan trágico) de la vida como con la