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48 MADRID www. abc. es madrid MIÉRCOLES 12- -3- -2008 ABC El grupo de jóvenes senegaleses comparte una de las habitaciones de esta casa situada en la avenida de Carabanchel Alto Del cayuco a un palacete en ruinas Dieciséis inmigrantes okupan un viejo caserón en Carabanchel s La Policía procedió ayer a su identificacións Los sin papeles pagan a un africano 150 euros al mes por vivir aquí POR MARÍA ISABEL SERRANO FOTOS DANIEL G. LÓPEZ MADRID. Agentes de la Policía Municipal del distrito de Carabanchel procedían, en la mañana de ayer, a censar y a identificar en la medida de lo posible a los dieciséis inmigrantes que okupan un antiguo palacete, hoy en ruinas, en el número 52 de la avenida de Carabanchel Alto, en el distrito del mismo nombre. No se sabe, a ciencia cierta, cuántos son los sin papeles que habitan, en condiciones infrahumanas, en este lugar. Ellos tampoco se explican muy bien. Apenas hablan español. O simulan que no lo saben. Unos salen, otros entran. Muchos se van porque encuentran ¿algo mejor? pero, enseguida, otros toman posesión del territorio. Los últimos okupantes de este viejo chalecito son unos siete senegaleses. ¡Vete a la mierda. Déjame en paz! escuchamos a una joven senegalesa gritar desde la terracita del edificio. Su sonrisa inicial se ha transformado súbitamente. A nuestras espaldas, junto al portalón de entrada, acaban de aparecer varios agentes municipales. Y, claro, ella cree que también somos policías. Los agentes acceden a la vivienda, de dos plantas y azotea, para tomar contacto con los inmigrantes y proceder a su identificación y control. No, no vamos a desalojar. Para eso es necesaria una orden judicial. Sólo queremos saber cuántos hay y en qué condiciones están nos dice uno de los agentes. Los policías revisan las estancias. Intentan un diálogo con los inmigrantes que, por lo general, ya tienen cara de susto aunque se muestran tranquilos. La joven que nos gritaba desde la terraza se ha encerrado en su habitación. Los agentes le piden que abra. No quiere. No podemos hace nada. Tiene derecho a su intimidad asegura otro de los agentes. Pathe tiene 29 años y sí conoce algo de nuestro idioma. Lo justo para hacerse entender. Explica que llegó hace algunos meses a Canarias, en cayuco claro. De allí nos trajeron a Madrid. Y nos soltaron. No tengo trabajo. A veces, hago reparto de publicidad pero eso no me da suficiente dinero para vivir... A su lado, otro joven senegalés cuenta que él desembarcó en la isla del Hierro. La misma historia que Pathe. Ansias de libertad, un futuro medio digno y miedo, mucho miedo. Su viaje en el cayuco debió ser espeluznante a juzgar por los gestos que ambos jóvenes hacen. Los agentes municipales inspeccionan todo. Incluso una especie de buhardilla donde también duermen varios inmigrantes. Les invitan a salir y lo consiguen. Se comprueba que muchos de ellos carecen de documentación. Se intenta abrir otras puertas que están cerradas. No hay nadie. Está trabajando asegura uno de los jóvenes africanos. La casa, toda ella, da pavor. Hay grietas y humedades. La suciedad tapiza techos, paredes y una escalera en espiral que, en sus tiempos, debió ser muy coqueta. Los mugrientos colchones se amontonan por todas y cada una de las habitaciones. Los inmigrantes guisan en el rellano de la segunda planta. Vemos cacerolas, cucharones, sartenes, platos y cubiertos no demasiado limpios. Huele raro. Una mezcla de humedad, orín y ese sopicaldo que está cociendo en la lumbre. También hay ropa tendida por cada rincón. Pantalones, calcetines, paños, mantas y camisetas se hacen hueco, como pueden, entre los restos de la barandilla y de los escasos muebles viejos que quedan en este palacete. Janenona Jayakody está deseando que los policías le mi- Derecho a la intimidad Está trabajando Hay senegaleses, nigerianos y una mujer de Sri Lanka que comparten grietas, suciedad y humedades