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ABC MIÉRCOLES 12- -3- -2008 Cuarto aniversario de los atentados islamistas del 11- M ESPAÑA 21 Mamá, ¿qué pasa, nos van a matar? Cuatro años después de la matanza las heridas siguen abiertas y el dolor y los recuerdos se mantienen frescos entre los vecinos del barrio y los trabajadores de la Estación de Atocha. Nadie puede olvidar POR DOMINGO PÉREZ MADRID. Amaia, Carmen, Jacoba y Encarna llevan a sus pequeños al colegio público Méndez Álvaro. Un centro que se encuentra casi pared con pared con la estación de Atocha. Todos los martes quedan a desayunar en un local muy cercano. Este es muy especial. Se conmemora el cuarto aniversario de la gran matanza. Durante este tiempo nunca han querido hablar de sus experiencias aquel fatídico 11 de marzo. Sentadas a la mesa, con un café delante, les cuesta romper el silencio en el que durante cuatro años han protegido sus recuerdos. Es que con la mirada nos lo decíamos todo. No necesitábamos hablar señala Amaia. Tiene que llegar un periodista a hurgar en la herida. Al principio se muestran reacias, pero pronto se rompe el hielo y fluyen y se desbordan las anécdotas. Todas tocan madera. Ninguno de sus seres queridos sufrió daño físico alguno. Son víctimas en la misma medida en que lo fueron todos los vecinos del barrio, de Madrid, de España, porque el dolor rasgó sus vidas y le vieron la cara a la muerte más cerca que nunca. Cuando pasó y durante semanas el barrio estuvo de duelo, de todos los balcones colgaban crespones negros Hoy, dando un paseo, aún se localizan bastantes. Recuerda Carmen que a ella y a los suyos no nos despertó la explosión, sino el estruendo de los helicópteros. Pensamos que era el Rey que llegaba al AVE Luego se emociona cuando rememora la cara de su marido, que bajó raudo a donar sangre: Volvió al poco tiempo, porque había otra amenaza de bomba en el parking y todos los autobuses de donación estaban repletos. Su cara era un poema. Estaba hundido. Me impactó cuando me dijo: No te puedes ni imaginar lo que hay ahí abajo A Amaia se le coló en la memoria un chaval joven que intentaba marcar un número en el móvil y era incapaz de hacer- La valla de la estación de Atocha volvió a llenarse de ramos de flores en homenaje espontáneo lo de tanto como le temblaban las manos. Hubo momentos de mucha angustia, porque la Policía hizo un barrido y era imposible contactar con nadie Jacoba se queda con la extraña sensación de silencio: Todos nos quedamos callados. Todo marchaba como a cámara lenta. Era una sensación muy irreal, pero al mismo tiempo no se me puede olvidar el ruido ensordecedor de las sirenas. Cuando te cruzabas con alguien le mirabas y sentías la tristeza y el miedo Encarna aún se sobresalta cuando oye una ambulancia. Su historia es la que más angustia. Vive en Villaverde y lleva cada mañana a su hijo al cole, hasta Atocha. Su medio de transporte es el tren. Y estaba a punto de tomarlo, cuando una amiga le avisó del atentado. Lo lógico es que me hubiera vuelto a casa, pero me empeñé en ir al colegio. Viajé en autobús y llegué como a las nueve. Recuerdo a la conserje pidiendo a las madres que no dejaran a los niños, que las que pudieran se los llevaran, porque no sabían lo que podía ocurrir Luego el colegio serviría de lugar de refugio para multitud de heridos. No he visto nunca nada tan emocionante- -los ojos se le humedecen a Encarna y a los que la escuchan- -que los abrazos de las madres inmigrantes que no tenían más remedio que dejar a sus críos en el colegio. Se agarraban a ellos como si pensaran que jamás volverían a verlos raba. El día que lo consiguieron, cuando entró al vagón un joven con una mochila, el niño empezó a gritar y a llorar. La tragedia penetró por cada uno de los poros de los niños del Méndez Álvaro. Durante meses, los profesores- -señala Carmen- -estuvieron trabajando con ellos. Hacían dibujos, escribían mensajes, hablaban... Jorge, que tenía siete años, el peque de Carmen, se pasó tres o cuatro meses preguntando al entrar en el colegio: ¿Mamá, hoy van a poner una bomba? ¿Nos van a desalojar? Los hijos de Amaia pintaban trenes rotos, llenos de color rojo: Imagino que influenciados por las imágenes de televisión, y eso que intenté que no vieran nada Uno de los dibujos de Diego, un corazón, lo llevaron él y su madre a la estación. Durante mucho tiempo, Atocha fue un homenaje constante a la memoria de los desaparecidos. Todos los 11 de cada mes se completaban cinco minutos de silencio. Los pasillos estaban llenos de velas, de dibujos, de mensajes. Cada rincón del recinto revivía el drama. Fueron los empleados los que pidieron que se acabara con eso: Era como trabajar en un mausoleo. Se te encogía el corazón. Era muy duro señala una de las limpiadoras. Aún se siente el dolor cuan- AFP Crespones en todo el barrio La calle era un caos Encarna tomó a su hijo. Salió a la calle y penetró en el caos: Todo el mundo corría por el Paseo de las Delicias. Había mucho pánico. Del hotel Carlton salía gente que se abrazaba y se tiraba al suelo sin motivo aparente. Sólo había gente llorando y chillando. En ese momento mi hijo Diego, que tenía entonces cinco añitos, me dijo: Mamá, ¿qué pasa, nos van a matar? Jacoba apunta que la calle estaba llena de gente aturdida y trastornada que no sabía qué hacer o dónde ir Muchos meses tardaron Encarna y su peque en volver a subirse a un tren, casi un curso entero Muchas veces lo intentaron, pero nunca lograban pasar de los tornos. El chaval no quería. Llo- do se camina por esos fríos pasillos. Es imposible no imaginárselos llenos de hombres y mujeres huyendo despavoridos. Casi se pueden escuchar los gritos, palpar la desgracia... Pero la realidad superó todo lo imaginable. Pedro, taxista habitual en la estación, aún se sobrecoge: Estaba en la parada. No oí ningún estallido, sólo la sensación de que se movía la tierra. Estaba charlando con un colega y bromeamos: ¡Vaya tren acaba de pasar! A los pocos segundos, una riada de personas salía despavorida. Todos muy despistados. Algunos corrían y corrían y no pararon hasta llegar al Retiro. La Policía reaccionó muy deprisa y nos hizo salir de allí. Lo desalojó todo. Arranqué y empecé a dar vueltas sin sentido. Puse la radio. Empecé a enterarme de lo ocurrido y no lo pensé dos veces. Regresé a Atocha y ya me pasé todo el día llevando gratis a gente en busca de sus familiares. Les conducía a los hospitales y me preguntaban: ¿Usted cree que los encontraremos? Espero que sí señora les respondía. No podía cobrarles. Muchos taxistas hicimos lo mismo. No pude dormir esa noche. No paraba de pensar en lo que se encontraron esas pobres gentes La parada de taxis Durante mucho tiempo los niños del barrio sufrieron el trauma y pintaban trenes rotos llenos de sangre