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ABC LUNES 10 s 3 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA REVÁLIDA Y DESGASTE L poder desgasta pero, como decía Andreotti, más desgasta no tenerlo. La derecha política española tendrá que hacerse mirar con sinceridad autocrítica la causa de que el que consideraba peor Gobierno de la democracia, lastrado por el desgaste de su temeridad, su aventurerismo y su insolvencia, haya podido pasar la reválida generando más confianza quesu alternativa. Un Gobierno que ha pasteleado con los terroristas, que ha mentido y ocultado sus negociaciones, que ha desarmado como un mecano el modelo territorial del Estado, que IGNACIO ha cuestionado el concepCAMACHO to mismo de nación y que ha permitido que se le escape de las manos el control de la economía y de los precios, ha sido capaz de resistir el embate de la oposición y apuntalar sus políticas más discutidas. El balance indica que nuestros compatriotas han preferido la certeza de una mala gobernanza a la incertidumbre de un cuestionado recambio. Zapatero no ha cuajado su proyecto de aislar a la derecha arrinconándola en un gettho político, pero ha ganado el único pulso que le interesaba fagocitando con el voto útil a sus aliados gracias a una campaña planteada como un plebiscito sobre sí mismo y contra la derecha, estrategia que ha funcionado de modo especialmente eficaz en Cataluña. A Rajoy le ha faltado tiempo para asentar su apuesta sensata de los últimos meses, o le han sobrado los dos años y medio en los que permitió que los elementos más retardatarios le marcasen pautas altisonantes y le secuestrasen el discurso. Su liderazgo débil le ha impedido mostrarse a sí mismo hasta que ya era demasiado tarde. Cercado por un pacto de hierro entre los nacionalistas y la izquierda, no ha podido rentabilizar los errores y desvaríos de un Gobierno lanzado por la pendiente rupturista. Podrá endulzar su derrota con un crecimiento tan objetivo como insuficiente, pero su empeño deja el amargo sinsabor de una doble frustración consecutiva. Ha sido ésta una legislatura hosca y sin brillo, con líderes que se mueven entre la liviandad y el tedio, entre lo trivial y lo cansino, entre la banalidad y la aspereza. Ante un poder incompetente que ha gobernado a base de saltos al vacío, la oposición ha sido incapaz de levantar una oferta ganadora y salir de su propio cerco. Entre las músicas melifluas de la flauta de Hamelin y las trompetas apocalípticas del fin del mundo, nuestros compatriotas han preferido el son que menos les comprometía o menos les atemorizaba. Suele ocurrir, pero no cabe eludir responsabilidades; en la política democrática es obligatorio conocer al pueblo que da y quita razones. Eso sí: la democracia no es un juego inocente en el que uno vota y se lava las manos. Los ciudadanos son responsables de su elección al menos hasta que puedan revocarla. El resultado de ayer muestra que el electorado no ha querido rectificarse a sí mismo. Y acaso que, como dejó observado Ortega, cuando un pueblo es víctima prolongada de un mal gobierno no puede decirse que lo sufre sino que lo desea. E EL ÁNGULO OSCURO EL SUEÑO DE MORFINA L desplome de los comunistas y de los separatistas más radicales ha hinchado las alforjas de Zapatero. Es una constatación que no admite réplica: la consolidación de los socialistas se logra gracias a las aportaciones de los sectores más extremos del electorado de izquierdas y de quienes- -por decirlo eufemísticamente- -no profesan una adhesión demasiado entusiasta a la noción de unidad nacional. La elevada participación en estas elecciones generales, muy próxima a los porcentajes de hace cuatro años, subraya esta tendencia: suelen ser los sectores más radicalizados los más renuentes a votar; y cuando lo hacen a un partido mayoritario es porque, antes que su victoria, anhelan la derrota del partido adverso. Razones, pues, más puramente emotivas que estrictamente racionales en las que, indudablemente, también ha ejercido su influencia lo acaecido hace unos días en Mondragón. Los populares han mantenido e incluso incrementado su porcentaje de voto, que en unas elecciones menos acaloradas quizá le hubiese garantizado la victoria. Pero ha quedado patente su incapacidad para rascar votantes en los JUAN MANUEL sectores más desencantados o escéptiDE PRADA cos del partido socialista. Los mecanismos de la propaganda han actuado, por supuesto, en su contra; pero convendría que la derecha española hiciese un ejercicio de uutocrítica sosegada. Vuelve a demostrarse que, tras un cambio de rumbo político, las formaciones perdedoras deben renovar su elenco si desean volver a ganar: los socialistas no lo hicieron, tras la derrota de Felipe González, y cosecharon cuatro años después su derrota más rotunda; los populares tampoco quisieron hacerlo, y aunque el mandato de Zapatero se ha caracterizado por sus desafueros e irresponsabilidades, no han conseguido allegar los votos suficientes. Mientras las estructuras partidarias no asimilen esta enseñanza, seguirán tropezando en la misma piedra. Hay que cambiarse las vestiduras del hombre antiguo por las del hombre nuevo; y eso, en política, sólo se consigue re- E mozando las caras. Y dejando de mirar al pasado. Los populares han mirado mucho al pasado en estos cuatro años: lo hicieron al mantener en primera fila a dirigentes que ya estaban amortizados, o que incluso provocaban urticaria en sectores nada exiguos de la población española; lo hicieron, también, al aferrarse durante más de tres años al clavo ardiendo del 11- M. La exclusión de Gallardón también ha propiciado una percepción social negativa; y, más incluso que su exclusión, la marejada de fondo que se adivinaba tras la decisión de Rajoy, que permitió a los socialistas poner a funcionar al máximo su maquinaria propagandística, pintando a sus adversarios como representantes de la derecha más extrema una falacia que, repetida hasta la saciedad, ha prendido entre los votantes más dubitativos. Como también ha prendido la sensación de que la derecha prefería unas elecciones con un alto porcentaje de abstención: la desafortunadísima incontinencia de Elorriaga, divulgada por un periódico extranjero, se ha convertido, convenientemente pregonada por el agit- prop socialista, en un acicate de primer orden para provocar el miedo al coco entre la izquierda abstencionista o anti- sistema. Pero seguramente todos estos errores estratégicos y tácticos, sumados a la injerencia calculadísima de los terroristas en el final de la campaña, no basten para explicar el triunfo de Zapatero. Y la razón última, no nos cansaremos de repetirlo, hemos de buscarla en razones culturales más profundas: la sociedad española está cada vez más imbuida de lo que aquí hemos denominado Matrix progre, un estado mental colectivo rayano en la melopea opiácea. Mientras la derecha española no combata ese estado colectivo presentando batalla a las ideas imperantes, nunca podrá obtener una victoria sólida. A la sociedad española, a la que siempre ha movido- -como escribía Alejandro Sawa hace un siglo- -un interés gástrico le gusta que la adormezcan con cuentos; y la izquierda ha sabido adormecer las conciencias e imponer su cuento idílico de buenismo y risueña inconsciencia. Cuando la sociedad española despierte acaso sea demasiado tarde; pero, entretanto, vive encantada en su sueño de morfina.