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4 OPINIÓN MIÉRCOLES 5 s 3 s 2008 ABC DIRECTOR: ÁNGEL EXPÓSITO MORA PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: JOSÉ MANUEL VARGAS DIRECTOR GENERAL: JOSÉ LUIS ROMERO EL PARO PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer, José Antonio Navas y Pablo Planas Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura y Espectáculos) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro DESENMASCARA AL GOBIERNO L paro registrado en las oficinas del INEM volvió a subir en febrero por quinto mes consecutivo. Se trata de un mes históricamente bueno- -de hecho, en sólo tres de los últimos diez febreros ha subido el paro- pero la brusca contracción de la actividad que experimenta la economía española ha provocado un aumento generalizado del desempleo en todos los sectores, todas las categorías sociales y todas las comunidades autónomas, menos dos. Ha subido el paro en la agricultura, la industria, la construcción, los servicios y entre los que no tenían empleo anterior; ha subido entre hombres y mujeres, entre extranjeros y nacionales, entre jóvenes, adultos y mayores. No es, pues, un fenómeno puntual, ni referido a un problema concreto, sino sistémico: la consecuencia del ajuste brusco de la economía española, producto del agotamiento del modelo de crecimiento vigente, una nueva constatación de que se ha acabado un ciclo y de que no se vislumbra salida alguna de la crisis. La cifra total de desempleados ha alcanzado 2.315.331 personas, un 2,36 por ciento más que en enero y un 11,5 más que hace un año. Pero habría que incluir también a las 227.396 personas que el INEM califica ahora como otros no ocupados Llegaríamos así a superar la cifra de dos millones y medio de parados, aunque en la terminología del talante se les denomine ahora demandantes de empleo no ocupados Pero cambiar el nombre a las cosas no modifica su naturaleza: el desempleo es la primera preocupación de todos los españoles, un problema rampante cuya magnitud no ha hecho más que empezar a crecer. Los gastos en prestaciones por desempleo amenazan ya el superávit del conjunto de las cuentas públicas, pues crecen a tasas superiores al 18 por ciento. Hace mal el Gobierno en minimizar la gravedad de estas cifras. Es verdad que estamos en la última semana de campaña y que el crecimiento del desempleo no ayuda a movilizar a su supuesto electorado. Pero eso no justifica declaraciones insolventes como las del todavía ministro Caldera, asegurando que en un futuro próximo se recuperará la senda de la creación de empleo. No hay ningún dato, ninguna evidencia, ninguna hipótesis razonable, que permita tal aseveración, y tampoco es esa la opinión de la práctica unanimidad de los analistas nacionales e internacionales, que hablan de un proceso de destrucción de puestos de trabajo de entre 400.000 y 600.000 empleos, sólo este año, y en un escenario relativamente optimista, en el que la economía española crece en el entorno del 2,5 por ciento. Lo que España necesita no son hueras proclamas de optimismo, sino políticas concretas de competitividad y productividad, política activas de empleo y no simples ayudas asistenciales. Se empiezan a sufrir las consecuencias de la ausencia de reformas en el mercado de trabajo y de confiar sólo en el espejismo del boom inmobiliario. Explotada la burbuja, servicios e industria siguen siendo incapaces de absorber a la población activa. Área Financiera: Jorge Ortega Área de Márketing: Javier Caballero Área Técnica: José Cañizares Área de Recursos Humanos: Raquel Herrera E NUEVA ETAPA EN LA IGLESIA ESPAÑOLA A Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal eligió ayer a monseñor Rouco Varela como presidente de los obispos españoles, mientras que su antecesor en el cargo, monseñor Blázquez, pasa ahora a ser vicepresidente. Las palabras del cardenal- arzobispo de Madrid en su primera declaración pública son muy significativas del espíritu que inspira su nuevo mandato: hablar de colaboración entre la Iglesia y la comunidad política en busca del bien común es un punto de partida muy positivo, aunque tal vez rompa los esquemas de quienes esperaban encontrar un pretexto en favor de sus propios prejuicios ideológicos. Rouco reiteró su vocación de servicio a los católicos españoles y recordó muy oportunamente que el presidente no es el jefe de los demás obispos, puesto que la única jerarquía en este caso corresponde al Papa Benedicto XVI. Hay que felicitarse de que los prelados hayan elegido a los más altos representantes de la Conferencia con plena autonomía y después de un riguroso debate y una votación muy igualada. El tiempo de la Iglesia se cuenta por siglos y cualquier operación oportunista para colocar etiquetas de duro o moderado a unos u otros obispos choca sin remedio contra la realidad de los hechos. Para empezar, monseñor Rouco ha presidido ya la Conferencia durante dos mandatos, dejando una impresión muy favorable por su buena gestión y sin que nadie le atribuyera entonces posiciones supuestamente radicales. El interés electoral del PSOE es la única razón que explica- -aunque no justifica- -la salida en tromba de ciertos ámbitos laicistas contra el acto en favor de la familia cristiana organizado por el Arzobispado de Madrid en la plaza de Colón el pasado 30 de diciembre. Cualquier excusa es buena cuando se L buscan algunos votos extremistas, aunque sea a costa de crear problemas artificiales con la gran mayoría católica de nuestra sociedad y con la propia Iglesia, a la que la Constitución menciona específicamente en el artículo 16.3, por evidentes razones históricas, sociológicas y culturales. La voz de la Iglesia es única y sin matices cuando hace referencia a las cuestiones nucleares en materia de fe y de moral. La defensa de la vida, de la familia y de una visión trascendente del ser humano configuran las señas de identidad comunes que la doctrina pontificia reitera una y otra vez para todos los creyentes. Por mucho que se pretenda amedrentar o imponer el silencio, los obispos españoles seguirán diciendo lo que estimen oportuno para ilustrar a la sociedad sobre las cuestiones que afectan a la conciencia y al bien común. La existencia de sensibilidades diferentes es normal y positiva en cualquier colectivo, y en este caso enriquece la perspectiva de la institución en un mundo complejo y pluralista. Es imprescindible distinguir entre la misión espiritual de la Iglesia y la relación cotidiana entre los católicos y las sociedades contemporáneas. Utilizar cualquier excusa para agredir los sentimientos arraigados de muchos millones de personas, o para inducir una división artificial entre los obispos, es una actitud inaceptable que Rodríguez Zapatero debería rechazar de forma tajante. En vez de eso, habla en sus mítines de poner los puntos sobre las íes y el programa electoral socialista apunta hacia una reforma de la ley de Libertad Religiosa, sin que falten voces que piden la revisión de los acuerdos Iglesia- Estado. Antes o después de las elecciones, recurrir a todo esto representa un error muy grave, impropio de cualquier político con sentido de la responsabilidad institucional que le corresponde. EL DÍA DESPUÉS DEL DEBATE AS consecuencias políticas del segundo debate entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy quedaron ayer un tanto veladas por la realidad actual de la situación económica y del pesimismo general de los españoles, acentuado con unos datos del paro que, no por esperados, dejan de resultar inquietantes y ponen en evidencia al Gobierno. Aun así, el segundo enfrentamiento televisado entre Rajoy y Zapatero- -que contó con un millón menos de espectadores que el del lunes anterior- -no debería ser obviado porque, pese al previsible resultado de los sondeos posteriores- -que vuelven a reflejar la percepción sobre la imagen de ambos candidatos, pero no la intención de voto de los encuestados- permitió comprobar hasta qué punto el presidente del Gobierno desconfía de las posibilidades de su gestión como reclamo electoral y tiene que recurrir a esos permanentes viajes al pasado que tanto le gustan. Y permitió comprobar también cómo la solidez de los argumentos esgrimidos volvió a apuntalar las intervenciones del candidato del PP. Conviene no perder de vista, para valorar estos debates en su justa dimensión, que la legislatura socialista ha girado en torno a la marginación política del PP y a la deslegitimación de la derecha democrática. El PSOE ha fracasado en este objetivo y los debates lo han demostrado: Rajoy está en el partido, cuyo resultado final es aún incierto porque la estimación de voto al PP- -cercana al 40 por ciento- -deja abiertas todas las posibilidades para el 9 de marzo. Sin embargo, a uno y otro candidato cabe reprocharles que olvidaran algunos de los grandes asuntos de Estado. Apenas se habló de política exterior, justo cuando Iberoamérica atraviesa una crisis prebélica muy preocupante. Tam- L poco abordaron la delicada situación por la que atraviesa institucionalmente la Justicia en España, tan perjudicada por las polémicas entre tribunales, por la actuación de la Fiscalía General y por la paralización del Consejo General del Poder Judicial. Especialmente inexcusable fue, asimismo, la ausencia de propuestas para proteger a la mujer frente a la violencia machista, pese a las cuatro víctimas mortales que se contabilizaron la pasada semana y que, a la postre, centraron las intervenciones de ambos candidatos en sus mítines inmediatamente posteriores. Y más allá de lo que no se habló, conviene incidir, por su trascendencia, en dos afirmaciones de José Luis Rodríguez Zapatero, tanto por su gravedad de fondo como por el hecho de que fueran realizadas por quien ostenta la presidencia del Gobierno. En primer lugar, es impropio que el jefe del Ejecutivo recurriese a la utilización de la cifra de muertos en atentados terroristas como argumento fiable para demostrar que su legislatura ha sido mejor que la anterior. Antes de contabilizar a los muertos como si se tratasen de pura mercancía, Zapatero debería ser más consciente de la dignidad del cargo que ocupa. Y en segundo lugar, poco cabe argumentar contra quien presume de liderar el partido y el Gobierno que ha sido el eje central de la democracia O Zapatero tiene también una idea discutida y discutible de lo que es la democracia o su afirmación no es sino el reconocimiento de que la única política válida es la del cordón sanitario contra el PP y la del Pacto del Tinell. En cualquier caso, estos debates eran una asignatura pendiente de la estrategia electoral, pero parece claro que serán un factor más, y no el principal, que tengan en cuenta los electores el próximo día 9.