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ABC LUNES 3 s 3 s 2008 Tribuna Abierta AGENDA 59 Carlos Cordero Barroso Escritor EL MARQUÉS DE LA ROMANA Y EL MONASTERIO DE GUADALUPE URANTE unos días y con motivo del aniversario que se avecina, el del levantamiento de los españoles contra el invasor francés, se ha estudiado en la capital de España la figura del III Marqués de la Romana, don Pedro Caro y Sureda, quien a su profesión de militar unió su condición de ilustrado llegando a poseer una gran biblioteca, amén de varios miles de documentos y su pasión por la Historia. Su figura nos hace recordar la de un descendiente suyo, don Pedro Caro Széchényi, VI Marqués de la Romana, que en este año de 2008, y con toda justicia, será recordado en Guadalupe al cumplirse el centenario de la llegada de los franciscanos al Real Monasterio guadalupense, la noche del 7 de noviembre de 1908, a cuya ocupación pacífica por los hijos de San Francisco, tanto trabajó don Pedro Caro hasta ver cumplidos sus deseos. El Marqués de la Romana fue desde un principio el alma de la fundación en Guadalupe; trabajó con extraordinario entusiasmo para traer a los franciscanos; venció innumerables obstáculos, luchó por la reparación del derruido edificio; junto con su madre ayudó a recuperar el patio y el claustro gótico y propagó incansablemente las glorias de este lugar D Enesteañode 2008, secumple y se celebra el tercero de los centenarios de los años que tanto significaron para Guadalupe. Si 1906, con la gran Peregrinación de Extremadura a Guadalupe y el regalo de la Lámpara Votiva a la Virgen fue el grito de libertad y de los deseos de mejorar y engrandecer la tierra extremeña, engrandeciendo y rescatando del olvido a la Virgen morena, 1907, fue el reconocimiento papal de que la Virgen de Guadalupe tenía que ser la Patrona oficial de Extremadura por sus si- glos de historia y porque así lo deseaban los hijos de esta tierra. Pero para que la obra de Guadalupe quedase finalizada era necesario que el Monasterio abandonado tras la Desamortización y en manos de las amorosas pero débiles fuerzas de los curas, tuviese de nuevo una comunidad de frailes. La consecución de esto último tuvo dos valedores: el franciscano Rufino Barrenetxea y don Pedro Caro, Marqués de la Romana. Mientras que el vasco fray Rufino, desde el conventito alcantarino de El Palancar, trabajaba con tesón ante su Provincial, fray Cipriano María Alzuru e ilusionaba al padre Custodio, fray Bernardino Puig, que deseaba ardientemente que los franciscanos ocupasen Guadalupe y restaurasen aquel lugar derruido, el marqués, que hoy tiene una calle a su nombre en la Puebla, trabajó para la causa ante el Ministerio correspondiente, se entrevistó varias veces con don Antonio Maura, dio los pasos con inteligencia en las sedes administrativas madrileñas, consiguiendo que una Real Orden otorgase a los franciscanos la conservación, guarda y gobierno del Monasterio extremeño, junto con la enseñanza a los menos favorecidos, en tanto que la entrega a los frailes por parte del Arzobispado de Toledo se conseguiría más tarde y con no pocas dificultades, gracias a los buenos oficios franciscanos y con la ayuda, una vez más, de Maura y el Marqués, quienes ganan para la cau- sa de Guadalupe la intervención del Rey Don Alfonso XIII y de su madre, Doña María Cristina. Dice la Historia que la noche del 7 de noviembre de 1908, bajo una lluvia torrencial, entraban en el derruido monasterio los primeros frailes de la nueva comunidad, de la mano del Provincial. Aquellos tres frailes se llamaban, Bernardino Puig, Rufino Barrenetxea y Tomás Ona. Después se sumarían cuatro más, y el día 17, otros tres. Desde entonces, la restauración física y espiritual de este lugar la tomaron los franciscanos como tarea única y principal. A los nueve meses de que se cumplan los cien años de aquella fecha, el Monasterio es hoy Patrimonio de la Humanidad y un centro mariano a nivel mundial, visitado por el Papa Juan Pablo II y varias veces por los Reyes de España, reconocido por la Junta de Extremadura y otros organismos políticos y religiosos. maras, paraíso de Isabel la Católica, que fue clave en la Historia de España y el mundo del peregrinaje cristiano, y que en 1835 cayó en desgracia con las leyes desamortizadoras, con la humilde labor del clero secular, del bibliófilo Barrantes y el mundo intelectual, periodístico eclesiástico, de la nobleza y el pueblo extremeño, fue posible que resurgiera de sus cenizas para presentarse al mundo de la fe y de la cultura en todo su esplendor en este siglo XXI donde la labor franciscana en la parroquia, en el campo de la educación, en el plano cultural y de difusión americana ha estado presente durante cien años mediante el ora et labora de tantos hijos de San Francisco como han pasado por el ilustre cenobio. pital madrileña, en lugares tan emblemáticos como el Palacio Real y los Monasterios de la Encarnación y las Descalzas, se está presentando al mundo cultural y del turismo 42 piezas del rico tesoro que se custodia en el Monasterio de Guadalupe; lo que se está haciendo con ello es recordar a España que aquel lugar extremeño, nacido en el siglo XIII; ocupado durante más de cuatro siglos por los Jerónimos, protegido por los Trastá- Cuandoenestosdías, enlaca- vista El Monasterio de Guadalupe (1 de junio de 1916) escribía fray Isidoro Acemel: El Excmo. Sr. Marqués de la Romana fue desde un principio el alma de la fundación en Guadalupe; trabajó con extraordinario entusiasmo para traer a los franciscanos; venció innumerables obstáculos, luchó por la reparación del derruido edificio; junto con su madre ayudó a recuperar el patio y el claustro gótico y propagó incansablemente las glorias de este lugar entre sus amistades, muchas de éllas, extranjeras, que no comprendían cómo un lugar declarado monumento nacional no tenía asignación para ser restaurado y conservado Así lo dice la Historia y así lo he dado a conocer a los lectores de ABC, periódico que, desde su fundación, tanto ha propagado Guadalupe. Enelprimernúmerodelare- José María Moncasi de Alvear Consultor de comunicación LA DEBACLE l ansiado primer debate electoral entre los dos candidatos a ocupar la Moncloa se celebró hace una semana en medio de una expectación inusual más bien por el interés suscitado por parte de los medios de comunicación que por la propia opinión pública. El comienzo para ambos políticos fue riguroso en cuanto a tiempos, y los dos supieron transmitir desde un principio sus intenciones. Esos tiempos ajustados por un lado nos indica cuál es el papel del moderador que resultó ejercer más de cronometrador. Mi paisano, sin embargo, permitió a Zapatero interrumpir el discurso de Rajoy sin que hiciese ademán alguno de cortarle o, ni tan siquiera, concederle más tiempo al gallego en su turno. Por otro lado, esos tiempos nos son útiles a los espectadores para conocer de cerca la capacidad de síntesis y de concreción como cual perfec- E Si Rajoy me pidiese un solo consejo antes del segundo debate, la verdad, no sabría qué receta sugerirle. Quizá le diría que fuese él mismo, un tipo llano, simpático, buen político y mejor gestor, con gran capacidad de trabajo y sacrificio to opositor. Y a Rajoy, qué quieren que les diga, se le nota que ya pasó por ese trance. Al candidato socialista se le notó algo tenso, con la mirada altiva cuando su contrincante le sacaba los colores, inclinaba exageradamente su cabeza hacia delante cuando le recordaba al gallego su gestión en épocas anteriores. tas, realizadas en apenas media hora, soy de los que piensa que sirven de muy poco por el simple hecho de dar a conocer la opinión de los que las encargan o las realizan. Rajoy me pareció convincente y convencido de sus posibilidades. Zapatero, a mi entender, intentó aparentar ambas cosas, con éxito o no. Según se mire. El Zapatero de las mil caras, así lo definió el de Génova, es más político que gobernante. Esto lo sabemos la inmensa mayoría de ciudadanos de es- Sinosreferimosalasencues- te país. Por el contrario, Rajoy es más gobernante que político. Si Rajoy me pidiese un solo consejo antes del segundo debate, la verdad, no sabría qué receta sugerirle. Quizá le diría que fuese él mismo, un tipo llano, simpático, buen político y mejor gestor, con gran capacidad de trabajo y sacrificio, que cree en el diálogo y el consenso, rocero, pero sin poseer medicamento o receta mágica alguna de la izquierda o de la derecha que él representa para solucionar los problemas de nuestro país. Le diría que fijase su mirada segura y serena a la cámara, dejando de recurrir a cifras, a papeles o a gráficos e incluso sin mirar al adversario. Es decir, le aconsejaría mirase directamente al ciudadano, desde el primer minuto, que le ve o escucha y les dijese que el poder ha de llevarse con suma discreción y honrada administración. Que se merecen su respeto y que su única preocupación es el bienestar de los que viven en nuestra tierra. Le diría a don Mariano que desconfíe de sí mismo. Fíjense, el candidato Zapatero ya ha cancelado dos mítines a los que tenía previsto asistir esta misma semana. Supongo para prepararse mejor y comenzar al día siguiente con más aliento su sprint final para continuar otros cuatro años dividiendo a los españoles y aislando a aquellos que piensan distinto a él. Y esto, perdónenme, es no ser un buen demócrata. Nos llevaría a una debacle de consecuencias inimaginables. Ya de paso, y abusando de su confianza, me atrevería a sugerirle que cuando Zapatero le hablase del pasado usted le recordase el expolio de Rumasa, un caso injusto y desproporcionado que sirvió para que unos cuantos amigos del socialismo se enriqueciesen. A costa de Ruiz- Mateos. Ahora, perdónenme, que les cuente una confidencia. Mis dos hijos antes de apagar la luz de sus mesillas me preguntaron: ¿Hay que rezar por España? Y me conmuevo.