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ABC SÁBADO 1 s 3 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA INESTABILIDAD DEL JARRÓN CHINO E EL ÁNGULO OSCURO LA SECUELA DEL DEBATE ORGES definió irónicamente la democracia como un curioso abuso de la estadística si hubiera alcanzado a vivir unos pocos años más la habría caracterizado como un prolijo abuso de las encuestas La demoscopia quizá no sea sino una variante tediosa de los horóscopos, pero en estas jornadas de galbana mental que preceden a las elecciones el escritor en periódicos no tiene otro caramelo que chupar sino el de las encuestas, erigidas en la carta astral de la democracia. ¿Y qué nos aseguran las encuestas? Pues las encuestas nos aseguran que el triunfo de Rajoy en el debate televisivo ha provocado paradójicamente un repunte de Zapatero. Lo que no había conseguido el agit- prop de Ferraz y de los medios adictos al Régimen lo ha conseguido la dialéctica de Rajoy. Y así, podemos imaginar a Pepiño Blanco, como al ciego del Lazarillo, diciéndole socarronamente a Zapatero, mientras le restaña las heridas y magulladuras del debate: ¿Qué te parece? Lo que te enfermó, te cura y da salud O sea, el que te venció puede que te haga presidente del Gobierno. Si se confirmaran las susodichas encuestas u horóscopos, podríamos decir con propiedad que la victoria de Rajoy JUAN MANUEL en el debate fue una victoria pírrica DE PRADA También fue una victoria extraña, todo hay que decirlo. En las alocuciones que sirvieron de preámbulo y colofón al debate, Rajoy estuvo desafortunado: todavía nos preguntamos por qué se empeñaba en mirar a la cámara imitando a Marty Feldman en El jovencito Frankenstein y, mientras desgranaba el cuento o conseja final, uno sólo deseaba que apareciese por allí Jack el Destripador y le diese matarile a la niñita de marras. Pero en lo que fue el debate propiamente dicho, Rajoy se impuso sobre Zapatero, de un modo muy notorio cuando discutían de terrorismo, donde Rajoy crucificó a su oponente con aquella batería de preguntas retóricas que fue el clímax del debate: ¿A quién debo creer: al Zapatero que... También lo vapuleó cuando hablaron de inmigración, pero aquí sospecho que el discurso de Rajoy, demasiado tributario del de Sarkozy, suena un tanto agrio o inhumano; B y no vendría mal que ese discurso se atemperase con una veta de humanismo cristiano, que si no me equivoco sigue siendo un principio inspirador del ideario de su partido, aunque a veces no se note. Rajoy dejó escapar vivo a su contrincante en ocasiones, soslayó algunos asuntos por complejito (muy notoriamente el aborto) e hizo una mención extemporánea a las víctimas del terrorismo: se olvidó de referirse a ellas cuando correspondía y luego las quiso meter con calzador, en lugar de esperar a corregir su lapsus en el segundo debate. Pero en la confrontación de ideas y en el diagnóstico del tiempo presente, Rajoy fue más lúcido e incisivo; y hasta deslizó alguna pulla demoledora, como cuando muy ingeniosamente retrucó a un Zapatero que se remontaba a la década de los setenta para demonizar a la derecha: ¡Y hace treinta años el PSOE era marxista! La remisión al pasado, que es la coartada del escapista, fue el principal argumento esgrimido por Zapatero durante el debate, pues la visión complaciente, arcádica, hasta ternurista que ofreció del presente ni siquiera se puede considerar argumento, sino alfalfa propagandística. ¿Por qué entonces la demoscopia proclama vencedor a Zapatero? Se pueden proponer muchas respuestas, ya ensayadas desde diversas tribunas. Yo me atrevería a formular otra acaso más pavorosa: la sociedad española se ha acostumbrado a vivir plácidamente en el Matrix progre, se ha acostumbrado a deglutir la alfalfa propagandística como un toro pastueño, se ha acostumbrado a esa suerte de risueña inconsciencia en la que viven quienes desde la cuna han sido mecidos con cuentos; y la voz de Rajoy les suena intempestiva como un despertador en domingo, enojosa e impertinente como el tañido de una trompeta en plena melopea opiácea. Rajoy raya, Rajoy es un corte de rollo, Rajoy es fastidioso como lo fue Casandra para los troyanos, Rajoy ha venido para quebrar el espejismo del Matrix progre, y eso no puede aguantarse. Así se explica la paradójica secuela del debate que reflejan las encuestas: quien lo ganó es quien gusta menos a los encuestados, como la cirugía gusta menos que la morfina a quienes padecen cáncer. www. juanmanueldeprada. com L problema de los jarrones chinos, esa vieja metáfora churchilliana que se aplicó a sí mismo Felipe González, no es que nadie sepa dónde colocarlos para que no estorben, sino que los pongan donde los pongan resultan demasiado vistosos para no llamar la atención. Por eso conviene tratarlos con mucho cuidado: son difíciles de manejar, y al menor descuido se vienen encima con todo el estrépito, amenazando con romperle la crisma al ingenuo que crea haberles encontrado un sitio a su medida. Quizá en su infinita soberbia Zapatero llegó a pensar que su antecesor IGNACIO iba a ayudarle sin meterle CAMACHO en líos. Que un tipo tan soberbio como González iba a someterse a la disciplina de los pepiños de guardia. Que iba a pasar por la campaña sin reclamar su cuota de protagonismo. Y que se iba a atener al guión sin caer en la tentaciónde escribirlo por su cuenta. Felipe ha elegido su papel y sus tiempos. Incapaz de derramar un solo elogio a una gestión que desprecia y que no se ha recatado de criticar con aspereza vitriólica, ha centrado sus apariciones mitineras en el rol de policía malo que desata denuestos contra la derecha. Eso lo sabe todo el mundo, pero aun así al PSOE le convenía soltarlo a tirar mandobles para aumentar la tensión y calentar a la grey socialista que permanece fiel a la vieja guardia. Importaba más la presencia que el mensaje. Pero FG es demasiado zorro, demasiado altivo para conformarse con un simple trabajo sucio, y ha decidido que, además de vérsele, se le oiga. Y se le ha oído. En la peor circunstancia, cuando ZP se dispone a afrontar el segundo debate contra Rajoy presentándose ante el electorado como un hombre de sonrisa pacífica, discurso moderado y mirada tranquila frente a un rival que le apostrofa y le llama mentiroso. No ha habido en este desabrido carrusel de acusaciones ningún insulto mayor ni más explícito que ese sonoro imbécil que Felipe ha soltado en el momento más inoportuno. El presidente ya tuvo que aguantar que Rajoy le pasase por la cara las críticas gonzalistas a su política decentrifugación del Estado. Ahora ha quedado maniatado: después de estevituperio tan manifiesto no puede victimarse, ni quejarse de Aznar, ni acusar al aspirante de bronquista y pendenciero. Pero es que, además, González no da puntada sin hilo. Cuando, requerido por su agobiado sucesor, salió a apoyar las negociaciones con ETA, le echó un cable cargado de corriente eléctrica con aquello de que en materia antiterrorista siempre hay que respaldar al Gobierno aunque se equivoque El jueves, en el clímax del estridente mitin de Málaga, dejó caer un estrambote parecido, venenoso y equívoco. Sólo a un imbécil se le ocurre decir de sí mismo soy más inteligente, más moderado y más no se qué que Zapatero... aunque fuera verdad Hay adversativas que carga el diablo. Y amigos con los que sobran los adversarios. Y jarrones chinos con los que no es prudente decorar un escenario tan frágil y quebradizo como el de una campaña electoral de resultado incierto.