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ABC VIERNES 29 s 2 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA FRENTISMO HORA que la campaña de Barack Obama se ha puesto tan de moda que casi parece obligatorio copiarla- -hasta la niña del cuento postizo de Rajoy la sacaron de su célebre discurso del yes, we can quizá convenga recordar la teoría que constituye el núcleo de su propuesta, que es la unidad patriótica de los ciudadanos en torno a la construcción de un nuevo clima político nacional. En lo que ahora se llama un gesto de transversalidad, Obama tiende la mano incluso a sus adversarios para proponer un cambio de rumbo que, aunque abstracto en sus formulaciones, está enganchando a los electores y hasta ha contagiado al republicano McCain, que se abre al ala IGNACIO liberal tanto como se aleja CAMACHO del radicalismo derechista que ha sostenido a Bush. Puro centrismo, como puede apreciarse, al menos desde el planteamiento retórico y bienintencionado que caracteriza toda campaña. ¿Toda? Bueno, depende de dónde. Porque los socialistas españoles han lanzado el carro de su estrategia por el pedregal del radicalismo frentista. Después de varios tanteos innovadores, su apuesta final es la de toda la vida cada vez que se les pone difícil el panorama: el ataque frontal contra la derecha, el dóberman muerdetobillos, la llamada a rebato contra medio país, la caracterización del rival político como un enemigo social. Paradójicamente, mientras Obama recuerda no poco al Zapatero moderado eintegrador de su etapa opositora, el propio ZP se desmarca de cualquier transversalismo consensual para lanzarse a la yugular de su adversario con una propuesta de confrontación bipolar que ahonda en las bases estratégicas de su mandato: el achique de espacios que definió el pacto del Tinell, la exclusión de la derecha del campo político. La paradoja se completa con la evidencia de que es el PP el único que hasta ahora ha hablado de recuperar los consensos rotos, pese a que su propio discurso en positivo a duras penas se abre paso en el fragor del combate electoral, quizá porque en el fondo los propios ciudadanos crean poco en él y prefieran nuestra tradicional y españolísima, casi goyesca, confrontación cainita y fratricida. Al final, el clima bélico se contagia y arrastra a Rajoy al cuerpo a cuerpo, de tal modo que el cuentecillo obamiano de la niña que ha de crecer en un país moderno quedó en el último debate como un estrambote artificioso después de un pugilato a cara de perro. Acaso lo que ocurra es que, en el fondo, cada sociedad tiene los políticos que se merece, y el liderazgo decada momento histórico corresponde al clima social que lo permite. El consenso, el respeto, el acuerdo, son hermosos conceptos que la gente señala como un anhelo en las encuestas mientras en la realidad se aplica con denuedo a la dialéctica más encarnizada. La política no hace sino atender a esa demanda; si fuésemos como hipócritamente decimos ser, esta escalada de sectarismo caería en el saco roto del desprecio ciudadano. Al final, si Obama y McCain tienden manos es porque sus compatriotas les piden mano tendida, y si nuestros candidatos se zurran es porque a nosotros, al menos tanto como a ellos, nos va la marcha de la gresca y el divisionismo. A EL BURLADERO LA EUFORIA CONTRAINDICADA las pocas horas del pasado debate entre los dos candidatos principales a presidente del gobierno, una fácilmente detectable euforia se instaló en los predios del candidato popular. Mariano lo ha machacado le ha dejado para el arrastre y otras expresiones de semejante jaez eran de uso común durante esa noche y la mañana posterior. La derecha- -perdón, el centro derecha, mecachis, que siempre se me escapa- -vivía un desahogo por primera vez desde las elecciones municipales y creía firmemente que su sueño era posible, todo ello después de sentir el acoso, el cordón sanitario y el agobio en sus propias carnes. Los debates, al menos en España, no parece que sean la fórmula perfecta para generar masas oceánicas de personas decididas a cambiar su intención de voto; asientan el voto de los partidarios y, como mucho, ponen en duda a un escaso puñado de votantes- -el voto en nuestro país tiene un componente identitario absolutamente descomunal y, si me permiten, irracional- pero generan, eso sí, un estado de ánimo o de desánimo que condicionan la opiCARLOS nión, la acción y la reacción en los HERRERA días posteriores. Los seguidores de Rajoy han vivido, pues, una liberación hormonal parecida a la que experimentan los seguidores del equipo que gana la Copa de Europa y han paseado lo que consideran su triunfo con el orgullo de quien gana teniéndolo todo en contra. Parece claro que, digan lo que digan las encuestas, Rajoy estuvo por encima de su adversario gracias a haber llevado buena parte de la iniciativa en el debate y a contar con la ventaja de ser él quien analizaba la tarea del gobierno y no el gobierno- -aunque lo intentara sin éxito- -quien examinaba a la oposición. El que habrá de llegar el próximo lunes será, en cambio y según parece, el de las propuestas, el de analizar frente a frente lo que los dos grandes partidos nos tienen preparado a los españoles. Ahí no vale la misma téc- A nica: ya no se trata de decirle al gobierno lo mal que lo hizo en esto y aquello, sino de convencer a los espectadores u oyentes de que las ideas de uno son mejores que las del otro, lo cual no tiene el mismo rendimiento en espectacularidad que la bronca desabrida y el reproche agudo. No obstante, si Rajoy se desenvuelve con más soltura en las argumentaciones que Rodríguez Zapatero, la euforia, de nuevo, se instalará en el ámbito de los votantes populares y esta vez tendrá carácter casi embriagador. Tanto, que puede costarle al PP un serio disgusto, que no es otro que el de excitar el voto útil de la izquierda, la izquierda extrema y el nacionalismo de garrafa el próximo día nueve, lo cual convertiría en carne verídica la paradoja teórica de que ganar sobradamente puede ponerte en aprietos en la hora final. No se trata tanto de abonar la teoría un tanto extraña de que a la derecha española le conviene hacer campaña como si se presentase a las elecciones finlandesas con tal de no despertar al habitual abstencionista de izquierdas, no; se trata de evidenciar la mala suerte de los conservadores españoles que no pueden apoyarse en barandilla ninguna en su escalada al poder. Están solos, y a lo más que pueden aspirar es a la abulia y desgana en sus oponentes, habitantes permanentes de los pactos del Tinell y otras majaderías. Si yo fuera estratega del Partido Popular, alto honor al que no aspiro, nunca aconsejaría a Rajoy que se dejara ganar el partido ni que evitara vencer claramente a su contrario, pero sí procuraría convencerle de que prescindiera del lanzamiento de cohetes desde el conocido balcón de la calle Génova o soslayara las declaraciones pletóricas de los suyos. No pocos votantes de la izquierda extrema, de los grupúsculos insertos en IU, de los independentismos grasientos procederían a taparse la nariz y votar por el, para ellos, menos malo, como si las elecciones generales fuesen una segunda vuelta cualquiera. En una palabra: ¡Que viene la derecha! dirían. Y obrarían en consecuencia. www. carlosherrera. com