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ABC MARTES 26 s 2 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CIUDADANO BARDEM I siquiera desde un sectarismo tan acendrado como el que él mismo a menudo practica se le puede negar a Javier Bardem el enorme talento actoral del que es propietario ni el esfuerzo de superación con que ha pulido sus cualidades a lo largo de una excelente y progresiva carrera. Magnético, corajudo, tenaz y brillante, Bardem ha cuajado en un intérprete tan sólido como versátil que no ha escapado alojoclínico del cine norteamericano, esa denostada industria a la que tantosartistas ycineastas españoles critican con remilgos, prejuicios y asquitos hasta que logran integrarse en su IGNACIO alienante engranaje. El OsCAMACHO car que desde ayer decora su trayectorianoes unacasualidad niun regalo: se lo ha ganado y lo merece tanto como el aplauso que muchos compatriotas le niegan hoy debido a sus viscerales posturas políticas. Lo que hay que pedirle a este indiscutible actorazo tras la palmaria bendición de Hollywood es que no limite la admiración de la que es acreedor entre sus conciudadanos despreciando o insultando a quienes no piensan como él. Bardem está en su derecho de ser socialista, comunista o cantonalista cartagenero, si le viene en gana, pero no en el de despreciar con altanera intolerancia a quienes se sitúan en diferente espectro ideológico. Convirtiéndose en mástil de una bandera sectaria se haceun flacofavor asímismo y recorta los perfiles de grandeza de su propia figura. Este tipo podría resultar un motivo de orgullo nacional- -la palabra España sonó sin complejos dos veces en su breve discurso de agradecimiento del premio- -en vez de un icono de banderías trincherizas, pero parece haber elegido el camino divisionista al faltarle el respeto a casi medio país que también tiene el derecho de aplaudirle. Todos los matices que es capaz de imprimir a un papel, por complejo que sea, se echan en falta cuandotoma la palabra para defender a trompazos su legítima causa política. Lo que no deja de ser una forma de restringir su talento. Son numerosas las estrellas del deporte o el espectáculo que acotan su excelencia al ámbito en que han logrado destacar, comportándosefuera deél comociudadanosvulgares, nada interesantes o simplemente aficionados a sacar los pies del tiesto en frecuentes ejercicios dedesubicado histrionismo. AJavier Bardem leha dado por impostar un rolde agitador demagógico que lastima su admiración social yalimentadudassobresu verdaderainteligencia. Tampoco pasa nada: un buen actor, un eximio actor, no tieneporquédestacar como ejemplar ciudadano, y de hecho a menudo ocurre lo contrario, aunque en Estados Unidos se den significativoscasosdeliderazgomoraly político entre gente de la farándula. Pero nadie se imagina a un Robert Redford, por poner un ejemplo incontestable de referencia y compromiso, entrando como caballo en cacharrería en la escena pública para insultar al adversario con el tono camorrista de un personaje de cine negro. Claro que a lo mejor ésa es precisamente la cuestión: que nuestro autocomplaciente y sobrevalorado cine ha logrado alumbrar un Bardem, pero todavía no tiene un Robert Redford. Y que Bardem, el magnífico Bardem, tampoco es precisamente Robert Redford. Nos tendremos que conformar. N LISTAS ABIERTAS ESO QUE LLAMABAN CREDIBILIDAD L A entrega ofuscada de los partidos políticos y de sus programas a promesas para nichos electorales concretos disemina la noción de bien común que identificábamos con el acudir a las urnas. Los menos obtienen aquella recompensa que, en principio, debía ser para todos. Del mismo modo, la presión de los grupos con intereses especiales deforma la dedicación de los presupuestos públicos alinterés general. En primera fila estánlos partidos nacionalistas periféricos, acostumbrados a ejercer de palanca para obtener contrapartidas cada vez más desproporcionadas con su participación tan fraccional en el volumen total de votos. En gran parte, deeso trata lavotación para dentrodetrece días, hasta el extremo de que pudiera decrecer el porcentaje de votos de los partidos nacionalistas periféricos, pero aumentando de precio su menor número deescañosen virtuddeun resultadogeneral que algunas encuestas sitúan ahora mismo casi en el empate. Ciertamente, el sistema representativo pierde credibilidad cuando rinde tributo tan caro a la fragmentación. Aparece lo inverosímil en la desmesura entre votos obtenidos y precio del escaño en cada acuerdo postVALENTÍ electoral o de sostén de un Gobierno en PUIG minoría. Es una paradoja insana: quetenga más poder decisorio el voto de los partidos nacionalistas, precisamente cuando- -según los sondeos- -menos electores van a escoger sus candidatos. Nada bueno para la credibilidad, comonolofueaprobar el nuevoestatutodeautonomía de Cataluña con tan alto porcentajede abstención. Estos partidos buscadores de renta están incluso expresándose en campaña electoral en términos ofensivos para la idea de España, y a la vez indican ya sus apetencias, como las han formulado en estos últimos cuatro años, dando su apoyo parlamentario al Gobierno de Zapatero, como es el caso de ERC. Más comedidos, pero con objetivos comparables, CIU o el PNV practican sus oraciones jaculatorias para que ni PSOE ni PP puedan gobernar en solitario y deban negociar los votos a partir del 9 de marzo. En estos casos se da a conocer una lista de la com- pra que ejerce el papel de programa electoral, y luego hay otra lista de encargos, ya más concreta y descarnada, que aparecerá en caso de negociación para apoyos a un futuro gobierno. En una democracia con luz y taquígrafos, todo pedido subrepticio incide en el descrédito del sistema. Desde luego, al hacer el recuento de los votos, la situación resultante puede exigir negociaciones y fórmulas de transacción entre PP o PSOE y los grupos nacionalistas. Eso es política y no significa que España vaya a caer en el abismo. Todo depende de la responsabilidad al fijar el contenido y límite de las transacciones, un margen ya de por sí muy capitidisminuido por el vaciado de competencias del Estado a favor de las comunidades autónomas. De hecho, no pocos ciudadanos piensan que el proceso debiera ser a la inversa: devolución de competencias al Estado, por ejemplo en materia educativa. Para quienes crean eso en el PP o el PSOE, el coste de demandar apoyos parlamentarios ha de tener problemas de credibilidad política e incluso ética. Algunas escuelas de pensamiento sostienen que las sociedades se hacen más complejas en la medida en que intentan solventar más problemas. En estas circunstancias, pretender solucionar cuestiones que a largo plazo no tienen salida conlleva una complejidad infructuosa. En parte, eso sucede en España con el modelo territorial. Confrontación política exacerbada, riesgo para la unidad de mercado, incremento de la litigación institucional y pérdida de cohesión general: mayor complejidad y menor posibilidad de solución. En consecuencia: más energía extraviada, menos horizonte común. Lo que ocurre es que unos desequilibrios sustituyen- -si no es que acumulan- -a otros. En fin, los conflictos que se enquistan alejan, por su propia naturaleza, la transacción equilibradora. Con los nacionalismos, el mejor de los ajustes- -como fue la Constitución de 1978- -se ve secuenciado por nuevos desajustes, de forma sorpresiva o a veces previsible. Esa es la frontera en toda negociación postelectoral que quiera ser legítima. Como dice Sartori, una experiencia democrática se desarrolla a horcajadas sobre el desnivel entre el deber ser y el ser. De eso se nutre su credibilidad. También negociar con o sin límites añade o resta credibilidad. vpuig abc. es