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86 TOROS www. abc. es toros LUNES 25- -2- -2008 ABC Apoteósico adiós del César eterno del toreo BOGOTÁ Plaza de toros de la Santamaría. Domingo, 24 de febrero de 2008. Lleno de no hay billetes Toros de Las Ventas del Espíritu Santo, de distinta presentación y condición, aunque nobles y de buen juego en general, salvo el complicado 4 y el deslucido 6 fueron indultados el mansote 2 y el bravo 3 César Rincón, de caldero y oro. Estocada atravesada y defectuosa y descabello (oreja) En el tercero, simuló la suerte de matar (dos orejas simbólicas) En el quinto, pinchazo y estocada (saludos) En el séptimo, estocada al encuentro (dos orejas) Enrique Ponce, de tabaco y oro. Simuló la suerte de matar (dos orejas simbólicas) En el cuarto, estocada fulminante (oreja y fuerte petición de la segunda) En sexto, dos pinchazos y horrible bajonazo (silencio) Rincón y Ponce salieron a hombros. ZABALA DE LA SERNA BOGOTÁ. El viejo viento de tiempos pasados traía el eco del nombre del guerrero vencedor por los tendidos, primero como un susurro, después como una sola y sólida voz: ¡Céeesar, Céeesar, Céeesar! La Santamaría entera coreaba el último paseíllo de César Rincón, enfundado en un terno caldero y oro envuelto en un luminoso capote de Fernando Botero. ¡Céeesar, Céeesar! crecía y crecía el rumor. Pañuelos blancos y banderas de Colombia al aire para arropar al héroe nacional, al hombre que conquistó el universo táurico con la épica de sus hazañas. Al rato, los oles acompasaban las verónicas de solera y empaque hasta los medios, lances suaves que mecían la nobleza frágil del toro de Las Ventas del Espíritu Santo, la ganadería del propio maestro bogotano. César lo cuidó en el caballo, brindó a su cuadrilla y gozó de veras sobre ambas manos, a media altura, por alto en el principio y también en el broche de faena. Precisamente entonces Labrador se dañó una mano y precipitó el fin una estocada que fue al encuentro y defectuosa, pero no obstáculo para que el César eterno de Madrid agarrase su recompensa. Enrique Ponce se sumó al homenaje. Fue larga la conferencia del brindis, mano a mano, los dos solos en el ruedo. Había manseado el toro, frenándose de salida, y también en el caballo, y también en banderillas. Pero Ponce lo imantó desde las aleccionadoras dobladas por bajo y ya nunca lo soltó de su muleta. César Rincón se ha despedido en su tierra colombiana en olor de multitudes Desmayado en redondo, en tres series de sublime relax, alguna sin solución de continuidad, enloqueció a la Monumental. Las embestidas no fueron iguales, ni mucho menos, a izquierdas. E. P remontó el paréntesis de nuevo sobre la diestra, por roblesinas, esos circulares vaciados por arriba que patentó Julio Robles. Hasta ahí magistral; el empeño posterior por indultarlo, por seguirle la corriente al gentío, incluso provocándolo con gestos de ¿qué hago? no venían al caso: una vez conseguido el objetivo, que debe ser el indulto número treinta y tantos en su carrera, el toro se rajó en busca de las tablas y las puertas del campo. César Rincón se lo agradeció, pero apuesto pincho, tortilla y caña a que no lo echa a las vacas. Otro cuento distinto fue el del tercero, bautizado como Plebeyo pese a su real, brava y encastada embestida. El broncíneo ídolo de Bogotá estuvo sencillamente cumbre, regando de recuerdos y distancias las arenas de la Santamaría. Toreo macizo, despatarrado, de mano baja, el pecho ofrecido y la cintura quebrada; los naturales emanaron toda la torería añeja y a la vez sempiterna que le convirtieron en los noventa en indiscutible figura mundial. En esta ocasión cambiaron las tornas. Al público le provocaba menos el toro aun siendo infinitamente más bravo. Rincón no se dio mucha coba, simplemente se marchó a la barrera y avisó a la presidencia de que si no lo indultaba, él no lo mataba; el palco accedió razonablemente La vuelta al ruedo fue apoteósica, agarrado el maduro César de piedra de Bogotá a las banderas de España, Francia y Colombia. La coronación definitiva cayó de los tendidos en forma de corona de laurel. El mano a mano no tuvo nada de pantomima ni de rendido tributo. La antigua rivalidad que mantuvieron estos dos colosos en los ruedos revivía en su apogeo. ¡Cómo se arrimó Enrique Ponce con el complicado y astifi- AP Dos toros de Las Ventas del Espíritu Santo fueron indultados con distintos argumentos en una tarde que reeditó una antigua rivalidad Bárbaro Ponce en el dominio, el poder y en esa virtud que tan pocas veces se le ha cantado camuflada en su estética: un valor descomunal Pasión desatada no castaño cuarto! Bárbaro Ponce en el dominio, el poder y en esa virtud que tan pocas veces se le ha cantado camuflada en su estética: un valor descomunal. Aguantó lo indecible, tragó ricino a espuertas, soportó terribles parones entre las puntas inciertas. Y para colmo cobró una estocada fulminante. ¡Torero, torero, torero! le gritaban con pasión desatada. Incomprensiblemente, el usía no estimó la clamorosa e indiscutible petición de la segunda oreja. ¡Pooonce, Pooonce, Pooonce! fue el nombre que inundaba y coreaba ahora la plaza durante su paseo triunfal al redondel. La mala suerte se hizo presente cuando el quinto se dañó una mano en los inicios de la faena de muleta, la que debía ser la última de César Rincón. Abrevió ligero, pero prometió regalar el séptimo. El mal fario siguió vigente y el sexto no ofreció ni un resquicio de luz a Enrique Ponce con su deslucidísimo y apagado comportamiento, finiquitado de feo espadazo. Otra vez, en el séptimo, Rincón anduvo soberbio con el capote. Corrigió la informalidad imparable del gazapón sobrero; de nuevo el temple y el sutil manejo de los espacios y los tiempos; de nuevo la profundidad; de nuevo la estocada, sello de la casa, al encuentro; y de nuevo y por siempre la gloria para el César. Se va un torero. Y en hombros se lo llevaron.