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ABC JUEVES 21 s 2 s 2008 OPINIÓN 3 LA TERCERA CADENAS TRÓFICAS La pugna entre los partidos debe generar información útil sobre las cuestiones serias; los medios de comunicación han de transmitirla a los ciudadanos; finalmente, es necesario que éstos la reciclen e impulsen hacia arriba en forma de votos sensatos. Esta circulación del conocimiento representa el equivalente de las cadenas tróficas de que hablan los biólogos... A democracia española no está funcionando bien. Lo demuestra la división paralizante del Constitucional; o que los partidos se respeten o quieran suspenderse a tenor de criterios cuya relación con la ley resulta indiscernible para el ciudadano medio; o que un presidente pueda ocultar la verdad al Parlamento sin que su partido se dé por enterado o la oposición logre transmitir su enojo en términos convincentes para el grueso de la población. Estos achaques forman parte de la realidad política diaria. Señalan, por acudir a una analogía gráfica, los puntos de una curva que desciende a medida que pasa el tiempo. No intentaré, aquí, un análisis a fondo de los males de la patria. Pero sí me gustaría enriquecer el cuadro clínico. La precampaña electoral, que es lo mismo que la campaña sin el rigor de una fecha de salida, tampoco ha funcionado como sería de desear. Permítanme que les recuerde qué infunde eficacia a un sistema democrático. as definiciones clásicas de la democracia pecan, por lo común, de cabalísticas. Es claro que las democracias no son el instrumento de gobierno de la voluntad general, puesto que ésta no existe. Y es claro, igualmente, que la democracia no es el gobierno de la mayoría. Si lo fuera, la mitad más uno de los ciudadanos podría imponerse a la mitad menos uno, y entre estar en una democracia, y acabar a tortas, no habría apenas diferencia. ¿En qué consiste entonces la democracia, al menos la parlamentaria? Pues en una gestión de la cosa pública sujeta a cautelas varias. Los jueces se ocupan de que la ley no sea usufructuada en régimen de monopolio por quienes la promulgan; los partidos se equilibran; y los ciudadanos corrigen a los partidos quitándoles de vez en cuando el poder. Esto, en lo que toca a las instituciones. Pero las instituciones no bastan. O mejor, las instituciones no cumplirán su cometido, si antes no cuadran las cuentas en otro apartado. Me refiero... al de la información. La pugna entre los partidos debe generar información útil sobre las cuestiones serias; los medios de comunicación han de transmitirla a los ciudadanos; finalmente, es necesario que éstos la reciclen e impulsen hacia arriba en forma de votos sensatos. Esta circulación del conocimiento representa el equivalente de las cadenas tróficas de que hablan los biólogos. En un ecosistema, la energía y los nutrientes transitan de unas especies a otras, dentro de un marco estable. En las democracias, la información transita de unos agentes a otros dentro de un marco igualmente estable. La estabilidad nunca es perfecta, por supuesto. Con frecuencia, se hacen apuestas, que es lo mismo que decir que se adoptan decisiones no fundamentadas en un cálculo racional de costes y beneficios. Pero es preciso que el riesgo inevitable sea, también, excepcional. Allí donde la desinformación impera, la conducción de los asuntos asume un carácter crónicamente azaroso, y se termina por no dar pie con bola. L L Vuelvo con ello a la precampaña que nos han dispensado socialistas y populares. Se ha registrado alguna novedad notable. Rajoy, por ejemplo, ha abierto el melón de la política de inmigración. Lo ha hecho con descuido de las formas e incurriendo en efectismos innecesarios. Pero, al menos, se ha referido a algo que afecta de modo importante a todo el mundo. Esto entra dentro de la lógica democrática: se adivina un hueco y se perfila un movimiento, que el votante sopesará en el momento de depositar su papeleta en la urna. Por lo común, el PP ha conseguido tomar la iniciativa, empujando al PSOE a posiciones reactivas y más propias de un partido aspirante, que gobernante. Se constató en la entrevista a Zapatero del día 11: algo anda mal cuando el presidente dedica la mitad de su intervención a recordarnos lo mal ministro que fue, en tiempos de Maricastaña, el candidato de la oposición. Estas consideraciones no afectan, sin embargo, a lo que aquí quiero decir. Sí lo hace el que existan cuestiones, y cuestiones de gran calado, sobre las que se ha hablado poco o muy superficialmente. Destaco dos ausencias: un análisis creíble de la crisis económica, y una discusión abierta en torno al problema territorial. L a segunda carencia es clamorosa, por cuanto no será dable organizar el futuro próximo de España, sin ponerse en claro acerca del modelo de Estado que ésta quiera darse. Que el formato instaurado en el 78 se encuentra en fase de liquidación, es cosa que se le alcanza a cualquiera. También se le alcanzan a cualquiera las consecuencias de perpetuar el disenso radical entre los dos partidos. De Zapatero, por desgracia, no se puede esperar nada. El hombre que se ha aliado a fuerzas secesionistas, no se encuentra en situación objetiva de instar un cambio de rumbo. Pero Rajoy, mejor orientado, no consigue, por razones diver- sas, redondear la faena. Reparen en el mano a mano que sostuvo con Gabilondo cuatro días antes de que le tocara el turno a Zapatero. Rajoy dijo, y hay que celebrarlo, que si gana las elecciones convocará al PSOE para pactar el modelo de Estado. Ahora bien, o las cosas se hacen a medias, o no se hacen. Los efectos de esa convocatoria serán virtuales, si no se negocia con los socialistas una mayoría parlamentaria. Ello excluye, es evidente, juntar garbanzos con CiU. ¿Ha renunciado el PP a un consorcio con los nacionalistas catalanes? Entramos aquí en un terreno arcano, misterioso. Rajoy, en la entrevista, se comprometió solemnemente a no retirar el recurso contra el Estatut. Ello impide, o, cuando menos, estorba seriamente, el acuerdo con los convergentes. A la vez se aprecia, con fundamento, que CiU es la pieza de que habrá menester el PP para gobernar en el supuesto de que no se llegue a un entendimiento con los socialistas. El entendimiento, por desgracia, es improbable o conjetural, y lo que tenemos entonces es que el PP tasca el freno y se retrae de apurar las ideas hasta su conclusión lógica. ¿Resultado? Que el punto de vista de Rajoy, aun siendo racional, entre en conflicto con el del votante. El último ignora lo que ocurrirá después de que haya votado, lo que significa que no puede disponer, en definitiva, de un punto de vista auténtico. Se ha interrumpido, en otras palabras, el flujo de información. El contencioso económico sugiere un análisis distinto, aunque también revelador. Mucha gente, con la cabeza bien amueblada, llevaba años avisando que el modelo nacional de crecimiento, basado en tipos históricamente bajos y en la inmigración incontrolada, estaba a punto de agotarse. Los malos datos en productividad, deuda exterior e inflación, más el peso extraordinario del sector inmobiliario, permitían aventurar que la moderación salarial y el consumo interno, propiciados por la oferta masiva de mano de obra, daban para mucho, aunque no para todo. La crisis financiera internacional ha acelerado el deterioro de la economía; pero no constituye su única causa. l PSOE habría explicado todo esto, con brillantez indudable... desde los bancos de la oposición. Como, sin embargo, está en el poder, desde el que se ha limitado a administrar la herencia que le habían legado sus rivales, prefiere, o quitar gravedad a los hechos, o desplazar la responsabilidad a Washington, que está muy lejos, y que es culpable por definición. El desenlace es un desajuste entre los síntomas y el diagnóstico. En lo que hace al Gobierno, porque los síntomas se niegan; en lo que toca a la oposición, porque el 9 de marzo está muy cerca, y no hay tiempo para meterse en honduras ni partir los pelos por cuatro. Ha fallado de nuevo la cadena trófica. Los votantes habrán de decantarse movidos por el instinto y el argumento del mal menor. Esperemos que los debates mejoren la situación. E ÁLVARO DELGADO- GAL