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ABC SÁBADO 16 s 2 s 2008 OPINIÓN 3 LA TERCERA MEDITACIÓN SOBRE LA IGLESIA La Iglesia tiene que decir lo que piensa, pero no espere que le pongan alfombra ni que no la critiquen. Si habla, tiene que estar dispuesta a aceptar las críticas. Después de una actuación pública, no es extraño que haya una respuesta pública (Cardenal Carlos Amigo Vallejo) El socialismo en el poder, y las convicciones específicas de su presidente, han decidido menospreciar la presencia eclesial en la vida pública por considerarla negativa para la democracia, y la Iglesia ha respondido con una defensa numantina, a la vez que argüía la derivación totalitaria de la acción gubernamental... OMIENZO con estas palabras del cardenal Carlos Amigo, arzobispo de Sevilla y miembro de la Permanente del Episcopado español, como guía de caminantes para proceder en el texto que sigue y que, por otra parte, recoge el título de un volumen emblemático de otro cardenal egregio, el ya fallecido Henri de Lubac, censurado por el Vaticano y más tarde asesor de los obispos franceses en el Vaticano II, sin que la repetición de palabras sea una casualidad. Precisamente, cuando estaba en su retiro de Fourviéres, De Lubac escribió este memorable texto como signo de que, en plena crisis tras la censura vaticana, permanecía un fiel hijo de la Santa Iglesia: Meditación sobre la Iglesia, que ahora mismo uno recoge como título de la propia meditación sobre la Iglesia española precisamente en este momento de su devenir histórico, tan baqueteado por la situación sociopolítica y su toma de postura pastoral ante la misma. El cuatrienio de la legislatura que está por consumarse, ha supuesto una confrontación explícita entre la cosmovisión eclesial y la cosmovisión gubernamental. Negar esta evidencia resulta ingenuo y solamente nos conduciría a situarnos en terreno mentiroso: la verdad nos hace libres en toda circunstancia, no solamente la evangélica. Aceptemos, pues, la verdad de tal confrontación. Es decir, que el socialismo en el poder y dirigido de forma tan personalista por José Luis Rodríguez Zapatero, ha ido consiguiendo vía parlamentaria y en todo caso legalmente válida, una serie de medidas que todos conocemos, que forman parte de su propia visión de la vida individual y colectiva, y que han modificado la moralidad de la estructura cívica española hasta el punto de convertirla en una estructura posibilista donde las haya: a casi nadie se obliga, pero casi todo se permite. El ciudadano es el dueño de sí mismo mediante la creación permanente de su personalísima moralidad dentro de las posibilidades morales propiciadas por el Estado en la medida en que el Gobierno actúa fácticamente. Esto es así y representa una forma de concebir la existencia humana según un patrón ético tan respetable como discutible. Existencia humana que repercute en la formalización de la existencia cívica. Las cosas han sido así y todos sabemos que han sido así. ientras tanto, la Iglesia española, en la medida en que está representada por su Conferencia Episcopal, ha manifestado su malestar por esta forma de concebir ética y moralmente al ser humano y, como resultado, su convivencia cívica, pues una cosa conlleva la otra. Para nada, en principio, hay que achacarle una actitud revanchista y mucho menos invasora del ámbito sociopolítico gubernamental, pues, como cualquier otro colectivo, está en su derecho a manifestarse como es y como piensa en todo lo referente a la vida individual y colectiva, siempre y cuando no entre en medidas técnicas que el Vaticano II deja al arbitrio de C los políticos en cuanto tales. Frente al posibilismo ético (que se refiere al mundo de los principios) y a su correspondiente posibilismo moral (referido al mundo de las costumbres) la Iglesia Católica española plantea la existencia de una serie de verdades permanentes, tan relacionadas con la naturaleza como con su propia doctrina religiosa. Existen, afirma, normas que nadie puede violar sin fracturar al ser humano y a su tarea cívica de manera consustancial. La libertad se adquiere mediante la libre aceptación de una verdad previa. o que ha sucedido, esa confrontación enunciada, consiste en el roce estridente de ambas cosmovisiones, y en cuanto tales concepciones de la vida humana y cívica, mucho nos tememos que sea imposible llegar a una tercera vía intelectual. Pero lo que debiéramos preguntarnos los católicos medianamente sensatos y llamados a reconciliar antes que a fracturar, es si ambas actitudes como defensoras de su relativa cosmovisión, han procedido con la mejor comunicación de su propia verdad y además con el necesario espíritu dialogante en beneficio de la obligatoria construcción de una democracia tan costosamente conseguida en la Transición que ambas realidades convinieron en llevar a cabo; para evitar que el roce se transforme en choque frontal. Los principios son los que son y sus consecuentes moralidades también, y es inútil engañarnos al respecto, pero queda en pie la obligación democrática de Gobierno e Iglesia a la hora de dialogar para no romper todavía más el tensionado tejido de esa realidad que llamamos España y que a todos concierne, si bien de manera constitucionalmente diferente. Y la respuesta al interrogante es que unos y otros lo están haciendo de forma precaria. Para nada escribimos aquí sobre alguna torcida volun- L tad de agresión al adversario, pero sí de una praxis democrática que una y otra vez ha golpeado al que estaba enfrente y discrepaba de cada uno. El socialismo en el poder, y las convicciones específicas de su presidente, han decidido menospreciar la presencia eclesial en la vida pública por considerarla negativa para la democracia, y la Iglesia Católica ha respondido con una defensa numantina, a la vez que argüía la derivación totalitaria de la acción gubernamental, remitiéndose a momentos de desgraciada persecución religiosa. Una reacción que ha irritado al socialismo en el poder y le ha llevado a proclamar el retorno del censurable nacionalcatolicismo de infeliz recordación. Una lástima de dialéctica democrática, pero que en definitiva, no es más, ni menos, que aquel estridente roce de cosmovisiones fundamentales, mediatizadas por palabras, actuaciones y decisiones formalmente desafortunadas. Y en éstas, llegamos a este período pre- electoral, centrado en la contradicción que la Nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española ha suscitado al pretender ayudar a un mejor discernimiento del voto católico, pero también dirigida a todos los que deseen acogerla. La Nota se mueve en unos parámetros de enorme sensatez desde el punto de vista doctrinal, si bien pueden ponerse objeciones a sus dos líneas en materia terrorista y a su estructura literaria en orden a una mejor comunicación, lo que sería objeto de una reflexión que en este momento no procede. Pero es obvio que, tras lo meditado en los párrafos anteriores, el terreno estaba perfectamente abonado para el estridente roce al que estamos asistiendo para escándalo de todos los espíritus que deseamos un tiempo de serenidad pre- electoral y nunca la utilización partidista del punto de vista eclesial, como está sucediendo de forma, nos parece, inevitable. Las cosas son como son, pero es nuestra libertad la que produce las cosas en sí mismas. onvendrá releer las palabras del Cardenal Amigo, precisamente en este momento, para ser capaces de encajar la dialéctica sustancial de la vida pública que a todos afecta. Y es que parece que, de un tiempo a esta parte, muchos católicos españoles que también nos sentimos comprometidos con el futuro de nuestra nación, estamos siendo desgarrados por la contradicción dominante. Tal vez resulte imposible conciliar radicalmente las respectivas cosmovisiones, pero se hace del todo necesario la debida educación democrática en beneficio del conjunto, harto ya de voces que, en algunas ocasiones, para nada representan aquellas cosmovisiones que dicen defender. La construcción de la democracia exige renuncias, tal vez dolorosas, por parte de todos sus protagonistas. No hay otra salida. C M NORBERTO ALCOVER, S. J. Profesor de Comunicación en la Universidad Pontificia Comillas