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ABC JUEVES 14 s 2 s 2008 JUEVES deESCENA 85 CRÍTICA Tío Vania Autor: Anton Chéjov. Traducción y adaptación: Rodolf Sirera. Dirección e iluminación: Carles Alfaro. Escenografía: Max Glaenzel y Estel Cristià. Vestuario: María Araujo. Intérpretes: Enric Benavent, Emma Suárez, Malena Alterio, Francesc Orella, Víctor Valverde, Sonsoles Benedicto, María Asquerino y Emilio Gavira. Lugar: Teatro María Guerrero. Madrid. El corazón del bosque JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN En el filo de los siglos XIX y XX escribió Anton Chéjov (1860- 1904) su Tío Vania esas escenas de la vida en el campo que Konstantin Stanislavski dirigió en 1900. El dramaturgo reelaboró su pieza en un acto El demonio de madera de 1889, rebajando el número de personajes y eligiendo un final de angustia en sordina para la que se convertiría en una de sus mejores y más populares obras. Una pesimista reflexión sobre la utilidad de la vida en la que el correlato sobre la degración de la naturaleza por la desaparición de bosques cobra carácter de símbolo en un panorama de existencias estancadas, horizontes mezquinos y anhelos amortiguados. No cabe posibilidad de heroísmo, grandes pasiones o tragedia en esta rutina del desencanto y hasta el amago de sonoros gestos como el asesinato o el sucidio se frustran en el patetismo de lo grotesco. La infelicidad o, expresado de otro modo tal vez más certero, la imposibilidad ontológica de ser felices es un lastre vital que los personajes de Chéjov arrastran con dignidad resignada, como el peso imborrable de una antigua culpa. Rodolf Sirera dice haber adaptado el texto de Chéjov en sintonía con la lectura del director, Carles Alfaro, trasladando tiempo y lugar de la Rusia rural de finales del XIX a un indeterminado país del África tropical en el periodo de entreguerras del pasado siglo, un tórrido ambiente de plantación y tensiones húmedas quizás más próximo a las atmósferas de Somerset Maugham que a las chejovianas. Una filigrana estilística que al cabo no molesta y permite estilizar figurines, convertir a los mujiks rusos en braceros africanos que hablan en suajili, y facultar a los escenógrafos para que levanten como fondo un impresionante muro arbóreo que sitúa a los personajes en el cora- zón de un bosque concebido para devorarles. Uno tiene la impresión de que éste es un Chéjov a rachas, con grandes momentos alternados con alguna bajada de tensión, tanto en ritmo escénico como en interpretaciones. El progresivo desmantelamiento de la casa entre un desagradable fragor de tala de árboles que se utiliza para separar los actos de la función evapora el característico tempo chejoviano de medios tonos cuajados de significaciones subterráneas. Es, desde luego, un buen montaje, espléndido en muchos aspectos, aunque le falta un punto para transmitir la sensación de redondez. La escenografía es muy bella y está muy bien iluminada, y los actores protagonizan excelentes momentos teatrales: Enric Benavent es un Vania arrebatado y amargo, Emma Suárez imprime una elegante distancia a su Elena, Francesc Orella transmite a su doctor seguridad y un toque de cinismo práctico, Malena Alterio impregna a su Sonia de tierna tristeza y Víctor Valverde viste a su profesor de apropiada gallardía hueca. Un estupendo elenco para un espectáculo que, con todo, merece la pena. Enric Benavent, Emma Suárez y Malena Alterio FRANCISCO SECO De Rusia al trópico