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ABC LUNES 11 s 2 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA Y OTROS EFECTOS ABLÓ el hombre circunflejo con tono solemne, tomándose un paréntesis de gravedad en su nueva versión del Himno a la Alegría: Los que se humillan ante las pistolas no tienen sitio en la democracia Y me dio un vuelco el corazón; por un momento pensé que se iba a retirar de las elecciones. Qué susto, qué sobresalto, qué trastorno. Pero fue sólo un momento de zozobra: se refería a los chicos de Batasuna, antes llamada izquierda abertzale Claro, cómo no había caído. Llamar accidente al atentado de Barajas, según la señal convenida IGNACIO con la cúpula etarra, no CAMACHO fue una humillación. Ni autorizar conversaciones posteriores al bombazo. Ni sacar de paseo a Iñaki de Juana. Ni llamar hombre de paz a Otegi. Ni mandar al fiscal a exculpar a los proetarras procesados. Todo eso fueron generosas manifestaciones de flexibilidad democrática. Es un placer estar de acuerdo en algo con el presidente del Gobierno. Cuando eso le ocurre a la oposición, se llama consenso, y suele facilitar la gobernación del Estado en los asuntos de mayor enjundia. En torno a esa frase, la de dejar sin sitio a los que se humillan ante las pistolas, se podría construir un consenso interesante, pero convendría definir el concepto de humillación. Hoy por hoy no parece diáfano, qué lástima. Si hubiésemos estado todos de acuerdo antes, se habrían evitado algunos episodios desagradables. Incluso humillantes. Pero el Gobierno propone borrón y cuenta nueva. O sea, que demos por bueno que bien está lo que bien acaba. El Tribunal Supremo, siempre tan quisquilloso, no parece conforme con estas prisas de arrepentido. Los magistrados se preguntan a qué viene tanta urgencia, ignorando la proximidad de las elecciones. Pero, hombres de Dios, ¿tan ciega es la justicia que no lee los periódicos? Menos mal que Garzón sí los lee con ojos bien abiertos, y hasta ve los telediarios, e incluso corre el rumor de que le gusta salir en ellos. Garzón es un juez absolutamente independiente, como todos los demás- -en el Estado de Derecho, la independencia va con el juez, indisolublemente, como la soberanía con el pueblo o la cartera con el ministro- pero en los últimos tiempos su independencia tiende de forma insistente a concomitar con los criterios del Gobierno. Así que él no sólo se extraña de las prisas zapateriles, sino que incluso se da más. Este consenso entre poderes da gusto: el ejecutivo piensa y el judicial actúa. ¿Y el legislativo? Mira, y calla; en tiempo de elecciones, está disuelto. Pero si no lo estuviese, asentiría. Por consenso, claro. Así que siempre debería ser tiempo de elecciones. Para que los políticos fuesen amables a todas horas, y para que los jueces actuasen con diligencia meteórica. Para que no fuese necesario resaltar lo evidente. Y para que nadie se atreviese a dudar siquiera que los que se humillan ante las pistolas carecen de sitio en la democracia. Cómo no se nos habría ocurrido antes, y cómo hemos podido tardar tanto en comprenderlo. HUMILLACIONES H EL ÁNGULO OSCURO CILINDRO, DIÁBOLO, CAMPANA Y A lo decía ayer Antonio Burgos. Si a un ministro de derechas se le hubiese ocurrido clasificar a las mujeres según la distribución de sus turgencias ya tendríamos a las feministas hechas unos basiliscos. Pero como Bernat Soria es un ministro de progreso las feministas se quedan tan anchas; o, dicho en la jerga propuesta por él mismo, tan campanas. Y es que los cabreos de las feministas son selectivos: no les importa tanto la naturaleza de la ofensa como la adscripción ideológica de quien la infiere. Imaginemos que hubiese sido Arias Cañete el artífice de esta clasificación que divide a las mujeres en diábolos, cilindros y campanas; de inmediato, las feministas le hubiesen pelado la barba en seco. Claro que, de haber sido Arias Cañete el artífice, habría elegido términos menos áridos para la clasificación; y, además, los habría aderezado de comentarios sicalípticos. Así, Arias Cañete, habría elegido la palabra pera para referirse a la mujer de caderas anchas, en lugar de la vejatoria campana (no olvidemos que las campanas tienen badajo) y habría añadido que lo bueno de la pera es que es una fruta de carne sabrosa y mollar. Lo cual habría enardecido sobremanera a JUAN MANUEL las feministas, que no soportan la sicaDE PRADA lipsis y mucho menos los piropos (con razón, pues según a qué mujer se dirijan los piropos pueden ser en realidad pullas sarcásticas) En cambio, la asepsia científica del bueno de Bernat aquieta y pacifica a las feministas, pues en ella resulta imposible rastrear atisbo alguno de galantería. A las mujeres normales les gusta el lenguaje galante; a las feministas les gusta el lenguaje taxonómico, como de prospecto de lavadoras. El bueno de Bernat cosifica a las mujeres, pero no a la manera cachonda, devotísima y greguerizante con que Ramón Gómez de la Serna las cosificaba en Senos sino al modo cetrino y mingafría del taxonomista. El cosificador ramoniano ve una mujer voluptuosa y de inmediato piensa en una guitarra o en un ánfora; el cosificador taxonomista, en cambio, piensa en un diábolo, que es algo que sólo se le puede ocurrir a un célibe vocacional o a un tío con disfunción eréctil. Pero el bueno de Bernat no es un célibe vocacional, mucho menos un tío con disfunción eréctil; el bueno de Bernat es que mira a la mujer con los ojos de la ciencia, y ya se sabe que la ciencia no es cachonda ni greguerizante. El bueno de Bernat, según me acaba de descubrir Ruiz Quintano, ha definido a sus hijas adolescentes como tormentas de hormonas que desde luego es un modo muy científico de expresar el amor paternal; y cuando en una hija ves una tormenta de hormonas no parece extraño que en una mujer anónima que pasa por la calle veas un mero cilindro. De todos modos, es una suerte que el bueno de Bernat haya encauzado sus ímpetus taxonómicos por el ramo textil; si esta manía de clasificar a las mujeres en diábolos, cilindros y campanas lo hubiese pillado cuando estaba destripando embriones en Valencia podría haberse convertido en un peligrosísimo perfeccionador de la raza. Parece que estoy viendo al bueno de Bernat en su laboratorio valenciano, seleccionando embriones como quien escoge lentejas: Éste para el congelador, que es una campana; ése para la probeta, que es un diábolo; y aquél para la trituradora, que es un cilindro birrioso Yo si fuera mujer y me llamaran cilindro me agarraría un cabreo de padre y señor mío; ahora, si fuera feminista, hasta lo agradecería, pues siempre hay tratamientos peores que el de volumen geométrico. El bueno de Bernat tal vez sea un crack destripando embriones, pero eligiendo símiles se revela como una auténtica calamidad. Al decir cilindro sospecho que el bueno de Bernat quería significar eufemísticamente mujer sin turgencias, pero le ha salido el tiro por la culata, porque lo que nos evoca un cilindro es más bien un bidón o un salami. Para que su propuesta termine de cuajar, el bueno de Bernat debería pedir a sus compañeras de gabinete, tan habituadas a dejarse retratar para las revistas de moda, que posasen para una campaña publicitaria destinada a popularizar su clasificación: Cristina Narbona es un sólido cilindro; Magdalena Álvarez puede pasar con indulgencia por diábolo; y Carme Chacón haría una apetecible campana, aunque no pudiese repicar. www. juanmanueldeprada. com