Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 11 s 2 s 2008 OPINIÓN 3 LA TERCERA LA MEMORIA DOLIENTE El imaginario de la España contrafactual, de la España que no pudo ser, ha hecho palidecer siempre las vanidades de la historia oficial. El sueño de la convivencia medieval de las tres culturas se ha impuesto sobre las celebraciones de 1492... ICEN que la historia la escriben siempre los ganadores. Ello exige matices y desde luego, en nuestro país, cuesta creerlo. En la memoria histórica de España, la memoria colectiva, larga y ancha, tengo la impresión que ha dejado más secuelas la España doliente de los perdedores que la España autosatisfecha de los ganadores. De entrada, éstos siempre tienen sobre los perdedores el lastre de haberse quemado más por su protagonismo ante los focos del escenario histórico. Los perdedores se han refugiado muchas veces en el limbo envueltos en solidaridad ternurista. Permiten la especulación contrafactual de qué hubiera pasado si ellos no hubieran sido marginados o derrotados. El dictamen de Parker: el éxito nunca es definitivo les ha servido de permanente aval consolatorio y la historia les ha llamado a la escena política, tras su fracaso, repetidas veces y ha estigmatizado con adjetivaciones apodícticas el gobierno de los ganadores. Con el término década ominosa han repetido los bachilleres durante varias generaciones el juicio que los historiadores otorgaban a los diez últimos años del reinado de Fernando VII sin saber bien qué significaba el oprobioso adjetivo: ominosa, mientras que nadie parece haber debatido a fondo las razones de las repetidas oportunidades políticas frustradas de las víctimas de Fernando VII y sus herederos, más allá de las siempre presentes oscuras fuerzas reaccionarias a memoria doliente, la construcción de la culpa, el complejo, nunca convicto y confeso, de inferioridad, ha estado demasiado presente en nuestra historia. La pasión victimaria con la Inquisición convertida en el monstruo legitimador de todas las propias carencias (en las Cortes de Cádiz se le llegó a atribuir que por su culpa nadie pudo pensar el morbo descriptivo de la estela de las represiones y exilios producidas por los ganadores de las diversas guerras civiles que han surcado nuestra historia conflictiva, con la tendencia al dramatismo cuantitativo y cualitativo, el síndrome de fracaso con el que tantas veces se ha descrito la historia de España (fracaso de la revolución burguesa, de la revolución industrial, de la nacionalización española... el concepto de la leyenda negra y su trasfondo victimista de la ansiedad sentimental siempre insatisfecha del no nos quieren ¿Y qué decir del discurso de los nacionalismos periféricos con la coartada permanente de la atribución del pecado original al perverso Estado, responsable de todos los males pasados, presentes y futuros? Ni que decir tiene, hoy la memoria doliente hispánica, acomplejada con el Imperio a cuestas, maltrecha por la herencia de las críticas lascasianas a la obra en América, con unos héroes que presuntamente no merecían serlo, añade a su larga lista de meas culpas la asunción de que, efectivamente, los agravios de las periferias están más que fundamentados. Mientras tanto, la memoria épica, la que tenía que construir un pasado glorioso, permanece inhibida y apenas respira para no molestar. Lo curioso es que históricamente se ha tratado de una D épica principalmente resistencial, más que agresiva, poblada de lugares de memoria defensivos (Numancia, Sagunto) de héroes ejerciendo de vasallos maltratados por sus Reyes (Cid- Alfonso VI, Gran Capitán- Fernando el Católico, Juan de Austria- Felipe II) de hombres y mujeres inmolándose para salvar la patria frente al enemigo invasor (Daoiz, Velarde, Agustina... Hasta un referente como el de Santiago Matamoros fue cuestionado por demasiado agresivo y pretendidamente relevado en el patronazgo español ya en el siglo XVII por una santa autóctona políticamente mucho más correcta: Santa Teresa de Jesús. La maurofilia literaria ha sido significativamente una constante destinada a neutralizar la mala conciencia de la represión de los moriscos. Y los complejos con los que hoy se aborda la Reconquista desde Covadonga hasta la toma de Granada, exigirían una consulta psiquiátrica colectiva. a épica imperial autosatisfecha y feliz, ha sido frágil y cultivada de modo esporádico a lo largo del tiempo por la historiografía española (la generación de Campomanes, la generación de Cánovas y el primer franquismo) Ha pesado más la herencia comunera de los perdedores de Villalar que la de Carlos V y de sus intelectuales orgánicos. Ha contado más la crítica profunda desde dentro de España (más allá de Antonio Pérez) del reinado de Felipe II que la historia oficial emitida por los cronistas del Rey. Las Casas pudo publicar su célebre Brevísima relación en Sevilla en 1552 y su opositor, el oficialista Ginés de Sepúlveda tuvo que publicar su tesis en Roma, porque nadie se la editaba en España. Cabrera de Córdoba, el cronista de Felipe II, sólo pudo publicar la primera parte de su obra en su tiempo. La segunda parte en la que comentaba las alteraciones aragonesas de 1591, ante los comentarios negativos del grupo de presión aragonesista de los Argensola, no se editó entonces y no se publicaría hasta el si- L glo XIX. ¿Puede considerarse la Historia de España del padre Mariana representativa de la historia oficial? De las debilidades de la historia oficial española, es un buen reflejo la visión que los cronistas borbónicos de la Guerra de Sucesión (Bacallar, Belando) dan de las consecuencias de la batalla de Almansa y de la supresión de los fueros en Aragón y en Valencia. Desde luego no puede extrañar que no satisfacieran el ego de Felipe V De las limitacio. nes de la historiografía franquista a la hora de imponer su discurso ideológico, a partir de los años sesenta del siglo XX, habría mucho que decir, ahora que tanto se cultiva el adanismo de los actuales descubridores de la memoria histórica de la República y la Guerra Civil. Hasta los logros de un período como la transición política, subsiguiente a la muerte de Franco, hoy están denostados como fruto de la presunta intimidación de un contexto determinado, con pacto de silencio incluido, que se inscribiría en las forzadas concesiones de la izquierda por el imperativo categórico de la necesidad coyuntural. l imaginario de la España contrafactual, de la España que no pudo ser, ha hecho palidecer siempre las vanidades de la historia oficial. El sueño de la convivencia medieval de las tres culturas se ha impuesto sobre las celebraciones de 1492. La alternativa del austracismo imaginado ha triunfado sobre la realidad de lo que significó la Monarquía borbónica. Los afrancesados han propiciado la especulación permanente acerca de si fue un error el patriotismo emocional del Dos de Mayo de 1808. El federalismo, que tuvo una experiencia concreta, fugaz y desde luego nada feliz, sigue siendo sublimado como la panacea ideal para resolver la eternamente pendiente asignatura de la construcción del Estado ideal. El republicanismo también se esgrime como la solución a cualquiera de los problemas que afectan hoy a los ciudadanos españoles que se caracterizan, ante todo, por su mentalidad arbitrista, siempre con la pócima mágica a punto. Es curiosa la trayectoria de los historiadores de mi generación. De niños fuimos educados por el franquismo en el cultivo de los mitos más heroicos de nuestra historia. Después llegamos a la universidad en los sesenta y nos lanzamos a la caza y derribo de toda la mitología que creíamos había inventado el franquismo en rigurosa exclusividad. Así, hemos acabado sin mitos referenciales en los altares de nuestra historia nacional, en contraste con los franceses y sus felices lieux de memoire hemos denigrado buena parte de los signos identitarios españoles, dejando en manos del hispanismo foráneo la glosa de la memoria heroica y parece más vigente que nunca la memoria doliente, masoquista, autofustigadora de todas las presuntas pretéritas glorias. Decididamente, en España, no escriben la historia los ganadores. E L RICARDO GARCÍA CÁRCEL Catedrático de Historia Moderna Universidad Autónoma de Barcelona