Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
78 CULTURAyESPECTÁCULOS www. abc. es culturayespectaculos MIÉRCOLES 6- -2- -2008 ABC Los Príncipes y la comisaria de la muestra, Anne Baldassari, junto César Antonio Molina, Pilar Citoler, Bruno Delaye y el nuevo director del CARS, Manuel Borja CHEMA BARROSO Maya Picasso: ¡A divertiros! Con motivo de la inauguración de la exposición de las joyas del Museo Picasso de París en el Reina Sofía, la hija del pintor recorre en este artículo algunas de las principales obras de la muestra. Los lectores de ABC pueden disfrutar de la historia familiar que se oculta tras algunos cuadros, a los que Maya confiesa escribir cartas en las que habla sobre el pintor l Museo Picasso de París paseándose en Madrid, lleno de obras hechas por mi padre en todas partes, reflejando su vida, sus amores, sus hijos, sus amigos. Parece mentira, ¿cómo es posible? Siendo yo su hija, y al ver todas esas obras juntas en París, me fastidiaba un poco y tanto que a veces- -muchas veces- -les escribo cartas a muchas de esas obras, preguntándoles: ¿Qué tal la vida en París sin mi padre? Yo le echo de menos, y ellas deben casi padecer como yo de su ausencia. Para vosotros será divertido- -lo supongo- -pero para mí no tiene ñor Max Pellequer, el banquero de mi padre, en su comedor. A mí nunca me ha dado miedo esa mancha blanca en el ojo, pero les puedo confiar que mis propios hijos preferían ponerse de espaldas al cuadro, para no mirarla de frente. Marie Thérèse juega al balón E nada de gracioso. Por ejemplo, cuando veo ese Autorretrato de 1901: cada vez nos echábamos a reír mi padre y yo cuando me enseñaba unos pelillos en su bigote y me parece que también en su barba. Él me decía sonriendo: ¿Ves? se ve que soy hijo de un pelirrojo, no puedo llevar barba y bigote como todo el mundo porque ese pequeño mechón no es como el resto de mi pelo, tiene una pizca de ese color y queda muy feo Para mí, La Celestina de 1904, hace parte de mi vida. Siempre la he visto encima de una chimenea en casa del se- Lo que me hace gracia son los cuadros donde se ve a mi madre, Marie Thérèse- -la tan deportista Marie Thérèse jugando con un balón en los años 29 y 30. Esa palabra balón no tiene nada que ver con lo que os imagináis: Balón ya que mi madre me hizo jugar con esa clase de juguete y les puedo afirmar que no tenía nada de gracioso. Siendo una niña tenía suerte porque mi balón sólo pesaba 3 kilos. El suyo- -su balón -pesaba 5 kilos y suele llamarse medicine ball Esa clase de balón era de cuero relleno de arena. Teníamos dos, uno para jugar con la niña- yo -y el más pesado para ella y los que aguantaban ese juego, es decir mi padre u otro hombre. Como era muy deportista, en los cuadros no se nota que esos balones pesan tanto y es lo que me hace tanta gracia. Naturalmente, les tengo que hablar de ese cuadro en el que se me representa en el año 1938 a eso de mis 3 años. Ése viene con mi segunda muñeca, Pouet- Pouet que era el ruido que echaba al apretar su cuerpo de goma. Ella iba vestida de marinero. Por mi lado, iba vestida como una princesa, no tan princesa y guapa como Leonor y Sofía, pero algo parecido. Ojos claros, pelo rubio. Mi padre se divertía en comprarme exactamente esa clase de vestido que veis en este cuadro. Mi abuela se encargaba de los calcetines y mi madre de las cintas en el pelo para dominar esos pelos que se me iban por todos los lados, como los de mi padre, y que desgraciadamente iban a seguir tal cual toda mi vida- -aún todavía. Los niños que vienen conmigo al Museo en París se divier- ten mucho con ese cuadro. Normalmente, la persona representada en un cuadro con marco ha muerto- -yo no- -y eso les gusta muchísimo. Me preguntan miles de cosas sobre mis padres, mi abuela y los vestidos y los calcetines y la muñeca; y que yo, viva, les pueda contestar, eso les entusiasma. Vais a llegar a un cuadro titulado Café de Royan de 1940. A ese café iba yo con mi padre cada día a eso de las cuatro a tomar chocolate- -los últimos chocolates de un mundo en guerra- Ya es algo, pero ahora les voy a decir que también íbamos a bailar y esto es algo desconocido. Había una orchestra de 3 ó 4 músicos. Según la música, mi padre me cogía en sus brazos o, lo que me divertía aún más, ponía yo mis pies encima de sus pies y venga a bailar. Les podría contar más y más cosas de mi vida reflejada en esos cuadros o dibujos. Algunos, muchos, están rellenos de recuerdos de mi padre. Al verlos me contaba cómo se lla-