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ABC MARTES 5 s 2 s 2008 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CINE OBLIGATORIO UELE ocurrirme con el cine español que cada vez que veo una película tengo la doble sensación de haberla visto antes y de haberla pagado ya. Lo primero se debe a la subjetiva pesadez que me provoca la cansina reiteración de sus motivos argumentales- -la memoriahueca y sectariadela guerracivil, los enredos presuntamente cómicos de alguna pareja moderna, los curas rijosos, los adolescentes masturbadores o las escenas de neocostumbrismo garbancero- -y la escasa originalidad de su tratamiento artístico, mientras que lo segundo obedece al hecho objetivo de que IGNACIO cuando el primer espectador CAMACHO entra en la sala el productor tiene por lo general amortizadasuinversión medianteun generosomecanismo protector. Quizá sea ésta la causa de que la mayoría de las obras candidatas a los premios Goya se me hayan escapado sin verlas, pues ante la falta de interés de sus autores por la taquilla los exhibidores las retiran prontode las pantallas para dar paso a producciones americanas que, al margen de su mayor talento o fortuna, tratan de recuperar el dinero invertido mediante el desprestigiado y mercantil procedimiento de interesar a los espectadores y provocarles emociones más o menos intensas. La diferencia esencial entre el cine español y el americano radica en que en las películas estadounidenses eldineroacostumbra aestar delante de la cámara, mientras que en las españolas se sitúa detrás. Acolchada en subvenciones estatales que la preservan de la fluctuación del taquillaje, nuestra industria cinematográfica se desenvuelve en un ensimismamiento complaciente y autosatisfecho que ignora su palpable mediocridad general. La denostada producción norteamericana, en cambio, necesita arrostrar el riesgo de generar el favor del público para constituirse en negocio, por lo que despliega todos sus recursos en la necesidad de competir en atractivo y gasta sus dólares en la contratación de actores de brillo, guionistas de talento, atrezo generoso y efectos deslumbrantes, lo que desde luego no garantiza la elaboración seriada de obras maestras pero sí una apetecible competencia por atraer el interés de los destinatarios de todo ese esfuerzo. Y el que fracasa en el empeño, pierde su inversión e hipoteca su crédito, ya que no dispone de un beneficio industrial asegurado con los impuestos de los contribuyentes, sean o no aficionados y vayan o no a contemplar sus ocurrencias. Este elemental mecanismo de oferta y demanda evita, de paso, espectáculos lamentables como la pedigüeña actitud de los cineastas en las galas de premios y galardones, donde sus protagonistas gastan el ingenio que les alcanza- -bastante mayor que el de las torpes y ramplonas imitaciones hispanas- -pero no se deshacen en críticas sectarias a quienes les niegan subvenciones o en sonrojantes ditirambos a los que se las otorgan. Simplemente porque el cine yanqui, tan denigrado por la progresía oficial, es independiente del poder político, al que nada debe y del que nada espera. Así se puede dedicar a interesar, conmover o emocionar al espectador, incluso a irritarlo o a aburrirlo, pero siempre a sabiendas de que ese ser anónimo que se sienta a oscuras en una sala tiene en sus manos y en su bolsillo el destino de la industria en vez de haberla socorrido obligatoriamente, quiera o no quiera, por adelantado. S LISTAS ABIERTAS EL CASCABEL DEL GATO ELECTORAL OMOS un país drásticamente moderno que a la vez puede ser vetustamente corporativista en sus cosas de siempre. Casi sin excepción, todas las profesiones tituladas practican el proteccionismo, la opacidad corporativista y distintas versiones- -tenues o flagrantes- -de la omertá Entre todas, la profesión que se siente destinada a desvelar el corporativismo de las demás es el periodismo, una de las más corporativistas. Idealmente destinado entre otras cosas a informar sobre los vicios e inercias de la sociedad, el periodismo casi nunca rectifica sus errores, se apaña para cubrir sus vergüenzas, selecciona poco y compite menos, al menos con criterios de excelencia. Según el Informe anual de la profesión periodística 2007 la falta de interés de la sociedad española por el proceso electoral es notable. Casi un 60 por ciento de los encuestados reconoce que la información electoral no le interesa para nada. Es más: un 87,9 por ciento dice que tal información no le afecta. Es característico que el 70 por ciento atribuya a los periodistas un comportamiento profesional que contribuye a crispar la vida política y el desenvolvimiento del proceso electoral. Para 2007, son datos y porcentajes seVALENTÍ mejantes a los informes de años anterioPUIG res. La ciudadanía percibe que el periodismo se rige por los principios del viejo sistema gremial. Es un síntoma de salud social deteriorada porque se supone que quienes informan sobre las elecciones son los periodistas: ellos son quienes debieran escrutar el proceso para que mejore en calidad y transparencia. Son los periodistas quienes tendrían que ponerle el cascabel al gato electoral, ver más allá de corporativismo político, recabar la confianza de sus lectores con una información veraz y limpia, mantener la distancia con las complicidades y enjuagues del microcosmos político. Másallá del compromiso con convicciones o ideas, el periodista puede caer fácilmente en una enojosa interacción con la maquinaria y estrategia de los partidos políticos. Allá cada cual. Lo cierto es que los lectores algo sospechan cuando en un 70 por ciento atribuye al periodismo la res- S ponsabilidad por la crispación de la vida política. Apuntarse a todas las polvaredas y acrecentarlas, llevar en una mano la pluma y en la otra la lata de gasolina, repetir consignas de políticos y partidos que llegan por SMS, efectuar la mimesis del ataque en lugar de aplicarse a los deberes rigurosos de la información, aderezar el análisis con eslóganes, propalar insinuaciones personales sin fundamento, confundir la opinión con el exorcismo: no hay quien le ponga el cascabel a ese gato enfurruñado y avieso que lía lo peor del ovillo en una campaña electoral. Los viejos leones regeneracionistas criticaron el gremialismo español. Siglos después, aún tardamos en asumir que la meritocracia es un objetivo higiénico y razonable. Queda el lastre de privilegios y de corporativismo. Todo eso perjudica mucho la capacidad de ser competitivos. Tantos requisitos del corporativismo coartan la libre competencia en no pocos sectores de la vida pública de España. Véase, por ejemplo, el periodismo. Las campañas electorales significan para la clase mediática, aquí y en cualquier otro país, la tentación de incurrir en promiscuidad con la clase política. Añejos rituales del tú me rascas y yo te rasco Relaciones parasitarias de un cierto comensalismo. Ahí está la tan difícil frontera entre lo que hay que hacer para obtener legítimamente una información y lo que a la larga constituye un pacto insano entre dos gremialismos. En realidad, subordinar los intereses generales de la sociedad a los intereses de la clase política o del periodismo gremial es algo cotidiano y regular. Hay ahí, en mayor o menor medida, una forma de corrupción. Mientras tanto, aparecen los cruzados, los telepredicadores, los profetas, los augures con blog Cada vez queda más desdibujada la separación entre la opinión de las elites meritocráticas y la opinión masificada. Para Ortega, la ley de la opinión pública es la gravitación universal de la historia política. Lo que pasa- -añade- -es que a veces la opinión pública no existe. A lo sumo, hoy es opinión pública endeble, tornadiza, apegada a lo aparente. También la opinión pública se corrompe, aun a sabiendas de que una sociedad civil no existe sin opinión pública clara y libre, sin vínculos corporativistas. vpuig abc. es