Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 4 s 2 s 2008 Tribuna Abierta AGENDA 53 Carlos Murciano Escritor MEMORIA DE EMILIO FERRARI L 1 de noviembre de 1907, a las nueve de la noche, fallecía, en su casa de Madrid, Emilio Ferrari. Tenía cincuenta y siete años y, aunque hoy pueda parecer extraño, dado el olvido en que yacen su finura y su obra, la repercusión de la noticia- -leemos- -fue grande en toda España, dado el prestigio del autor Se cumplió, pues, el primer centenario de su muerte y, que sepamos, escasa o nula ha sido la memoración de la efeméride. abía nacido en Valladolid, el 24 de febrero de 1850, hijo de un modesto comerciante, don Vicente Pérez, y de doña Clara Ferrari. La precoz afición literaria del niño- -apoyada por su madre- -y la seriedad y el pragmatismo de su progenitor, chocan pronto. (Mi hermano Antonio y yo pasamos en nuestro Arcos natal por similar experiencia- -padre en contra, madre a favor- -cuando iniciábamos nuestra andadura en el campo de las letras) Con doce años, Emilio Ferrari ve publicados sus primeros esbozos. Y sin demasiado entusiasmo, pero responsable al cabo, se licencia en Derecho y en Filosofía y Letras. Escribe prosa y verso, colabora, con cierta dificultad, en periódicos y revistas, consigue algunos premios, si no relevantes, sí alentadores, se casa en 1878 con Faustina Fernández, de ma- E Dos rasgos pudieran caracterizar, siendo concisos, su actividad creadora en la etapa de su madurez: su pasión española, su patriotismo, ante una nación derrotada y declinante, y su fiera actitud frente el modernismo que se abría paso H dre cubana, y en 1879 ingresa en el cuerpo de Archiveros Bibliotecarios, y se traslada a Madrid, en donde residirá hasta su muerte. uando he releído ahora la biografía que de él escribiera el conde de las Navas Cultura Española XVI, Madrid, 1909) y la monografía que le dedicara Ricardo de la Fuente (Valladolid, 1984) he vuelto a constatar la devoción casi fraterna del primero, que le trató y quiso, y el equilibrio del segundo, respetuoso con su paisano, pero llevado de la ecuanimidad que le confieren los años transcurridos. (Martínez Cachero publicó en Archívum IX, 1959, una bien tramada Biografía del poeta Emilio Ferrari, 1850- 1907 que recomiendo al lector interesado) Visto desde hoy, no deja de C ser curioso, por no decir insólito, que el punto de inflexión de la trayectoria literaria del vallisoletano, se produzca exactamente la noche del 22 de marzo de 1884, noche en que pasó de ser uno más a ser uno de los elegidos a raíz de una lectura en el Ateneo de Madrid, que le preparó Núñez de Arce, y en la que dio a conocer sus poemas Pedro Abelardo y Dos cetros y dos almas y su soneto A Don Quijote Alto, seco, rugoso, amojamado, como en miseria y lobreguez parido, aquí por recias aspas sacudido, allá con rudos golpes magullado Ferrari recitaba con singular acento: su voz- -una voz única- -era la voz de la poesía escribió doña Blanca de los Ríos, y ello sin duda contribuyó a su éxito. partir de ese instante, todo le resultó al poeta mucho más fácil y más grato. Fue recibido como miembro de asociaciones y entidades, y requerida su pluma por las más diversas publicaciones. Enfermizo, no se prodigaba, y donde algunos veían pereza, no había sino debilidad física. Dos rasgos pudieran caracterizar, siendo concisos, su actividad creadora en la etapa de su madurez: su pasión española, su patriotismo, ante una nación derrotada y declinante, y su fiera actitud frente el modernismo que se abría paso. En el primer caso, él veía en manos de Sancho Panza, como en una A parodia, el lanzón de don Quijote; e hilvanaba palabras que parecen cobrar actualidad: ...que en la lucha a que Dios hoy nos sentencia, es una deserción el desaliento y una complicidad la indiferencia En el segundo aspecto, no sólo dejó escrito un punzante, ingenioso soneto, Receta para un nuevo arte sino que en su discurso de ingreso en la Real Academia, pronunciado el 30 de abril de 1905, con el título de La poesía en la crisis literaria actual se mostró demoledor e implacable. No se lo perdonarían los modernistas, quienes, tras su muerte, le hundieron en un pozo de silencio, siempre más dañino que el ataque o la polémica. ¿Sigue aún en él? Cuando Sáinz de Robles, v publica g, en Aguilar su generosa Historia y antología de la poesía española (1963) le hace sitio, si con un solo poema; cuando Francisco Rico da a la luz en Planeta su Mil años de poesía española (1996) su nombre desaparece, no así el de otros contemporáneos, a mi juicio menos significados, como Díaz Corbelle, Iparraguirre o Dugarrete. V olviendo a sus dos valedores antes citados, el conde de las Navas no duda en afirmar que es el poeta español por excelencia de los primeros años del siglo XX De la Fuente, en cambio, se pregunta y responde: ¿Qué es lo que queda de Ferrari? Tal vez nada Terrible sentencia, que desearíamos no compartir. Eugenio Fuentes Escritor GOTERAS P E Nada es más complicado que el agua, porque no siempre aparece en el lugar por donde entra, utiliza cualquier inclinación para desplazarse y pueden ser enormes los estragos en muros y revocos hasta localizar su origen OR el Oeste han vuelto las lluvias abundantes y, con ellas, las goteras. Una investigación de la Universidad de Brown (Pensilvania, USA) afirma que las goteras y humedades en las casas producen depresión. Estoy totalmente de acuerdo. Yo tengo goteras en la mía y estoy deprimido. l hombre es un ser frágil que vive amedrentado entre dos terrores: el miedo a los diablos que habitan el subsuelo y nos aterrorizan con sus pesadillas, y el miedo a los dioses que habitan en lo alto y se irritan por nada y nos castigan con los desastres naturales. Si prestas menos atención al hombre que al cielo, caes en el fanatismo: si prestas más atención a los productos del subsuelo, caes en el materialismo. El Humanismo es el equilibrio entre ambos dislates, es apreciar lo que vale el hombre por sí mismo, sin prestar oídos a quienes lo califican de bestia ni a los ingenuos que confían en la fraternidad universal. esde que abandonó las cuevas y las ramas de los árboles y se construyó un refugio donde vivir, las casas tienen dos elementos sustanciales: los cimientos y los tejados. Los cimientos se apoyan en la tierra y asientan una plataforma protectora entre tu cama y los monstruos de las profundidades, entre tu descanso y los animales que habitan en lo oscuro: las ratas, las cucarachas, los escorpiones. Los tejados te protegen de las furias del cielo, del frío y del calor, de la lluvia y del viento, de los cuervos y de los buitres. Si el primero se vence, entierra a su inquilino; si el segundo se derrumba, lo aplasta. En cambio, con ambos en buen estado todo resulta fácil y tendrás, como conviene, los pies calientes para vivir con intensidad, fría la cabeza para reflexionar con calma. as repentinas lluvias de este invierno nos han cogido por sorpresa y tenemos goteras en la casa, quizá porque, como éste es un país seco, no siempre se presta la atención necesaria a las cubiertas. No hemos podido recorrer los tejados y los canalones se han atascado con restos de nidos, de huesos de aceitunas, de hojas secas, de toda la basura que acumulan algunas urracas, pájaros que parecen sufrir el síndrome de Diógenes. Una mañana, al levantarnos, vimos manchado de humedad el tabique que oculta las bajantes y apareció el miedo. Nada es D L más complicado que el agua, porque no siempre aparece en el lugar por donde entra, utiliza cualquier inclinación para desplazarse y pueden ser enormes los estragos en muros y revocos hasta localizar su origen. Las goteras son enemigos insidiosos, que atacan con sigilo, en silencio, a menudo cuando duermes, sin el estruendo con que te avisa una rotura o una grieta. Se cuelan en tu casa sin que sepas por dónde, para minar por dentro la pequeña fortaleza que con tanto sacrificio te has ido construyendo para proteger a los tuyos contra las asechanzas del mundo, sí, pero también para alojar a los amigos, para guardar tus libros y tu música, para los momentos de pudor. U no empieza a padecer goteras en la casa que habita y, a poco que se descuide, verá cómo se extienden al cuerpo y al alma.