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88 CULTURAyESPECTÁCULOS DOMINGO 3 s 2 s 2008 ABC La chica del cumpleaños La editorial Tusquets publicará la semana próxima el nuevo libro de Haurki Murakami, Sauce ciego, mujer dormida un volumen de cuentos que revela la maestría del autor en el relato corto. ABC les ofrece un fragmento de La chica del cumpleaños POR HARUKI MURAKAMI A las ocho, cuando estuvo lista la cena del dueño, condujo el carrito hasta el ascensor, lo cargó dentro y subió al sexto piso. Un botellín de vino tinto descorchado, una cafetera llena, el plato del pollo, las verduras tibias de acompañamiento, pan y mantequilla: lo mismo de siempre. El denso olor de la carne llenó pronto el pequeño ascensor, mezclado con los efluvios de la lluvia. Al parecer, alguien había subido en el ascensor con el paraguas mojado ya que en el suelo había un pequeño charco. Avanzó por el pasillo, se detuvo ante la puerta 604 y repitió para sí, una vez más, el número que le habían dado. El 604. Y tras un carraspeo, pulsó el timbre que había junto a la puerta. Nadie respondió. Ella permaneció inmóvil ante la puerta unos veinte segundos. Cuando se disponía a pulsar el timbre de nuevo, la puerta se abrió hacia dentro, de repente, y apareció un anciano pequeño y delgado. Sería unos siete centímetros más bajo que ella. Llevaba traje oscuro y corbata. La camisa era de color blanco y la corbata tenía la tonalidad de la hojarasca. Pulcro, sin una arruga, el pelo cuidadosamente alisado, parecía listo para acudir a una fiesta de noche. Las profundas arrugas que le surcaban la frente hacían pensar en escondidos valles fotografiados desde el aire. Aquí tiene su cena dijo ella con voz ronca. Y volvió a carraspear ligeramente. El nerviosismo siempre le enronquecía la voz. ¿La cena? Sí. El señor encargado se ha sentido indispuesto de repente y le traigo yo la cena en su lugar. ¡Ah, claro! dijo el anciano, como si hablara para sí, con una mano apoyada en el pomo de la puerta Ya veo. ¿Así que se encuentra mal? Sí. Le ha empezado a doler el estómago de repente. Y ha ido al hospital. Dice que posiblemente se trate de apendicitis. ¡Vaya! exclamó el anciano ¡Qué mal! Ella carraspeó. ¿Desea el señor que le entre la cena? ¡Ah, claro! dijo el anciano Si tú quieres. ¿Si yo quiero? pensó ella. Vaya manera más extraña de hablar. ¿Qué diablos voy a querer yo? El anciano abrió la puerta de par en par y ella empujó el carrito hacia dentro. Una alfombra gris de pelo corto cubría el suelo por completo y no era preciso quitarse los zapatos al entrar. Parecía más un despacho que una vivienda y se había acondicionado la habitación como un amplio estudio. Por la ventana se veía, tan cercana que casi parecía que pudiera tocarse, la Torre de Tokio completamente iluminada. Ante la ventana había un gran escritorio y, junto a éste, un pequeño tresillo. El anciano señaló una mesita que había delante del sofá. Una mesita baja de superficie plastificada. Ella dispuso allí la cena. La blanca servilleta de tela y los cubiertos de plata. La cafetera y la taza de café, el vino y la co Sí. ¿Qué desea? Oye, jovencita, ¿podrías dedicarme cinco minutos de tu tiempo? preguntó el anciano Me gustaría hablar contigo. ¿Jovencita? Al oírlo, se ruborizó. Sí. Claro. No creo que haya problema. Es decir, si se trata de cinco minutos dijo. ¡Pero si ella era una empleada suya que cobraba por horas! No se trataba de ofrecer o de quitarle el tiempo a nadie. Además, el anciano parecía una persona incapaz de hacerle daño. Por cierto, ¿cuántos años tienes? preguntó el anciano, de pie al lado de la mesa, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándola directamente a los ojos. Pues ahora tengo veinte dijo ella. ¿Ahora tienes veinte? repitió el anciano. Y entrecerró los ojos como si estuviera atisbando por una rendija Eso de que ahora tienes veinte debe de significar que no hace mucho que los tienes, ¿verdad? Pues no, señor. Los acabo de cumplir. Y, tras dudar unos instantes, añadió En realidad, hoy es mi cumpleaños. ¡Ah, claro! dijo el anciano acariciándose la barbilla como si quisiera convencerse de algo ¡Ah, claro! Ya veo. Así que hoy cumples veinte años. Ella asintió en silencio. Justo hace veinte años que, en un día como hoy, tú viste la luz por primera vez. Pues sí, en efecto. ¡Ya veo! ¡Ya veo! exclamó el anciano ¡Qué bien! ¡Felicidades! Muchas gracias dijo ella. Pensándolo bien, era la primera vez que la felicitaban aquel día. Claro que, al volver a su apartamento, tal vez encontrara un mensaje de sus padres desde Ôita en el contestador automático. Eso hay que celebrarlo dijo el anciano Es algo magnífico. ¿Qué te parece, jovencita? ¿Brindamos con un poco de vino tinto? ¡Feliz cumpleaños! dijo el anciano Que tu vida sea rica y fructífera. Que ninguna sombra la empañe jamás. Brindaron los dos. Que ninguna sombra la empañe jamás. Repitió ella para sí las palabras del anciano. ¿Por qué hablaría aquel hombre de forma tan peculiar? Hoy cumples veinte años y, además, me has traído una magnífica comida caliente dijo el anciano como si quisiera confirmarlo una vez más. Y dejó la copa sobre el escritorio con un golpecito ¡Qué dichosa coincidencia! ¿No te parece? Ella asintió, no muy convencida. Así, pues dijo el anciano, palpándose el nudo de la corbata de tonalidad parecida a la hojarasca voy a hacerte un regalo, jovencita. Un día tan especial como el del vigésimo cumpleaños requiere un recuerdo también muy especial. Ella sacudió precipitadamente la cabeza. ¡Oh, no! No se moleste, se lo ruego. Yo sólo le he traído la cena porque así me lo han ordenado. El anciano levantó ambas manos con las palmas vueltas hacia delante. ¡Oh, no, no! Eres tú quien no debe preocuparse. Es un regalo que no tiene forma. No tiene valor. En fin dijo posando ambas manos sobre la mesa. Y lanzó un suspiro En fin, que voy a satisfacer un ruego tuyo. Mi joven y preciosa hada. Voy a hacer que se cumpla un deseo. El que tú quieras. No importa cuál. Cualquier deseo que tengas. En el caso de que tengas alguno, por supuesto. ¿Un deseo? dijo ella con voz seca. Haruki Murakami EFE pa, el pan y la mantequilla, y, por fin, el plato de pollo y la guarnición de verduras. Vendré a recogerlo todo dentro de una hora, señor. ¿Será tan amable de sacar los platos vacíos al pasillo como de costumbre? preguntó ella. El anciano contempló durante unos instantes con profundo interés la comida dispuesta sobre la mesita y, después, respondió como si se acordara de repente. ¡Ah, claro! Los dejaré en el pasillo. En el carrito. Dentro de una hora. Si así lo quieres. Sí, en este momento, eso es lo que quiero se dijo ella para sus adentros. No, espera un momento dijo el anciano. ABC. es Lea completo el relato en la web de ABC: www. abc. es cultura Aula de Cultura La Fundación Vocento presenta: Intervendrá: D. Tom Burns Marañón Historiador y Periodista lunes 4 de febrero de 2008 20.00 horas Centro Cultural de Círculo de Lectores C O Donnell, 10- Madrid Metro: Príncipe de Vergara (Entrada libre- Aforo limitado) La monarquía necesaria Los textos de las anteriores conferencias del Aula de Cultura se podrán encontrar en: www. abc. es informacion aula cultura