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6- 7 S 6 LOS SÁBADOS DE LUGAR DE LA VIDA Más sobre el mar tempranas horas del sábado bajo al puerto de Sada para recibir las clases del P E. R. Ya en Bergondo, las casas de los joyeros brillan como diamantes, con la luz que entra por la ría a esa hora de la mañana, y que es dulce y es lenta y es luminosa como el agua que sube y baja con la luna. En el puerto de Sada hace frío. Se juntan aquí, a esta hora, la humedad del mar y de la tierra, y sólo se está bien dentro del coche, repasando el manual, o tras los cristales soleados de una cafetería. Una vez en clase, caldeada por una estufa de butano, es como si me hubiera embarcado hacia el Gran Sol, pues algunos marineros tienen las espaldas tan grandes que me cuesta ver la pizarra. No es fácil este curso de patrón. La incidencia del hombre al agua me tiene obsesionada, pensar que en quince segundos, navegando sólo a cinco nudos, el náufrago se vuelve diminuto en la mar. Por eso lo primero es dar la voz de alarma, 2 ¡hombre al agua pulsar la tecla MOB del GPS, parar el motor y echar al mar un aro salvavidas o guindola con su luz y su rabiza de 27,5 metros. Después, para aproximarse, hay que hacer la maniobra del minuto hacia la banda que ha caído el náufrago; o la curva del comodoro Butakow si el náufrago no está a la vista, lo cual me parece una pesadilla, aunque creamos que ha caído hace poco. Este capítulo de la seguridad en la mar me está quitando el sueño. Cuentan que cuando navegas de noche ves las luces en tierra y, de pronto, pueden desaparecer todas porque un mercante, que ni siquiera has oído, está pasando por delante, y tras su paso, emergen lentamente otra vez todas las luces de la costa. Pero lo que más me preocupa son esas nieblas que entran de pronto por la mar cuando estás pescando en el mejor día de verano. Entonces hay que evitar las rutas de los grandes barcos, que querrán también volver a puerto. Por la noche, sueño con buques y con todas sus incidencias, porque es lo último que leo antes de dormirme. Y al despertar me prometo a mí misma que aunque el que pasa la marola, pasa la mar toda yo no voy a salir de la ría. www. monicafernandez- aceytuno. com A Mónica FernándezAceytuno Monedas de oro conmemorativas del nuevo año, exhibidas en Taipei AFP Cena con motivo del nuevo año de los trabajadores de una fábrica de Dongguan, en Guangdong, al sur de China REUTERS Roedores en el menú La cocina china es una de las más ricas y variadas del mundo, lo que en ocasiones lleva a servir sobre la mesa algún que otro manjar que despertaría los recelos, cuando no el asco, de los paladares más flexibles. Perros, gatos, monos, serpientes y gusanos son considerados una delicia en numerosas zonas del gigante asiático, sobre todo en la provincia sureña de Guangdong. A todos ellos hay que sumar también las ratas, que se ofrecen en algunos restaurantes de ciudades como Dongguan, Fanyu, Zhaoqing o Hanhai. Debido a unas fuertes inundaciones que las obligaron a salir de sus escondrijos, el pasado verano hubo una plaga de 2.000 millones de ratas en la provincia de Hunan, por lo que muchos comerciantes hicieron el agosto vendiéndolas en los mercados de animales salvajes de Guangdong pese a los controles sanitarios del Gobierno para evitar la proliferación de epidemias como el SARS o la gripe aviar. Al margen de dicho plato, la tradicional cena del Año Nuevo chino estará compuesta por el pescado y el pollo, para traer abundancia y buena suerte al hogar, y, sobre todo, por los dumplings unos suculentos raviolis rellenos de carne, verdura o marisco que constituyen la comida típica de estas fiestas. Al filo de la medianoche, los chinos se lanzarán a la calle para saludar la llegada del año con una estruendosa traca de petardos y fuegos artificiales y se quemará dinero de mentira en honor de los ancestros. Al día siguiente se visitarán los templos para pedir a la rata lo que estos días se repite por todos los rincones del país: Gong xi fa cai te deseo que consigas mucho dinero